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Desdibujar la historia, eterno engaño

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“…Cuando se destruye parte de la “historia materializada” es por el deseo de imponer una cultura, una ideología o normas de conducta diferentes, a determinada población…”

Jorge Puigbó

@JorgePPuigbo

 

Los historiadores siempre lo han tenido difícil, me refiero a su trabajo, además del estudio constante de documentos, en oficinas llenas muchas veces del polvo acumulado de los años, deben enfrentar el grado de dependencia, discriminación, equivocación, manipulación, al cual se ve sometida la determinación fiel de los hechos históricos en sus diferentes fases de recopilación, representación, interpretación y resguardo por parte del ser humano. Es difícil lograr la obtención de un grado absoluto de veracidad, de identificación total con respecto a la naturaleza de un hecho del pasado. Siempre habrá que contar con la influencia del sujeto que examina y estudia los hechos, sus emociones, su grado de educación, sus conocimientos, su imparcialidad, en fin, con su carga ideológica. Las representaciones de cualquier tipo nos ayudan a preservar nuestros hechos, la memoria colectiva. Su destrucción elimina una fuente de información y constituye un escollo más. Es un debate muy viejo el que se da sobre la tendencia a la eliminación o modificación de construcciones u obras de arte e igualmente son diferentes los motivos que se exponen como argumentos para preservarlas, algunos serían, indudablemente, la calidad de la obra, la fama de quien la produjo y lo que representa. Por allá, en el siglo XVI, Gregorio Magno, quien luego fuera denominado santo por la Iglesia Católica, le escribió una correspondencia a Sereno, obispo de Marsella, cuyo contenido puede servir para apoyar lo que pensamos acerca de la destrucción de las formas de preservar los recuerdos. Dice San Gregorio: “…Te alabamos por haber prohibido adorar las imágenes, aunque reprobamos que las hayas destruido. Adorar una imagen es diferente de aprender lo que se debe adorar por medio de la pintura […] La obra de arte tiene pleno derecho de existir, pues su fin no es ser adorada por los fieles, sino enseñar a los ignorantes. Lo que los doctos pueden leer con su inteligencia en los libros lo ven los ignorantes con sus ojos en los cuadros. Lo que todos tienen que imitar y realizar lo ven unos pintados en las paredes y otros lo leen escrito en los libros…”. Un argumento contundente, fundamentado en un fin práctico. 

Pretender borrar la memoria histórica, representada por los elementos culturales de orden físico y que algunos denominan “historia materializada”, tiene fundamentos diversos y complicados. Los hechos del pasado tienen muchos enemigos, aun los que parecieren inocuos e irrelevantes, siempre poseen sus dolientes y detractores, así como defensores. Las razones para la destrucción de la cultura son ideológicas, políticas y religiosas, e indudablemente las económicas. Las religiones con su carga moralizadora y la tarea de imponer sus valores han sido a través del tiempo uno de los instrumentos modificadores o aniquiladores de culturas. Sin prejuzgar en lo más mínimo sobre si esas acciones fueron positivas o no, la cuestión para nosotros es que se realizaron. Igual, la mayoría de los conquistadores de todos los tiempos trataron de borrar cualquier vestigio que pudiera recordar el pasado a las poblaciones invadidas. La verdad había que ocultarla, disfrazarla, crear un nuevo relato, una nueva forma de vivir de forma tal que las generaciones por venir no tuvieran referencias para comparar. Decapitar una estatua, eliminar una lápida, un himno, modificar una bandera, un escudo, derribar y construir sobre un recinto religioso, quemar escritos, son algunas de las innumerables acciones que se repitieron y se repiten en nombre de culturas e ideologías diferentes. 

En estos tiempos de Internet y aparente globalización, donde nos encontramos sufriendo cambios tecnológicos y sociales acelerados, descubrimos asombrados que los sentimientos iconoclastas han regresado esgrimidos por quienes quieren juzgar a la Historia aplicando conceptos y principios actuales, así como técnicas avanzadas de manipulación y represión social. El llamado Estado Islámico, en nombre de su religión, destruyó parcialmente la ciudad de Dur Sharrukin, Irak, capital del Imperio Asirio del 722 al 705 antes de Cristo y la saqueó totalmente, asimismo los templos de Palmira, Siria, fueron dinamitados igual que sucedió en el 2001 con las colosales estatuas de Buda, de 53 metros de altura situadas en Bamiyan, Afganistán; asimismo destruyeron la ciudad de Nimrud en Irak, mencionar aquí todo el daño ocasionado a la Historia es imposible. Por motivos diferentes y en otro contexto el movimiento “Black Lives Matter” impulsado por su rechazo al racismo y en coincidencia con otros movimientos anti hispánicos regados por Latinoamérica y los EEUU, le declararon la guerra a todas las estatuas o monumentos dedicados a próceres relacionados con la esclavitud y a descubridores y conquistadores con el colonialismo. 

En el fondo de toda esta manipulación siempre está la búsqueda del poder, bien sea político o moral, generalmente actuando en conjunto, bien sabemos que el afán en obtenerlo y la necesidad de imponerlo sobre los demás ha sido y es deseo de la gran mayoría de los hombres y es esa búsqueda la que se constituye en uno de los motores y causa principal de los grandes hechos históricos, esto es indudable. Cuando se destruye parte de la “historia materializada” es por el deseo de imponer una cultura, una ideología o normas de conducta diferentes, a determinada población. Lo primero que se observa es que, para alcanzar el fin se utiliza, y se sigue utilizando, la violencia física, así como técnicas para manipular la mente, el pensamiento. Si analizamos un poco y observamos el devenir de la Humanidad, podemos afirmar que la violencia de todo tipo, y por tanto el dolor, es un instrumento para la imposición de formas de pensar, la aniquilación de los disidentes y su sometimiento, así funciona.

Una pregunta de una persona amiga, en un chat de personas estudiosas, me motivó a escribir este artículo, parecía sencilla y se refería a la posibilidad de retirar el retrato de una autoridad, colgado en la pared de una institución importante, quien cometió delitos muy graves. Claro está que este caso se refiere a un objeto sin ningún valor de carácter artístico o cultural, simplemente fue un reconocimiento otorgado al hombre en un momento determinado. Los monumentos, pinturas, retratos, que se elevan en honor de una persona por ser ejemplo para una sociedad, si el honor lo pierde, pudiere pensarse en retirar el homenaje por cuanto lo desmerece, la cuestión es que, por otra parte, se borraría el recuerdo de la acción cometida por ella y en este caso no sería conveniente. Luego de sopesar las implicaciones concluimos que hay que dejar el retrato, retirarlo no tendría consecuencia alguna sobre los hechos que esa persona cometió y si queremos sancionar, social y colectivamente la conducta delictiva, al borrar la memoria se borra también el recuerdo para la posteridad y se blanquearía como dicen ahora.

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