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Carta de Eleuterio 4

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  “…Me contó que asumió una postura defensiva, la que el abuelo nos enseñó para protegernos ante un ataque, levantó los brazos, adelantando la zurda para lanzar el “jab” y, resguardando la derecha para pegarle un “gancho” a la mandíbula, comenzó a girar, en ese momento el otro se agachó y rápidamente le lanzó un puñado de tierra en los ojos cegándolo y pateándole enseguida la entrepierna. Así de simple y rápido se acabó la pelea…”

Jorge Puigbó

@JorgePPuigbo

En todas estas transcripciones parciales de la correspondencia que me envía el primo Eleuterio desde algún lugar de los páramos andinos se puede visualizar su perspicacia, su particular forma de explicar ciertas cuestiones utilizando una especie de parábola sencilla y comprensible. Es una persona muy inteligente y preparada, a pesar de que su forma de expresarse un poco rústica y popular muchas veces nos engaña. Les hago llegar, parcialmente editada, otra de las cartas que ocasionalmente me remite:

“… Entérese usted, nunca antes, en los añísimos que tenemos conociéndonos, prácticamente desde niños, se lo había comentado, pasar el páramo nunca me gustó. Esa carretera de curvas y el malestar de la altura me enferman por varios días. Si no fuera tan largo el camino preferiría irme por la vía de El Vigía. La primera vez que viajé por la trasandina fue cuando me fui para Caracas a estudiar y luego, cuando regresaba en vacaciones, nunca lo pasé sintiéndome bien. Le digo esto porque, después de muchos años y por exigencia de Nemesia, fuimos este fin de semana, hasta más arriba del pueblo de Mucuchíes, acepté por cuanto se trataba de visitar a Francisco Paredes quien se encuentra recuperándose bien de una operación que le hicieron. ¿Se recuerda de él?, primo lejano de mi mujer, nieto de aquel inglés que nos enseñaba boxeo. Bueno, la hacienda está igualita, la casa con sus pisos de cemento rojo, limpios y pulidos hasta la exageración, los helechos de todas las variedades colgando en los corredores de afuera, a los cuales en la tarde les sigue llegando la neblina. Me gusta ver esas casas que todavía conservan sus techos de tejas viejas, oscurecidas por tanta lluvia y sol que les ha caído y en ésta la cocina de leña es una joya, con sus paredes de adobes rústicos cubiertas de repisas en las cuales se ahúma lentamente el queso paramero. Todo es una belleza, pero el viejo molino de piedra que, impulsado por el río molía el trigo, eso no tiene comparación con nada, es un pedazo de historia que allí se congeló. Recuérdese, lo que más nos gustaba era sentarnos a fumar y oír el ruido del agua de la quebrada al lamer las paredes de la acequia e impulsar la rueda que movía la enorme piedra del molino. Apartándome de lo poético y nostálgico que a veces me pongo cuando los recuerdos me atropellan, te escribo porque hablando con Francisco recordamos las clases de boxeo que nos daba su abuelo en el cobertizo de la vaquera utilizándolo como ring, su estampa firmemente plantada sobre sus pies, lo cual era según él fundamental, sus brazos estirados y calzando aquellos guantes profesionales de color marrón, con su peso de 16 onzas, demasiado para nosotros, con el cuero desvaído y todo cuarteado por tantos años de uso. ¿Se recuerda usted? Pues, entre traguitos de miche “callejonero”, que lo animaron a conversar, me comentó que su afición a los golpes y a las fintas le duró hasta un buen día en el cual, por cuestiones de faldas, se tuvo que enfrentar a Casimiro el hijo del vecino. Me contó que asumió una postura defensiva, la que el abuelo nos enseñó para protegernos ante un ataque, levantó los brazos, adelantando la zurda para lanzar el “jab” y, resguardando la derecha para pegarle un “gancho” a la mandíbula, comenzó a girar, en ese momento el otro se agachó y rápidamente le lanzó un puñado de tierra en los ojos cegándolo y pateándole enseguida la entrepierna. Así de simple y rápido se acabó la pelea. No era una práctica de aficionados, era real. Las reglas del Marqués de Queesberry, inglés por supuesto, fueron el primer conjunto de normas civilizadas que por mucho tiempo rigieron el boxeo. El “fair play”, si no se me olvidó como se escribe, llaman en el idioma de “la pérfida Albión”, al juego limpio y sin trampas. Otra vez primo, me perdona, pero volví a caer en la tentación de demostrar que todavía recuerdo lo que aprendí en la escuela, sobre todo aquellas lecciones de inglés tan básico que nos enseñaba la maestra Teotiste, discúlpeme, aunque tengo que decirle que luego tomé algunas leccioncitas más. Con su perdón, retomo el tema de la carta el cual simplemente trata acerca de la semejanza entre las reglas del deporte y la vida real. Cuando bajaba del paseo, pasando por el pueblo de Mucujún, meditaba sobre ello y me comenzó una inquietud. Algo me decía que lo que le pasó a Francisco se parece mucho a lo que está pasando en la política de este país y en el mundo. Cuando te educan para que te comportes de determinada forma y el contrincante se conduce por otras reglas diferentes y las tuyas le importan un pito con tal de ganar, con seguridad te van a patear donde más duele. Pon la otra mejilla, sé educado, aplica la corrección política, son expresiones que cuando llega la real confrontación y la violencia no son aplicables, sobre todo con los que no creen ni en el Derecho, ni en los valores naturales. Nuestra tía abuela Pancha, era una mujer recia, curtida en tiempos difíciles, ella utilizaba palabras como ñoñería, cuando juzgaba que frente a una situación no se actuaba con carácter suficiente, o cuando escudándose en ciertos principios se escondían temores ocultos, también demostraba sabiduría cuando nos decía que no se puede hablar mientras te están moliendo a palos. Ella era muy rezandera y cuando había que actuar para reestablecer una situación irregular, siempre decía, recuérdense de Jeremías 7.11, lo de los mercaderes en el templo.     

Francisco asimiló bien la lección y me contó que más nunca le quitó la atención a un contrincante y aprendió que no hay que dejar que el otro tome la ventaja porque después es muy difícil levantarse del suelo. ¿Me entendió primo? Véngase un día de estos para que nos tomemos algo y recordemos. La experiencia vale mucho y la amistad más. Salúdeme a los sobrinos y a su mujer. Le mando una mantequillita envuelta en hojas de frailejón, que me trajeron del páramo, ojalá no se derrita. Lo espero.   

PD: Todavía tengo mal de páramo”.

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