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¿Cohabitamos o qué?

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Se trata de enfrentar esa terca manía de gobernar a todo trance, prevalidos –además de los abusos recurrentes- de aquella enmienda constitucional que permitió a Hugo Chávez reelegirse, aunque dicha posibilidad había sido negada en referendo constitucional, cuando había presentado su delirante proyecto de reforma constitucional.

Jesús Peñalver

@jpenalver

Ha dicho Andrés Caleca, expresidente del CNE, hoy convertido en sesudo analista político: “La única negociación posible será algo así como la regularización del conflicto; porque el conflicto seguirá, bajo dirección de esta oposición o sin ella. La crisis es brutal y el pueblo, más temprano que tarde, pasará factura”,

La cita viene a cuento, propósito de las recientes declaraciones del Secretario General de la OEA, don Luís Almagro, quien planteó en su artículo de opinión “El infierno del sendero que jamás se bifurca”, publicado en el portal del medio uruguayo Crónicas, que el diálogo político debe estar centrado en lograr una “cohabitación con contrapesos”.

“La cohabitación es un ejercicio para el cual no he visto prácticamente a nadie preparado en Venezuela. Pero eso lo hace aún más necesario, en el sentido de que implica un ejercicio de diálogo político real, de institucionalidad compartida, de poderes del Estado compartidos. Compartir el Ejecutivo es complejo y muy difícil”, señaló el actual alto funcionario de la OEA.

En entrega anterior, yo mismo me mostré en favor de elecciones primarias de la oposición y posteriores presidenciales en 2024. Entonces no desperdicié la ocasión y me referí a los excesos chavistas, esos que transitan con un margen de impunidad muy grande, y eso ha quedado demostrado en distintas oportunidades. Nadie puede garantizar que no siga ocurriendo, pero la peor gestión es esa, la que no se hace. Quiero decir, no debemos ceder ni desmayar en el empleo en las herramientas que aún nos ofrece el ya maltratado Estado de Derecho.

No será fácil salir de este atolladero, de esta pesadilla, de esta caverna a donde nos llevó aquel desquiciado milico golpista, hace ya veintitrés largos y tortuosos años y seis meses. Se dice fácil, pero es imposible no contrarrestar –democráticamente- el afán continuado del “gobierno” por seguir aposentado en el poder. No solo por lo que significa perder el poder, sino también por la obligatoria necesidad y conveniencia de someterse a la justicia nacional e internacionales por los innúmeros desmanes cometidos en perjuicio de todo el país venezolano y sus gentes.

Se trata de enfrentar esa terca manía de gobernar a todo trance, prevalidos –además de los abusos recurrentes- de aquella enmienda constitucional que permitió a Hugo Chávez reelegirse, aunque dicha posibilidad había sido negada en referendo constitucional, cuando  presentó su delirante proyecto de reforma constitucional.

“Regularización del conflicto” ha dicho el venezolano Andrés Caleca y “cohabitación con contrapesos”, por su parte, ha recomendado el uruguayo. Así las cosas, y salvo mejor criterio, se trata de ponerse de acuerdo la oposición venezolana, reunida en la instancia política que los integra, con los factores que hoy ocupan el poder, es decir, con los que gobiernan y mandan en Venezuela. O sea, la Plataforma Unitaria opositora por una parte y los que ejercen el poder en Miraflores por la otra.

Los contrapesos a esa cohabitación (término usado por don Luis Almagro) no deben ser otros que condiciones válidas, posibles, legítimas y reconocidas por todos, para promover un proceso electoral en condiciones favorables para Venezuela, o sea, con paridad en la participación, observación internacional y depuración del Registro Electoral Permanente, entre otras no menos importantes circunstancias, como son: liberar a todos los presos políticos, permitirles su participación en cualquier activad electoral o de parecida naturaleza, cese del acoso y de la persecución, y, en fin, que el libre ejercicio de las libertades públicas esté grantizado.

Reitero: los que están en el poder no quieren abandonarlo y cada día se aferran más a él.  Reconozco los esfuerzos que se adelantan para la escogencia de un candidato unitario. El régimen sabe que ya no cuenta con el apoyo de las mayorías, que cualquier campaña no contará con la acogida de los votantes, que su aparato de propaganda ya no funciona como antes, que la oposición venezolana reconoce en el voto un mecanismo útil para desenmascarar a los pillos electorales y como instrumento de la democracia –aunque afectada- sirve para cambiar el estado de cosas en que nos encontramos.

Alguien llamó alguna vez a Almagro: “controvertido camaleón político”. Por mi parte asumo su artículo (su contenido) como una alerta, un llamado de atención, una advertencia que no debemos echar a un lado, porque si alguna vez le agradecimos sus esfuerzos en favor de Venezuela, hoy nos deben conducir a la reflexión sus afirmaciones, más allá de las frases, los sustantivos y verbos usados en su publicación.

Aunque debo preguntarme, con suficiente duda razonable y malicia, si se quiere, ¿querrá el uruguayo seguir en el alto cargo hemisférico o piensa postularse para las próximas presidenciales en Uruguay?

Contrariamente a lo señalado por don Luis Almagro, yo sí creo que en Venezuela hay voces y voluntades capaces de enfrentar al chavismo-madurismo. También redarguyo sus aseveraciones, recordando que el chavismo anuló de facto la legítima Asamblea Nacional electa en 2015; bloqueó el Referendo Revocatorio en 2016 y postergó ese mismo año las elecciones regionales. Instaló una fraudulenta “asamblea nacional constituyente” en 2017 y adelantó a conveniencia las elecciones presidenciales en 2018. Y para más escarnio llevó a cabo la chapuza del 6D, una farsa, un fraude, una simulación.

Insisto y detallo, con referencia al primer desaguisado chavista que he enunciado, que el régimen anuló a la Asamblea Nacional elegida en 2015. Y en particular, citaré apenas cuatro lunares: Desconoció a los diputados de Amazonas, violó inmunidades y apresó a otros diputados, declaró la “inconstitucionalidad” de todas las leyes dictadas y, por si fuera poco, la declaró en desacato.

Si algo o alguien lidera las manifestaciones o expresiones de protesta del pueblo, de la Venezuela decente que sufre, siente y padece, es el mismo pueblo, la gente que mira y se esperanza en una luz que ahora está más cerca.

Bueno, y ante eso, conviene regularizar el conflicto y cohabitar con contrapesos. Porque la verdad sea dicha, es preciso no haber nacido en un país, padecer de un resentimiento muy arraigado o ser bien despreciable para odiar a su gente. No se puede estar tan cerca del dolor y seguir viviendo con normalidad. El sufrimiento es una miseria y exaltarlo una perversión más. Sufrir es malo en sí mismo y punto.

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