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”Carmen “Sanga” Marín, fue una maestra de la cocina margariteña, uno de esos ángeles de los fogones que nos producía una reconciliación con la vida, y no solo era su sazón, era su rostro, la satisfacción que sentía cuando uno manifestaba su admiración por uno de sus platos, su dulzura y su amistad…”    

Jorge Puigbó

Días atrás, en la isla de Margarita, falleció una gran amiga, un ángel de la cocina. Su muerte me hizo tomar conciencia de que buena parte de mi vida, de lo bello, de lo inolvidable, ha transcurrido entre las paredes de negocios cuyos dueños se dedicaron a la restauración, a lograr que nuestra vida tuviera momentos placenteros en torno a una mesa en la cual la comida y la bebida nos hicieran olvidar, por un rato, el mundo que quedaba afuera del recinto.

Esas personas que entregan su vida a una profesión que no tiene horario, que exige un grado de tolerancia impensable, que los sábados y domingos cuando se descansa es cuando más trabajan ellas, merecen un alto grado de respeto y consideración. Si además esta persona tiene el don de la empatía, de hacerte sentir bien, se produce el milagro, se te hace imprescindible y, cuando puedes, vuelves una y otra vez.

En muchas partes del mundo hemos estado, tuvimos la suerte de poder disfrutar de sitios increíbles, de sentir momentos mágicos, únicos y eso se logra solamente cuando encuentras una buena comida, una buena bebida y un ambiente amistoso. Mencionaré una anécdota que ilustra y demuestra lo importante que es en la vida ser tolerante, amistoso y sincero en el trato con las personas que te atienden en los restaurantes y bares. Recuerdo que, en París, el restaurante Lucas Cartón, 9 Plaza de la Madeleine -en aquel momento- en el tope de la clasificación en cocina y con la cava de vinos más completa de la ciudad, de acuerdo a los entendidos, era un lugar de nuestra preferencia para cenar. Allí, una noche, para acompañar la cena pedimos un vino Sauternes Chateau d´Yquem para una entrada de “fois gras entier” y una botella de Nuits Saint George, primer cru, de una reserva especial para el segundo plato, vino bien posicionado en la tabla de cosechas, “tableau des millésimes” en francés. Terminada la cena, después de un postre excelente, pedimos una copa de Armagnac de la única reserva que quedaba de 1946, que ellos tenían en su bodega. Todo esto simplemente lo cuento para situar lo que ocurrió de seguidas, uno de los decanos de los “sommelier” de París, o, mejor dicho, sumiller, como se dice en español, trabajaba allí. Era un hombre de unos setenta años largos, flaco, elegante en su traje de etiqueta, con sus copitas de plata guindando del collar que indicaban su oficio, quien, con su acostumbrada diligencia, se acercó a nuestra mesa y me preguntó cómo había estado la cena, por supuesto la elogié como correspondía. Me dijo que mi elección había sido la que correspondía a un conocedor, lo cual infló mi joven ego. Me enseñó que la porción de vino que queda en la botella al trasegarla para el ánfora, a la luz de una vela, operación esta realizada en la mesa, se la toman ellos luego de filtrar el llamado pozo o madre en los vinos que decantan, que no son todos. El vino les pareció muy bueno. Le dije entonces que por favor me apartara la misma mesa para el día siguiente y me respondió que con todo gusto y que le permitiera elegirme la botella de vino tinto que tomaría con la cena. En medio de la euforia le dije que sí, sin pensarlo mucho, que no había ningún problema. Después de pagar la cuenta, nos fuimos caminando para nuestro hotel por las calles de la Ciudad Luz, bien abrigados por el frío que comenzaba a llegar. Esa noche, después de un buen baño y ya totalmente despejado, me costó dormir pensando en lo irresponsable que había sido al permitir que el sumiller nos escogiera el vino y nos comprometiera a aceptarlo sin saber siquiera su costo. Al fin me dormí con las ventanas abiertas a las primeras brisas del otoño.

Al día siguiente nos fuimos de museos, de caminata, y almorzamos en uno de los viejos y excelentes bistrós de la ciudad. Descansamos en el hotel hasta las ocho de la noche y nos dirigimos nuevamente al Lucas Carton. La mesa estaba lista, éramos los segundos comensales en llegar. Apenas nos sentamos, el sumiller se nos acercó con una botella cubierta de polvo y acunada entre sus manos. Me preocupé seriamente, hasta que me dio una lección de conocimiento, honestidad y humildad, me dijo: “esta botella se la escogí yo personalmente, espero que le guste, cuesta la tercera parte de lo que usted pagó por la de anoche”. Como siempre, la cena fue inolvidable por la excelencia de la comida y por el extraordinario vino que aquel hombre nos descorchó esa noche. Nunca olvidaré ese gesto y la lección que implicaba: de vinos y comidas nunca se deja de aprender y cuando se tiene un maestro honesto, se debe ser humilde y bajar la cabeza.

Carmen “Sanga” Marín, fue una maestra de la cocina margariteña, uno de esos ángeles de los fogones que nos producía una reconciliación con la vida y, no solo era su sazón, era su rostro, la satisfacción que sentía cuando uno manifestaba su admiración por uno de sus platos, su dulzura y su amistad. Así como ella, restauradora de estómagos y almas, todos debemos dar gracias a los que, con su trabajo y amistad, nos hicieron y nos hacen la vida un poco más grata y llevadera en este mundo complicado. Recordemos algunos nombres que ya no están y otros que continúan detrás de los fogones: Amadeo, Juanillo, Blanca, Teresa, Rubén, Manolo, Ángel, Sumito, Edgar, Helena, Germán, Pepe, Víctor, Carlos y tantos otros a quienes les debemos mucho. Gracias de todo corazón.

@jorgeppuigbo

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