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Los dos Sergei

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два Сергея

una excusa para hablar de la cultura rusa….

“De repente, frente a un conflicto atroz -la invasión rusa a Ucrania- apareció en las primeras semanas la moderna y activísima “cultura de la cancelación” amenazando con eliminar del mapa la historia de la cultura rusa.”

Diana Arismendi

@dianaarismendi

Dostoyevski, Tolstoy, Gorki, Solzhenitsyn, Tchaikovsky, Rimsky-Kórsakov, Stravinski, Gubaidúlina, Chagall, Kandinsky, Eisenstein, Tarkovski, Zviáguintsev, Pushkin, Pasternak y Akhmatova – son nombres familiares en todo el mundo, son todos destacados creadores y son, además, todos rusos.

El valor y prestigio del arte ruso de los últimos siglos es innegable; incuestionable la influencia de creadores como Dostoyevski, Stravinski y Tarkovski -por mencionar unos pocos- cuyas obras han alcanzado los más remotos rincones del mundo y permanecido en el tiempo.

La cultura rusa es producto de un híbrido de civilizaciones y de razas de este país inmenso y multicultural, localizado entre el Oriente y el Occidente. Comprender un país como este no es fácil ni para sus propios habitantes. En cualquiera de sus etapas, desde la Rusia de los zares, a la Unión Soviética o la Rusia actual, sus creadores nos asombran y aportan, siempre desde su particular cultura, un arte de expresión universal.

De repente, frente a un conflicto atroz -la invasión rusa a Ucrania- apareció en las primeras semanas la moderna y activísima “cultura de la cancelación” amenazando con eliminar del mapa la historia de la cultura rusa. En marzo pasado, la Universidad de Milano-Bicocca decidió suspender un curso sobre Dostoyevski, el profesor del curso alegando que el legendario escritor era ruso, y quería “evitar cualquier controversia”. Ante el revuelo a nivel internacional que tal declaración suscitó, pocos días después un vocero de la universidad declaró que el curso sí se daría. Por los mismos días de marzo, la Filarmónica de Cardiff suspendió la interpretación que ofrecerían de la “Obertura 1812” de P.I. Tchaikovsky en un concierto por considerarla “inapropiada para este momento”. La obra fue escrita en 1880, ¡hace más de 140 años! para conmemorar la victoria de la resistencia rusa en 1812 frente al avance de la Grande Armée de Napoleón Bonaparte, un hecho histórico que se remonta a dos siglos. A pesar de la inmensa popularidad de la obra en nuestros días, no era esta la obra preferida del autor, como comenta en una carta que dirigió a un mecenas, la obertura sería “muy fuerte y ruidosa, pero carente de mérito artístico, porque la escribí sin calidez ni cariño”.

El ministro de Cultura de Ucrania, Oleksandr Tkachenko, ha reclamado sanciones para “limitar la presencia rusa en la arena cultural internacional” y ha llamado al boicot de los artistas rusos en todas las ferias y exposiciones. ¿Es justo cancelar toda la obra de un país y boicotear a sus artistas?

La cultura es esencial para nuestra vida, pero cancelar, boicotear, castigar el arte y los artistas no ha servido para vencer guerras, como algunos podrían esperar. El arte y la cultura, al contrario, sí pueden transformar nuestras vidas. El boicot se erige sobre la idea de identificar el producto cultural con el propio instigador de la guerra. Hay que pensar que cuando se censura la cultura del otro, se perjudica de cierta manera la propia: la cultura, en abstracto, no es propiedad de nadie.

Anular actuaciones de directores, intérpretes o cantantes rusos es un tema. En las actuales circunstancias, artistas, deportistas, científicos que trabajan fuera de Rusia, han tenido que fijar posición en relación a la ocupación rusa de Ucrania, y a este respecto ha pasado de todo, por supuesto no hay duda de qué lado está la razón histórica y quién es el agresor, pero política y arte son materias distintas. El artista ruso Kirill Savchenkov renunció a representar a su país en la 59ª edición de la Bienal de Venecia. Su mensaje fue categórico: “No hay lugar para el arte cuando los civiles están muriendo bajo el fuego de los misiles, cuando ciudadanos de Ucrania se están escondiendo en refugios, cuando manifestantes rusos están siendo silenciados. Como ruso, no voy a presentar mi trabajo en el pabellón de Rusia”. También Tugan Sokhiev, director musical del Teatro Bolshói de Moscú y de la Orquesta Nacional de Toulouse, ante tal coyuntura, obligado por las circunstancias a elegir entre dos tradiciones culturales, decidió renunciar a sus dos posiciones. En su comunicado expresó: “siendo forzado a enfrentar una elección imposible entre mis queridos músicos rusos y mis queridos músicos franceses, he decidido renunciar como director musical y director principal del teatro Bolshói en Moscú y renunciar como director musical de la Orquesta Nacional del Capitole de Toulouse. Fue y siempre será un gran honor para mí conocer, trabajar juntos y tocar música con artistas y músicos de esos dos increíbles grupos”. No todos han sido tan contundentes, el director de orquesta Valery Gergiev es un tema aparte.

Aquí, sin duda, hay todo un dilema que tiene implicaciones no sólo éticas, sino también artísticas y económicas. ¿Se trata de hacer desaparecer a los creadores rusos de cualquier tiempo? Si nos concentramos solo en los músicos rusos la lista a eliminar sería infinita. Un buen porcentaje del repertorio regular de las orquestas pasaría a los archivos, borrar del mapa a los compositores rusos o soviéticos es casi imposible. ¿Discriminación al pasado? Cancelar la cultura rusa parece un sinsentido, su abrumadora contribución a las artes es incuestionable.

Por eso ha sido tan importante, tan esperanzador, tan enriquecedor asistir el viernes 15 de julio al concierto de la joven orquesta Juan José Landaeta que bajo la dirección musical del Maestro Alfredo Rugeles y con el excelente pianista Andrés Roig, quienes nos ofrecieran dos obras magníficas del repertorio ruso de inicios del siglo XX: el Concierto No 3, Op. 30 para piano y orquesta de Sergei Rachmaninoff escrito en 1909, y la Suite del Ballet Romeo y Julieta Op. 64 de Sergei Prokofiev, compuesta en 1936, dos obras de compositores imprescindibles. Los dos Sergei.

Los dos compositores coincidieron en Moscú por algún tiempo, pero nunca tuvieron una relación personal, sus músicas no tenían mucho en común, lo más que puede decirse es que había una relación de mutuo respeto. Hoy sus obras pueden formar parte de un mismo concierto, sin conflicto.* Los dos Sergei.*

Dos compositores nacidos en Rusia que dedicaron su vida entera a la música, dos compositores a quienes en su momento les tocó vivir las vicisitudes de la convulsa historia del pueblo ruso. Uno, Prokofiev, decidió dejar Europa donde ya se había establecido y, por amor a su tierra y sin compromisos políticos, regresó a vivir en Rusia. El otro, Rachmaninoff, al contrario, no pudo soportar los embates de la revolución bolchevique y el destino de la Unión soviética y partió a Estados Unidos, el precio de un exilio indeseado fue el de no encontrar inspiración para su obra. Los dos Sergei.

Creo que no tiene sentido censurar a personas cuya actividad profesional es la creación.

Creo que no hay que politizar a los creadores, a menos que se hayan politizado ellos mismos.

La música conecta gente y artistas de diferentes culturas, cura las almas y da esperanza en que la paz sea posible.

Gracias a los dos Sergei por su música, no importa donde nacieron.

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