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 Carta de Eleuterio (5)

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  “…El país, mi querido pariente, cuando se acercan las elecciones, se vuelve una gallera, un rebulicio, los gritos no dejan oír ni siquiera a quienes los emiten, que son generalmente los que menos oyen pero gritan más. Todo el mundo se vuelve un sabiondo en política, sus opiniones son las únicas verdades y aunque nunca han conocido a los contrincantes, se acogen a lo que les han dicho u oído en Twiter e insultan, descalifican y agreden irracionalmente, repitiendo generalmente mentiras bien elaboradas en talleres de propaganda…”

Jorge Puigbó

Una vez más, en este diciembre, recibí una correspondencia del viejo primo Eleuterio, quien, como ustedes saben siempre me envía sus apreciaciones de hombre sabio; aquí los párrafos que interesan: “…Entérese pariente, leyendo un libro viejo de cuentos mejicanos me encontré con una palabra: palenque, la cual me ayudó a recordar que, en la tierra de Pancho Villa, así nombran a lo que aquí denominamos gallera. Recuérdese cuando el tío Francisco nos llevaba los sábados a ver las peleas, estábamos carajitos y el ambiente era fuerte. Ese era la matinée de un pueblo donde no había cine. El olor de aguardiente con el que friccionaban los gallos y el humo del tabaco espantaban hasta a las moscas. Las peleas de estos animales que, por instinto se buscan  para agredirse -así como el enfrentamiento del humano con el toro de lidia- son reminiscencias que nos acompañan desde la antigüedad y que todavía persisten en una sociedad que dejó de ser rural. Para muchas personas se trata de costumbres arcaicas y de hecho en muchos países del mundo las han prohibido, como en España, los Estados Unidos y Alemania.  Esta última prohibió en el año 1972 todas las peleas de animales. Todavía, raras veces, voy de mirón a una gallera que tiene un amigo en un terreno de su propiedad. La “cuerda” de gallos que posee sobrepasa los doscientos animales, entre españoles, cubanos, hasta filipinos y tailandeses, fieros y atropelladores. Toda esa costosa inversión que le menciono, no le rindiera beneficios si no tuviera a su lado al negro Tomás quien, según él, es el mejor arreglador de gallos que ha existido. Ese personaje los alimenta con unas “bolas” cuya mezcla prepara escondido, es su secreto, lo único que se sabe es incierto y constituye motivo de discusiones entre galleros, dicen algunos que con el plátano y zanahorias mezcla diversas hierbas molidas y proteínas de origen animal; además les da maíz amarillo, que él mismo siembra, para darles fuerza y avivar el color de las plumas. Los ejercita como si fueran “marines” de esos que se ven en las películas gringas. Todos los días los carea con otros pollos o con señuelos, para sacarles la raza según dice. Dormir en un tubo, correr en un cilindro les forman patas fuertes para sostener las espuelas y éstas, el negro hasta se las pule. Con todo eso y a pesar de ello, hay los que salen y matan de una puñalada certera, otros parecen que van perdiendo y repentinamente se paran fieros ganando la pelea, otros, los menos, salen correlones, no se paran ante el rival y aun así los he visto ganar dándole vueltas y vueltas al redondel logrando cansar al contrario y de improviso se devuelven y matan al contrario; hay otros que ni siquiera corren, solo se echan fingiéndose los muertos. Haciendo una digresión, primo, debo decirle que soy un enamorado del poema El Gallo Zambo del ilustre Don Miguel Otero Silva y sobre todo oírlo con música en aquella voz del galeronista Benito Quiroz, tengo el “long play” original, cuando venga se lo pongo, bueno, si consigo una aguja para el anciano tocadiscos que se dañó. No quiero perder el hilo, volvamos a lo que nos ocupa, nunca he visto una pelea igual a otra, todas son diferentes y eso es lo importante. El gallo tiene que tener al menos destreza, raza y casta, de lo contrario no vale la pena ni jugarlo, mejor si ha sido probado con varias peleas a cuesta, eso es verdad, pero en todo esto son las personas como el negro Tomás las que sacan las ventajas y cualidades que ya tiene el animal, lo enseñan y mejoran sus destrezas, él es quien escoge el rival y casa las peleas acordando las condiciones de ellas. En todo enfrentamiento, en toda contienda, en todo combate lo primero, si se quiere ganar es tener un buen arreglador, un buen manejador, un buen entrenador, un buen guía, un buen líder, un buen equipo que diga lo que se tiene que hacer y el peleador, o combatiente, como usted lo quiera llamar, si no tiene casta es mejor que no vaya para la pelea, eso quiere decir que tenga el valor necesario, la inteligencia necesaria, las ganas de ganar y aunque usted no lo crea también las plumas brillantes y bonitas que deslumbren. El país, mi querido pariente, cuando se acercan las elecciones, se convierte en una gallera, un rebulicio, los gritos no dejan oír ni siquiera a quienes los emiten, que generalmente son los que menos oyen, pero gritan más. Todo el mundo se vuelve un sabiondo en política, sus opiniones son las únicas verdades y aunque nunca han conocido a los contrincantes se acogen a lo que les han dicho u oído en Twiter e insultan, descalifican y agreden irracionalmente, repitiendo generalmente mentiras bien elaboradas en talleres de propaganda. Aquí entre nos, prefiero la gallera con sus reglas primitivas que todos respetan, empezando por los gallos que tienen el valor de pelear y eso es lo que cuenta para mí. En fin, el que quiere ganar tiene que ser tan o más fiero que el otro y sobretodo no equivocarse.  

Cuando termine de leer el contenido de esta misiva, si le es conocido o parecido a algo lo que le describo, pariente, no es su imaginación, usted pudiera tener toda la razón, la comparación es parecida a la realidad casi como dos gotas de agua. Un abrazo a su mujer y que se acuerde de mandarme el remedio que me prometió para ver si se me quita de una vez por todas este “escoyunto” que cargo. La bendición a los sobrinos. Mándemelos después de Navidad. Le escribo pronto…”   

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