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A la búsqueda del centro perdido

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Las fuerzas democráticas venezolanas tienen el desafío de romper la polarización para poder avanzar

Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar

Pareciera útil parodiar el nombre de la novela de Marcel Proust para adentrase un poco en la realidad política y social de Venezuela. En la obra de Proust, el narrador da un bocado a una magdalena (ese ponquecito tan típico para desayunar en Europa) y el sabor le hace evocar su niñez y los pasajes que sirven de columna vertebral al relato.

Las elecciones de medio término en los Estados Unidos, pero también las que han ocurrido en el entorno de Venezuela, en los últimos meses, son una suerte de magdalena, que podrían permitirnos evocar algunas de las falencias de la oposición venezolana y aportar pistas sobre cómo podrían superarse.

Veamos:

En los Estados Unidos, todas las encuestas vaticinaban una marea roja republicana que dejaría en serios aprietos a los demócratas en el Congreso, el Senado y varias de las gobernaciones de estados importantes para encarar la próxima elección presidencial. Ya todos sabemos que no ocurrió. Biden, el presidente de más baja popularidad en la historia norteamericana que ha enfrentado estas elecciones, ha sido el que menos ha sido castigado en ellas. Estos fenómenos tienen causas plurales, pero en el caso que nos ocupa no es descabellado señalar uno como el más importante: se trata de la entrada en escena de Donald Trump. ¿Por qué? Pues porque Trump es una figura polarizante. No hay duda de que su actitud y su discurso sacaron de su poltrona tanto al votante demócrata promedio, decepcionado de Biden, como al republicano más liberal y los movilizó para ir a votar en su contra. Su imagen particular; la evocación del asalto al Congreso y el clima crispado de los días de la elección, tuvieron la suficiente fuerza en el inconsciente colectivo norteamericano para transformarse en fuerza electoral.

En el caso de Brasil, fue igualmente evidente que Lula no tenía la fuerza electoral por sí mismo para derrotar a Bolsonaro. Fue su desplazamiento hacia el centro, e incluso hacia la centro derecha, lo que logró ese 1% definitivo para que pudiera imponerse a su rival, igualmente, un personaje polarizador.

Mutatis Mutandi, fue lo mismo que hizo Petro en la segunda vuelta colombiana y Macron en Francia para vencer a Le Pen.

Esta reciente evidencia pareciera indicar que los candidatos obviamente deben partir de sus propias posiciones, sus visiones, sus cualidades y sus liderazgos labrados a pulso, pero que, para conquistar victorias electorales, deben desplazarse hacia el centro para poder crecer.

Es igualmente obvio que esto no ha sido siempre así. Ha habido momentos en los que los pueblos se van detrás de lideres extremistas, mesiánicos y populistas, pero lo que pareciera estar operando en la conciencia política y electoral de los pueblos es una reacción ante las disrupciones de opinión publica que han constituido la pandemia, la guerra de Ucrania, la recesión mundial y sus consecuencias que tiende a alejarlos de las zonas de conflicto; a buscar seguridad, evitar la confrontación y las salidas violentas.

En Venezuela la polarización ha sido la zona de confort del chavismo. El enfrentamiento entre pobres y ricos, patriotas y apátridas; escuálidos y revolucionarios ha sido la trampa en la que ha caído, no pocas veces, la oposición democrática. Los problemas de la gente, el planteamiento “transversal” de las necesidades sociales se ha dejado en un segundo plano. Como siempre ha ocurrido en la historia de las transformaciones sociales, los pueblos llegan a conclusiones políticas cuando entienden que sus problemas concretos y cotidianos no se resolverán sin un cambio en la dirección del país. 

Ello no implica, en modo alguno, caer en el pedestre ofrecimiento de que la oposición tapara todos los huecos de las calles y limpiara todas las alcantarillas como si Venezuela fuera un `país normal porque no lo es. Lo que pareciera un deber de la dirección política opositora es justamente hacer ese “link” entre situación social y necesidad del cambio político. 

Romper la polarización, desplazarse hacia el sentimiento de las grandes mayorías con una oferta creíble, responsable, sin concesiones de principios y de la ética, pareciera ser el desafío de hoy.

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