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¿La mentira es un recurso indispensable de la política?

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“Sin añoranzas de tiempos idos e irreversibles, en el pasado, los intelectuales, activistas políticos, periodistas o personalidades levantaban su voz y pluma para defender sus ideas desde la argumentación, los criterios de deliberación y la refutabilidad. Hoy, los actores del complejo “postfactual” solo luchan a través de los medios. Hay una dilapidación del recurso más importante para el cambio: el tiempo libre de la gente para el pensamiento y la reflexión que antecede a los logros de la esperanza objetiva mediante la innovación y el sentido de propósito”.

Francisco J Contreras M

@fjcontre35

Estamos en presencia de la mentira como aparejo indispensable de la gestión política, en cuya cúspide se encuentra el propagandista de acciones insólitas, aunque éstas resulten peor que cualquier enfermedad. Son los tiempos de los “gadgets” poblados de “influencers” y “expertos” que incitan a las masas, que median en tal o cual crisis, que designan al perverso, castigan la inacción de los políticos y convencen de que tal o cual cosa es legítima y realizable.

¿Cómo funciona el mecanismo de la postverdad? ¿Sobre cuál evento, cosa o circunstancia se asienta la tergiversación deliberada de la realidad? ¿Es inevitable el estado permanente de conflicto que -en nombre de la democracia- más bien la erosiona?

En muchos lugares del mundo se perpetúa el autoritarismo con una fachada de democracia imperfecta o iliberal. Es el resultado de un complejo juego de actores políticos que, bajo el manto de la falsa moral, de las emociones, del poco conocimiento real del entorno y sin ningún análisis estratégico, se mezclan con un acceso masivo a los medios. Esta complejidad facilita la “pasteurización” del conflicto como estado permanente con la identificación del enemigo principal, la víctima y la acción necesaria, desde los medios (Pierre Conesa, 2022). Es un contexto con fronteras difusas entre adversarios acérrimos que pueden lograr connivencias de intereses que favorecen el status quo.

Parece que los intelectuales se abandonaron como referentes morales de la escritura. Con los “smartphones” e Internet, se transformaron en “media players”, en competencia unos y otros: un amasijo de académicos, expertos, lobbistas, periodistas, think tanks, ex militares, políticos del gobierno o de la oposición. La cultura de masas cambió gradualmente con los medios: lo audiovisual desplazó lo impreso y el análisis se mueve entre las emociones, pasiones e imagen; es la apariencia del rating y los seguidores lo que recrea al experto y no al contrario; finalmente, se devalúan muchos términos ideológicos más bien políticos (imperialismo, comunismo, socialismo, revisionismo, dogmatismo, empirismo, pragmatismo, marxismo, leninismo, maoísmo…). Hoy, son otras categorías las que producen “-ismos” (radicalismo, fanatismo, populismo, fundamentalismo, etc.).

Los líderes visionarios de opinión, que trazaban perspectivas con base en la calidad científica de sus producciones, han sido reemplazados por mercaderes de emociones rápidas segregadas por la influencia mediática. El universo de los “nuevos intelectuales” es un mundo permisivo de errores sin acreedores, pero con muchos perdedores: ningún error de juicio u opinión jamás se paga. Los cambios frecuentes de posición son más dependientes de los vientos que soplan que de una brújula y un sextante en la exploración de un mundo mejor.

La disponibilidad mental para el pensamiento y la reflexión ha alcanzado una frontera que en países avanzados podría llegar a cinco horas (Gérard Bronner, 2021). Es el tesoro más preciado de la humanidad que se encuentra bajo la amenaza de las satisfacciones que ofrecen los mundos digitales que compiten con las del mundo real, que en nuestro medio se intensifican por el desorden político que induce la mentira como dispositivo de gestión política.

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