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¿Los rastros del futuro serán los de un mundo mejor?

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Francisco J Contreras M

@fjcontre35

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La acción humana, en su propia escala, ha acelerado el orden espontáneo de la naturaleza. Tener tan cerca el pasado y tan incierto el futuro es una condición que remite a la gente y a quienes poseen capacidades para influir en ella, a la exploración de explicaciones a partir de teorías y experiencias de un pasado cuyo contexto de validez es totalmente diferente al de hoy. Esa búsqueda promueve acciones que lejos de resolver problemas los agrava, porque recrea en las masas la desconfianza y el sentimiento amargo de que otros son los culpables de su desdicha. Este modo de actuar alienta en cada uno la lucha contra los demás, contra las instituciones, contra la política, en ese imaginario nadie escapa a la sospecha de ser conspirador de supuestas luchas de proyectos ideológicos que ya no existen. 

El pasado como problema nos delega costos en el presente porque la certeza del momento privilegia el logro inmediato ante la indeterminación del futuro, esta realidad es histórica en la conducta humana. Como la opinión se recrea en el instante y la ciencia en el tiempo reflexivo, en la escena prevalece el frenesí de las emociones en las redes, se recrea un desbalance entre el corto plazo y el largo plazo favorable a la opinión y se arroja sospecha hacia las capacidades de la ciencia para resolver dificultades. Hay una sobrecarga informativa que excede la capacidad limitada de procesamiento del individuo, lo cual amplifica los efectos disfuncionales de la tergiversación voluntaria o interesada de la realidad.

Muy a pesar de la constatación en el presente de los daños ambientales, económicos, sociales y sanitarios ocasionados por decisiones tomadas en el pasado bajo el peso de lo inmediato y de lo mediático, aun así, el desbalance entre el corto y el largo plazo en lugar de cerrarse ha aumentado riesgosamente.

Lo desconocido crea temor y la conciencia de ello para el manipulador lo transforma en mercancía para producir miedo o terror, mercancía vital para quienes detentan y desean perpetuarse en el poder, pues engendra el encerramiento hacia adentro del nacionalismo populista como patología social. El tiempo de los acontecimientos sociales se ha adelantado al tiempo de la acción política reflexiva.

Sin embargo, la trama civilizatoria es sistémica, ninguna nación escapa a los eventos importantes que acontecen en cualquier lugar del planeta, de modo que estamos en presencia de un mundo interrelacionado. Los temas del ambiente, de las comunicaciones, de la economía, de la salud, de la protesta en las calles son incontrolables y afectan a todos. Detrás de ese estado de conflictividad está el sufrimiento de una mayoría silenciosa con escasa capacidad para sobreponerse a las vicisitudes.  

Desde hace más de ochenta años ni siquiera las superpotencias han podido alzarse con una victoria clara en todos los conflictos armados y tampoco las sanciones y exclusiones han permitido alcanzar los logros esperados. En estas situaciones, han sido los más vulnerables quienes asumen los costos. Las transiciones bajo polarización y conflicto hacia la democracia han sido realmente ruinosas e imperfectas.

Mientras se desanda el camino para las soluciones permanentes y globales, la sociedad civil deberá ganar contrapesos frente a los gobernantes y a los actores con influencia y poder. La gente y los emprendedores están marcando la pauta de lo social frente a lo político que se ha quedado en rezago. Desde la base se ha aprendido a sobrevivir sin gobierno ni representatividad.

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