Jimeno José Hernández Droulers

Una de las cosas más difíciles de vivir en la Venezuela de hoy, además de la ineficiencia de servicios públicos tan básicos como lo son el mantenimiento de vías, suministro eléctrico y agua potable -al igual que el peligro de opinar- y que suele acarrear consecuencias, como el miedo al amedrentamiento, que lo esposen a uno, y eso de convertirse en un fantasma torturado, o desaparecido en manos de cuerpos de seguridad, es darse cuenta que nos hallamos estancados.

La Toyota blindada se pegó en el barro debido al peso de los kilos, y por más que el chofer, disculpe usted, “guardaespaldas” … perdón “escolta”, pise el acelerador, alternando entre primera o reversa, el motor de la nación “se halla” fundido. Y si por casualidad, como milagro de Semana Santa, le da este domingo por resucitar con la inexplicable rotación de una inmensa piedra circular, tendría uno, como apóstol, que cruzar el océano Atlántico en peñero, atravesar a pie un desierto disfrazado de beduino, hasta llegar a un oasis legendario del Medio Oriente, donde se pueden adquirir camellos para trasladar en jorobas un par de bidones de gasolina, prometiendo como pago el lujo, a cambio de la virginidad de las hijas que no se tienen. Esperando que sus favores en la cama de un serrallo devenguen en descuentos por parte del jeque.

Hemos llegado al punto sin retorno. De eso no cabe duda. No por aquello del combustible a precio justo, o los trámites del crédito con el ayatolá de turno, pagando cada litro con polvos. En algo se asemeja nuestra historia con el relato contenido entre las páginas del último libro de la Biblia y Nuevo Testamento, “Apocalipsis de San Juan”, también conocido como “Revelaciones”. Ese que ata la idea de que Alpha y Omega, principio y fin, están amarrados con buen nudo de marinero. Son cabos de una misma soga.

Los siete sellos, en modo de trompetas y copas, el anticristo; una gran guerra; hambruna; plagas; el martirio en nombre de la fe, un terremoto devastador con inusuales fenómenos astronómicos; y, por supuesto, el juicio final.

A cualquiera se le ocurre, gracias a la inspiración divina, una frase desesperada como: “Escondednos de aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del cordero, porque el día de su ira ha llegado”. ¿Y quién podrá sostenerse en pie? Pues ni el enchufado o el chapulín colorado. No, señor. Ni que haga la pantomima de acompañar a Jesucristo, apretando el silicio en su pierna o flagelándose con cuerazos en el lomo, en sacro ritual, durante las catorce estaciones de su viacrucis, mientras escucha las siete palabras. Y no es que lo diga uno, está escrito en las sagradas escrituras.

Es que toda esta trama del libro de revelaciones de San Juan Apóstol, quien, al parecer, era menos negativo que Simón Pedro, inquisitivo que Tomás, tramado que Judas Iscariote, y más silencioso que Lucas y Mateo, recordado como el más simpático de los discípulos de Jesús, puesto que nadie suele acordarse de los dos Santiagos, Andrés, Felipe y Bartolomé, resulta cuestión dotada de una pizca de misterio.

Esa historia de cómo uno se convierte en la piedra de su iglesia, el otro que debe certificar su fe metiendo los dedos en la herida, el traidor que se lleva la soga al cuello al darse cuenta de que vendió al maestro a cambio de treinta monedas de plata, y los otros tres quemándose las pestañas redactando evangelios, iluminados por antorchas cebadas de manteca de camello.

Lo cierto es que, mientras nadie tiene memoria sobre los rastros dejados por los dos Santiago, mayor y menor, Andrés, Felipe, o Bartolomé, fue Juan quien redactó el texto, haciéndolo quedar al pobre como un chiflado, quedando dueño de varios nombres como el apóstol, evangelista, y presbítero, condensando tres personas en una misma. Igual que la Santísima Trinidad.

Ese que, tal vez, por la variedad de personalidades, y posibles interpretaciones de sus textos en cuanto a nombres, eventos, y símbolos mencionados entre las páginas de sus escrituras, obsequian al lector una moraleja.

En fin, para no relatar el corolario del texto de Juan y cumpliendo con la tradición del buen católico, brindo con vino para tragarme la hostia de un jueves de última cena, viernes de pasión, sábado de silencio, y domingo de resurrección.

Rezo con amén por la justicia divina, bien resumida en oración folclórica, frase sabia atribuida al mismísimo hermano Cocó: -Hay que tener fe hermano… Yo no toco ese cochino dinero.

@jjmhd