Dos derrotas no hacen una victoria

El 22 amaneció un país exactamente con los mismos problemas que el día anterior. Solo que ahora se reconoce un oficialismo disminuido; una oposición variopinta y quizás desconcertada. Esos son los datos de la nueva realidad.

Julio Castillo Sagarzazu

En notas anteriores afirmábamos que luego del evento electoral del 21, correrían ríos de tinta haciendo balances e interpretaciones. Así ha sido. Era inevitable. Aquí va otro, lo escribimos más bien en clave de futuro y tratando de evitar el chocante tono del sabihondo de “yo te lo dije”…

Nos limitaremos a señalar solo dos aspectos de los números. Se trata de dos constataciones objetivas y creo que sin carga emocional: a) El régimen perdió más votos que “las oposiciones”. Ha sacado su más bajo número de votos y porcentaje desde que Chávez llegó al poder; b) Las opciones no chavistas (¡Todas! aquí no discriminamos “cualitativamente”) sacaron más votos que el oficialismo. Como resultado de esto, las opciones no chavistas sacaron el mayor número de alcaldías, legisladores y concejales de todos estos años del chavismo y han estado muy cercanos a los del 2013 que fue la mejor marca obtenida.

Ahora bien, estos números, por sí solos, no dicen mucho. Con ellos solo se puede afirmar que hubo un ganador en votos absolutos que fue el no chavismo y un ganador en cargos a elegir que fue el chavismo.

Pues bien, ambas verdades son relativas. Son relativas porque cuando vemos los números de la abstención vemos que los dos “ganadores” -en realidad fueron dos perdedores- y, en consecuencia, como dice el título del artículo: Dos derrotas, no hacen ninguna victoria.

Este “empate infernal” ocurre en un país donde más de 80% de sus habitantes rechazan la gestión de Nicolás Maduro y, lo más importante, lo hacen responsable de la pesadilla que vivimos. Eso quiere decir que la inmensa mayoría de nuestros compatriotas no le han comprado la quincalla del bloqueo, las sanciones, el acoso imperial y mucho menos las patéticas promesas de que “ahora sí” van a arreglar lo que ellos mismos han destrozado. Ya los planes, los balances, las rectificaciones, las tres R, forman parte de la picaresca popular y no sirven sino para hacer chistes en las cuitas de los patios de bolas criollas y en las tertulias de los talleres mecánicos debajo de la matica de mango. Maduro y el PSUV están quebrados políticamente, viviendo en la fantasía de los venaditos de navidad de Miraflores y si aún están en el poder es solamente por dos cosas: Porque tienen el monopolio de las armas y porque han logrado dividir y desmoralizar a la oposición.

Aquí cabe la pregunta: ¿Las “oposiciones” han podido salir mejor? Discriminemos la respuesta. En la palabra “oposiciones” hay mucha gente. Están los alacranes originales  comprados; están los que mantuvieron candidaturas sin chance para “ayudar” las del PSUV; están los que creían sinceramente que tenían chance; están los que participaron porque aún sabiendo que no ganaban, estaban sembrando una semilla para cosechar en el futuro y está también la MUD.  

Ahora bien, ¿Esa MUD ha podido salir mejor? Sí, si no se hubiese dado el espectáculo dantesco de dimes, diretes y acusaciones; si no se hubiesen emitido mensajes contradictorios sobre si se debía o no ir a votar y SOBRE TODO  (mayúsculas ex profeso) si la narrativa y el contenido de la campaña hubiera sido otro: Es en este momento que corro el riesgo de caer en la antipatía del “yo lo dije”, pero en notas anteriores; en conversaciones con candidatos y sus comandos; en gestiones personales y con los partidos, dijimos que el mensaje fundado única y exclusivamente en la denuncia de los problemas cotidianos, de la alcantarilla y la cloaca, no entusiasmaba a nuestro votante natural. Que todo eso había que decirlo, pero que el énfasis de una campaña opositora, en un país que no es normal desde el punto de vista político como Venezuela, no podía estar en una campaña cuyo eje era: “yo voy a arreglar lo que el chavista no ha arreglado”.

En fin, lo que pasó ya pasó y no es saludable revolcarse en ninguna lamentación, sino en ver hacia adelante. Y adelante tenemos el país con los mismos problemas; con el mismo rechazo a Maduro; con un PSUV disminuido casi que hasta su “lecho de rocas” y con una oposición que tiene que repensarse para encabezar la reconquista de la democracia. Por cierto, parte de ese capital semilla para la renovación opositora estará seguramente en los centenares de valientes, consecuentes y laboriosos líderes que acaban de ser electos (también a quienes lucharon y no lo lograron) y a los que hay que felicitar de pie. También está, obviamente, en muchos que decidieron no participar pues consideraron que esa era la posición correcta.

Ahora es que viene debate, trabajo y acción.

@juliocasagar