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Alberto Grau, un camino hecho

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Diana Arismendi

@dianaarismendi

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Mi padre se llamaba Luis Grau Castells y mi madre se llamaba Teresa Dolcet.
Nací en Cataluña, el 7 de noviembre del 37, en plena guerra civil española,
 para ese entonces. Mi padre tuvo que huir (de España) a principios del 38;
 y yo con mi mamá, contando con 16 meses, nos reunimos con él en Andorra
y luego nos fuimos a Francia. Para aquella época, en pleno invierno,
mi mamá tuvo que atravesar los Pirineos a pie, conmigo en brazos,
y ahí empezó toda una odisea de tener que soportar toda una segunda guerra,
la guerra mundial en Francia.  De Burdeos (donde vivimos) en cuestión
de una semana, mi papá logró hacer unos contactos y en el año 48,
en plena posguerra, pudimos llegar a Venezuela.


Este es el resumen que hiciera el Maestro Grau de su primera infancia, en entrevista concedida al ensayista, poeta e historiador Rafael Arráiz Lucca en el año 2008 en el portal Prodavinci.

Estaba por cumplir 11 años. Ese día, cuando junto a sus padres llegó a un país que no habían escogido, Alberto se volvió venezolano, y Venezuela no puede sino estar agradecida de que aquí llegara quien se convirtiera en el motor fundamental del desarrollo del canto coral venezolano de la segunda mitad del siglo XX y en uno de los compositores más importantes de nuestra historia.

Luego de unos inicios difíciles para la familia, nada que no pudiera superarse en una Venezuela pujante e inclusiva, Alberto llega al mundo de la música en su adolescencia cuando comenzó sus estudios con los más connotados músicos de su época: Juan Bautista Plaza, Ángel Sauce, Vicente Emilio Sojo y Gonzalo Castellanos, su gran maestro. Una formación como pianista, compositor y director, básicamente realizada en el país con breves pasajes en Inglaterra y en los cursos con Sergiu Celibidache en Bologna, Italia. Una carrera que lo ha llevado como director de sus coros, la “Schola Cantorum de Caracas”, ahora “de Venezuela” y el Orfeón Universitario Simón Bolívar a medio mundo, y como compositor a un universo inmenso de conciertos, festivales, concursos, conservatorios y universidades. 

Alberto es un eslabón de una cadena en la música que lo une a su familia directa, a su abuela Angelina Castells de Grau, miembro fundador del famoso y centenario Orfeón Catalán (1891), a sus tíos Alberto y Enrique Grau, y a su propio padre, Luis, quien fue miembro del coro del Teatro de la Ópera de Burdeos en tiempos del exilio.  Pero Alberto Grau forma parte también de la cadena de célebres compositores catalanes como Isaac Albéniz, Enrique Granados, Pau Casals, Federico Monpou, Xavier Montsalvatge y Joan Guinjoan entre otros. La tradición musical la sigue su hijo Gonzalo Grau Palacios, pianista, compositor y arreglista de prestigio quien vive en España, la tierra de su padre y sus abuelos, y su nieto, Santiago Barrios Grau, quien inicia una carrera en el canto lírico como barítono en la Universidad Central de Bogotá en donde actualmente estudia.

El canto coral es ancestral. El coro, como tal, fue tomando forma y auge en la Grecia antigua, donde nacieron varias de las artes. La música de la Edad Media, el canto gregoriano medieval, música vocal monódica que con el tiempo se hizo polifónica, determinó la historia de la música occidental. Lo mejor que le puede pasar a un compositor es ser compositor de música coral. Ese ser solitario y aislado, que se queda en casa consigo mismo escribiendo su música que es el compositor, que si bien es una parte del proceso creativo, es otra entidad cuando de música coral se trata. El compositor coral tiene su instrumento allí, “al alcance de su mano” y generalmente tiene una relación estrecha con sus integrantes y ese ha sido el camino de Alberto Grau, compositor y director.

A Alberto, además de compositor lo podemos llamar “inventor”, la euritmia es de su invención, que los coros de nuestros días por todo el mundo se muevan, se debe en gran parte al Maestro Grau, quien en su convicción de que el movimiento es inherente al ser humano, de que moverse es una necesidad, fue progresivamente incorporando pequeños gestos y acciones en sus interpretaciones, hasta que más tarde empezó a incorporarlas en sus partituras. Como director se dio cuenta de que, al moverse el cuerpo la energía, y en consecuencia la música, fluyen diferentes.

Alberto va más allá en su visión y piensa que en la evolución natural de la interpretación los coralistas van a tener que ser también actores, y expresarse no solo con su cuerpo (manos, pies, brazos,) sino también con sus caras. Tomar la escena es el próximo paso. “Los coros son más libres, más felices al cantar cuando se mueven” nos dijo en el “Encuentro con Maestros de la Música” que realizáramos el 22 de noviembre de 2019 en la Sala TAC del Trasnocho Cultural (https://www.youtube.com/watch?v=Nt2x38FJCQ4). Más adelante nos comentaba que “…hoy en día, coros de todo el mundo, los mejores coros del mundo, se mueven en mayor o menor medida”, y afirmaba que “siempre la música y la calidad de la interpretación debe ir por encima”.

El Maestro Alberto Grau arriba a sus 85 años este 7 de noviembre y lo celebra rodeado de su familia, María Guinand, su esposa – el puerto seguro- cuya unión en la vida y en la música constituyen, en palabras de Arráiz Lucca “una institución nacional. Lo que ambos han hecho por el movimiento coral venezolano no tiene antecedentes en toda nuestra historia”; sus cuatro hijos: Beatriz, Gonzalo, Luis Alfredo y Mercedes, sus seis nietos -y una séptima en camino- se unen a sus magníficas agrupaciones corales, la gran familia de la Schola Cantorum, y a miles de coralistas repartidos hoy -diáspora mediante- por el mundo entero. Alberto arriba a sus 85 con un camino hecho, pero siempre dispuesto a enfrentarse a la productiva pero difícil soledad creadora “armado de un lápiz, una goma y papel pautado»   para seguir escribiendo sus obras. La creación, en sus propias palabras, es un “recurso de vida, una gran compañera”.

¡Salud Maestro!

PD. El Maestro Grau prepara sus memorias escritas a cuatro manos con su esposa, María Guinand,  narradas por ambos, que se complementan hasta uniendo recuerdos. ¡Las esperamos!

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