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Carta de Eleuterio (3)

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“…Cuando estaba escribiéndole esta cartica me puse a pensar que una hacienda es como un país, si usted no cuida los linderos, se asocia con malandros o más vivos, les abre las puertas y les da entrada, puede jurar que se aprovecharán y tratarán de sacar el máximo beneficio y si les da tierras para que siembren, como nuestro amigo, después será muy difícil que las regresen…”

Jorge Puigbó

@JorgePPuigbo

“…Tengo varios días sin escribirle y es que nos agarró la enfermedad esa que “mientan” Covid, yo creía que era como una gripecita, o un poco más fuerte, pero a Nemesia la tuve que llevar a la clínica porque le dieron unos ahogos y se me puso “malitica”, total que la pasamos mal los dos, ella con oxígeno y yo tosiendo como un “condenado”. Todavía no nos sentimos bien al cien por ciento y el médico nos recomendó que nos fuéramos para alguna playa a respirar aire más puro y a tomar sol, o sea, a temperar como decíamos antes. Total, que a raíz de esos acontecimientos nos fuimos para Adícora, allá en la península de Paraguaná. ¿Se acuerda cuando íbamos en la semana santa y llegábamos a una casita en la playa que nos alquilaba aquel señor de apellido Yajure, muy amable él? ¿Y qué me dice de aquellas deliciosas arepas de maíz blanco pelado de doña Chucha?  (¡Dios la tenga en su gloria!); comerlas con nata coriana y un par de “yemas” era increíble. Aquello está casi igual, fuimos al Supí y conseguimos un restaurante de buena calidad y adivine a quién nos encontramos, a Evaristo, el de Barinas, el que estuvo casado con la prima Elba, que tenía aquel “fincononón” por los lados de Puerto Nutrias, ¿Se “arrecordó”? Bueno, el hombre está arruinado, sepa que perdió todo lo que tenía, aquel montón de buen ganado mestizo de leche y las tierras que eran de primera. Usted y yo estuvimos bastantes veces en esa hacienda, era un paraíso, sobre todo la casa colonial con sus corredores abiertos en donde colgaban chinchorros de colores de Tintorero y dos de fibra de curagua que nosotros le compramos en Aguasay. Pues bueno, volviendo al cuento: nos relató en la sobremesa, tomándonos unos cocuyes añejados, cómo fue la triste historia. Resulta primo que comenzaron a perderse reses todos los meses. El caso es que esto se agravó, las perdidas eran muy grandes y ninguna medida que se tomaba daba resultados. Un día se le apareció una persona que él conocía desde hacía años por ser capataz de una hacienda colindante, buscando unas reses que se le habían perdido. Entre conversa y conversa el visitante le dijo que la única forma de acabar con el problema era contratar vigilantes armados, como ellos lo habían hecho, él podía recomendarle algunos, familia de los que ya trabajaban al lado. Nuestro amigo, usted sabe que él era muy confiado, se quedó pensando la propuesta, le dio vueltas y vueltas durante algunos días, hasta que, de nuevo le avisaron que otras ocho vacas habían desaparecido. La furia no es buena consejera, es fácil decirlo cuando no se ha pasado por un trance como ese, pero es así. El lunes, el muy “toche” se montó en su camioneta de doble tracción y se dirigió hasta la hacienda vecina donde habló nuevamente con el encargado y le manifestó que requeriría inicialmente de diez hombres, o volantes como les dicen algunos. Habló de una vez con los trabajadores, negociaron las condiciones y con el que fungía de cacique, o jefe del grupo, cerró el trato. Quince días después llegaron los hombres al terminal de pasajeros. Fueron días de tranquilidad los que vinieron luego de la llegada de esa gente, meses. En ese tiempo con una habilidad increíble fueron consiguiendo concesiones de parte del ingenuo Evaristo, que se sentía feliz. Solicitaron que se les aumentara la cantidad de comida, ya les daban leche y carne. Pidieron que se les permitiera traer a las mujeres porque estaban solos y  él accedió. Al tiempo  le pideron el uso de unas parcelas de tierra para sembrar maíz y frijol para su consumo y de sus familias. Poco a poco a medida que se iban los obreros viejos ellos proporcionaban sus sustitutos y llegó a ser tanta su influencia que lograron imponer al capataz. Eso sí, no se perdía una sola res, los inventarios estaban perfectos y nuestro amigo contento. Y como todo lo “chueco” no dura y toda luna de miel se acaba, el final comenzó cuando llegó un día a la propiedad y le dijeron que se habían extraviado diez vacas con sus becerros, pero que no se preocupara, ellos la encontrarían. Pasaron días y al fin regresaron con cuatro animales y dos becerros, los otros, dijeron, se metieron en una montaña muy cerrada y no los encontraron. Evaristo, un tipo de buen corazón, les dio las gracias por las cabezas recuperadas. Poco a poco se cerró la trampa. Más nunca regresaron completos los animales que se perdían y algunas veces no traían ninguno. Un día nuestro amigo, ya algo preocupado, decidió dar una vuelta de reconocimiento por todos los linderos que eran extensos y cuál no sería su sorpresa al conseguirse, a varios kilómetros de la casa, una construcción de madera con techos de zinc y con una corraleja adjunta. La respuesta, “a lo arrecho”, fue que ellos la necesitaban porque, para resguardar o recuperar el ganado, no podían regresarse por lo lejos y allí dormían. Bueno primo, el robo de ganado creció hasta que era imposible sostener los gastos. Un día le avisaron que le habían invadido una parte del terreno y cuando acudió a las autoridades estas dijeron que los campesinos tenían la razón y de paso lo amenazaron. Metió unos abogados que no pudieron hacer nada. Una historia que se repite por todo el país. Cuando estaba escribiéndole esta cartica me puse a pensar que una hacienda es como un país, si usted no cuida los linderos, se asocia con malandros o más vivos, les abre las puertas y les da entrada, puede jurar que se aprovecharán y tratarán de sacar el máximo beneficio y si les da tierras para que siembren, como nuestro amigo, después será muy difícil que las regresen. De los años de esfuerzo por fundar y producir no quedan ni siquiera los techos de las casas, ni las cercas… Eso me contó mientras sus ojos lagrimeaban porque el cocuy picaba mucho, decía. Abrazos a la comadre y a los muchachos, le mando con el que le lleva la carta dos quesitos de cabra y una botellita de cocuy para que se alegre”.

                                             Su primo Eleuterio.

P.D: Disculpas como siempre lo coloquial. 

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