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Diana Arismendi

@dianarismendi

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“Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca”

Jorge Luis Borges

Hace poco más de una semana que me he dado a la tarea de ordenar mi biblioteca, más bien “la” biblioteca familiar:  libros, partituras, manuscritos; una biblioteca en el sentido amplio de la palabra porque también hay fotografías, memorabilia, programas de conciertos, folletos de museos, ​libros de arte, ​guías y mapas de ciudades, cuentos infantiles y, por supuesto, muchos, muchos discos (vinilos y Cds), películas, ópera y conciertos en dvd y sus derivados. Mover una biblioteca que se extiende como una serpiente por todos los rincones, cuartos y pasillos de la casa es una empresa osada y demandante.

Ordenar, hurgar, mover libros que tienen años -algunos décadas-, plácidamente ubicados en sus estantes, además de limpiarlos adecuada y concienzudamente constituye, ​no solo un denodado esfuerzo físico, ​sino también ​una prueba de fuerza emocional. Recorrer años de historia personal: cuándo lo compré, dónde, o quién me lo regaló; si de literatura se trata descubrir o recordar quiénes, con el tiempo, se han hecho nuestros escritores favoritos​ y a quienes no volvimos ni volveríamos nunca​. Recordar cuando se era capaz de leer las quinientas páginas de una novela de Vargas Llosa en tres días, más bien en tres noches… ​​transitar ediciones bilingües de poesía, ​toparse con la edición favorita de​ La Divina comed​ia, ​extrañar los libros que nunca nos devolvieron, reencontrar los poetas amados, a veces llenos de polvo, ​pasearse por ​los libros ​autografiados, dedicados, ofrendados. 

Han sido días de evocar “El nombre de la rosa” la novela de Umberto Eco, y descifrar de nuevo los acertijos de su biblioteca​ y los misterios de sus libros​, recordar a Guillermo de Baskerville y a su discípulo Adso de Melk.

Recorriendo, más con la memoria que con la mirada las partituras, los libros estudiados incansablemente durante los años de formación, o en la fragua de la enseñanza; el hallazgo de los libros repetidos,​ comprados por olvido una segunda e incluso una tercera vez​, ​los volúmenes compartidos​; toparse con los libros comprados en un viaje​​, recordar la vez que se rompió una maleta por el peso de los libros. Ha sido un recorrido delicioso -placentero- por la historia personal.​ ​Una semana de introspección, en un recorrido silencioso que me ha hecho pensar en la gente que ha partido, por voluntad o por obligación, del país, muchas veces solo con dos maletas, dejando atrás sus casas, dejando atrás sus bibliotecas. Entiendo el dolor de la separación, la nostalgia de la ausencia, el vacío que significa.

Jorge Luis Borges fue director de la Biblioteca Nacional de Argentina durante 18 años (1955-1973), ​a donde llegó con ceguera incipiente, por años tuvo que recorrerla de memoria. Tuve la fortuna de conocer su oficina en el edificio de la biblioteca en la calle México 564 de la mano de mi amigo, el compositor argentino Eduardo Kusnir. «He recibido en mi vida muchos inmerecidos honores, pero hay uno que me alegró más que ningún otro: la dirección de la Biblioteca Nacional», confiesa Borges en su Conferencia sobre la ceguera. ¡Qué mejor sitio para trabajar que una biblioteca para un escritor! ¿Cómo no evocar a Borges con sus infinitos laberintos, con sus espejos, mientras recorro el laberinto de mi biblioteca?

Evoco también el maravilloso libro de la escritora española Irene Montejo, El universo en un junco, ​»​una declaración de amor a la lectura, a la literatura, a los libros”: la invención del alfabeto, el paso del relato oral al escrito. ​De su mano recorremos la historia de su fabricación ​desde los ​libros de humo, de piedra, de arcilla, de juncos, de seda, de piel, de árboles y los últimos llegados, ​»​de plástico y luz​»​. Justamente en este último formato, el digital, lo leí en pandemia, es quizás el libro que nunca voy a olvidar de las docenas que tuve entre mis manos en esos dieciocho meses difíciles entre 2020 y 2021, (gracias, Adela)​. También en versión digital leí Voces de Chernobil, de la escritora bielorrusa Svetlana Alexievich, premio Nobel de literatura 2015; desde entonces mi biblioteca en papel ha dejado de crecer, este año ha sido el turno de la francesa Annie Ernaux, ahora mi biblioteca es digital​ y el recorrido se hace realmente interior​.​ 

Nuestra hermosa biblioteca sigue allí en pie, rodeándonos y recordándonos quienes somos, es mi pequeño paraíso terrenal.​ 


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