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Discurso falso y decepción

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  “…El insulto y la descalificación como fundamento principal del discurso han dado como resultado la desconfianza, la incredulidad y la incertidumbre, por tanto, el inmovilismo. La clase política se demonizó a sí misma, fue la dirigencia la que instrumentó el discurso cuyos resultados saltan a la vista…”

Jorge Puigbó

@JorgePPuigbo

                   

De tanto batir las olas contra la piedra ésta se va desgastando. Los medios de comunicación, hoy ampliados con la aparición de las redes sociales, muchas veces se han convertido en demoledores de la verdad, principalmente estas últimas que no tienen ningún tipo de control, ni una dirección que compruebe lo que se publica. A la par de ésto nos encontramos con la aparición de un fenómeno el cual afecta a los diarios en todo el mundo y es su alineación política, cuestión ésta que tiempo atrás se rechazaba por cuanto privaba el principio de la independencia del medio y su imparcialidad, lo cual, por otra parte, no afectaba la libertad de expresión del periodista u opinador. Hoy ocurre con normalidad preocupante que, si un columnista es incómodo para un periódico, revista, publicación, se le remueve sin muchos miramientos. 

Estamos convencidos de la importancia de que se entienda claramente la diferencia entre dos principios fundamentales que parecieran guiar a los líderes políticos y sus organizaciones en lo que se refiere a la calificación de las personas que piensan diferente a ellos.  A tal efecto nos fijaremos como escenario a un país cualquiera, lo primero que importaría se refiere a la población del mismo en un momento determinado, en razón de constituir el único caudal de votos posible, pareciera de Perogrullo, pero algunos se niegan a considerar que la política se basa en una sola posibilidad: el convencimiento del otro y su atracción hacia nuestro bando. Es tanto el odio y el resentimiento que tienen que no admiten la posibilidad de que un adversario pueda cambiar de criterio y se acerque a nuestra forma de pensar. Indudablemente esta actitud imposibilita el crecimiento en función de la votación y su objetivo final: la toma del poder. Esta visión miope y enfermiza conduce a la polarización en la población, lo cual evidentemente a largo plazo significa la aparición de problemas sociales graves de convivencia.  Tenemos, en consecuencia y en primer lugar a las personas o políticos que asumen la intransigencia como bandera, muchas veces sin darse cuenta comulgan con la figura o principio del “amigo-enemigo” una teoría de origen bélico creada, expuesta y proyectada al mundo civil por el jurista Carl Schmitt en su obra “El Concepto de lo Político”, publicado inicialmente en 1927. Según él, catalogar al opositor como enemigo es intrínseco a la política, destruirlo sería su función. Todos los países totalitarios han asumido esta estrategia de acción, la de crear enemigos ficticios tanto internos como externos y así poder aglutinar a sus partidarios y reforzar su lealtad. Para establecerse en el poder, según la evolución de este criterio, hay que atacar fuertemente al enemigo y por lo tanto, el idioma utilizado tiene que ser acorde con la estrategia, el uso de la descalificación es necesario, también la calumnia, la burla, la infamia, todo está permitido para crear corrientes de opinión en su contra. La cuestión es que a largo plazo se vuelve costumbre y el “enemigo”, la oposición, se copia la estrategia y la aplica. Todos los días desde hace años, en todo el mundo, se oye calificar al contrario como: escuálido, gusano, imperialista, traidor a la patria, pro yanqui, por nombrar alguno. En este proceso se aniquilan valores, se apartan a un lado porque estorban y en todo caso la postura agresiva se apoya en la consigna de que la toma del poder es lo más importante. Sumado a ésto, desde hace un tiempo encontramos un nuevo factor el cual se suma al efecto degradante de la práctica señalada, el surgimiento y la irrupción de minorías al margen de las grandes organizaciones, cuyas ideologías implican la utilización de la calificación de “enemigo” a cualquiera que disienta y la aplicación de la censura a su pensamiento, terminando con la “cancelación” de su existencia en el ámbito de su trabajo. Este pensamiento estalinista, con visos de Inquisición, sumado a la inmediatez y cobertura de las redes sociales es todo lo contrario a intercambio de ideas, al disentimiento y discusión, actitudes que antes privaban en el ejercicio de la política y las cuales constituían el otro principio guía que nos faltaba comentar y que se resume a ser guiados por el reconocimiento de la dignidad humana, el ser democráticos, liberales, creer en los derechos humanos, la tolerancia y el diálogo, en la votación como medio y en general fieles al estado de derecho establecido. 

El insulto y la descalificación como fundamento principal del discurso han dado como resultado la desconfianza, la incredulidad y la incertidumbre, por tanto, el inmovilismo. La clase política se demonizó a sí misma, fue la dirigencia la que instrumentó el discurso cuyos resultados saltan a la vista. Vuelvo a traer un párrafo de Sadio Garavini di Turno, “Política y antipolítica” publicado hace un tiempo por la UCAB: “…hay que rescatar el oficio de la política. Hay que desenmascarar la “antipolítica”, que no es otra cosa que una posición política no democrática. Hoy abundan los que hacen política afirmando, sin ruborizarse, que no son políticos…”. Si la política se hubiera ejercido por solo gente proba y calificada técnicamente para hacerlo, la antipolítica no hubiera sido una realidad determinante. Savater habla de decepción y es ella el caldo de cultivo para que el político mediocre e irresponsable en la conducción del pueblo ataque a las instituciones fundamentales de la democracia, haciéndolas ver como las responsables de la situación y no a los líderes de las mismas que fracasaron en su tarea. Ellos son los únicos responsables de la propagación del término, de la constante y destructiva descalificación del adversario sin importar verdades y sembrando las dudas acerca del sistema democrático. Los espacios que se dejan no siempre los ocupan las personas adecuadas. El liderazgo político, el de la calle, el que se ejerce desde los barrios y campos, viene de abajo y el error más grave que pudieron cometer los partidos fue el abandono de sus propias organizaciones y de la formación ideológica de su gente. ¿Hay alguien que se acuerde de lo que representaba el Tribunal Disciplinario de un partido? ¿Alguien que recuerde lo que era la disciplina partidista? Puede que algunos piensen que son conceptos arcaicos e incómodos, pero si no se regresa al orden y a la ética no saldremos nunca de ésta situación. 

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