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“Montreal 1976, Nadia Comaneci, Tokio 2021, Simone Biles, dos ejemplos diferentes, dos métodos diferentes, dos circunstancias diferentes, dos resultados parecidos. Cuántos otros huyen de sus países por diferentes razones, cuántos se quiebran por las exigencias que conlleva ser un símbolo, cuántos entrenan fuera de sus países. La explotación y el abuso pudieran estar detrás del deportista estrella, sería inaceptable”.

Jorge Puigbó

El deportista da todo por una medalla, para eso dedica su vida a prepararse y es capaz de los mayores sacrificios, nos referimos a los atletas de gimnasia, pista y campo. Desde niños sueñan con ser campeones, con subir a un podio acompañados de aplausos: ser héroes para su país, y esos sueños, esas ansias de triunfo, muchas veces son utilizadas por terceros los cuales, a la larga, son los mayores beneficiados por los triunfos. En general, existen dos modalidades de control y favorecimiento al atleta. En muchos países la tutela del estado comienza a temprana edad, solo recordemos a la extinta Unión Soviética y sus métodos que rayaban en la esclavitud, o Cuba, cuyos deportistas tienen que ser vigilados para que no deserten. “Estoy bajo presión y están tratando de sacarme del país (Japón) sin mi consentimiento. Le pido al Comité Olímpico Internacional que interfiera”, dijo Kritscina Timanovskaya, atleta bielorrusa este 1/8, y no pudieron llevársela.

En otras naciones, el método es diferente, universidades, entrenadores, o los llamados “scouts”, cumplen su labor de encontrar talentos para canalizar su desarrollo y patrocinadores comerciales son los que se encargan de financiarlos.

La rutina formará parte integral de la vida de estos jóvenes una vez que sean seleccionados. Para los que pertenecen a la élite, el tiempo de dedicación puede llegar a las 8 horas diarias. La exigencia es la regla que manda, las presiones que se ejercen sobre los prospectos llegan a ser insoportables en algunas circunstancias. Los entrenamientos, las instalaciones y el regreso de noche a la realidad de un hogar no muchas veces confortable, impone disciplina y aceptación. “Todos los deportistas exitosos son manipulados por el poder y ahora, además, por las marcas comerciales”, dijo Lola Lafon (2015), escritora francesa refiriéndose a las deportistas como Nadia Comaneci. La persona humana es transformada en una marca comercial, o en un slogan político de regímenes generalmente totalitarios. El deportista es una mercancía muy valiosa que se cotiza en el mercado de la misma forma que las acciones. Millones de dólares, el prestigio político de un gobierno, millones de zapatos deportivos, millones de franelas, muchos intereses en juego. La vida del deportista queda amarrada al patrocinante por contratos a largo plazo. En la otra modalidad, se convierte en un trabajador esclavo para un gobierno que lo utiliza, “cuando hables con la prensa no se te olvide mencionar al presidente y toda la ayuda que te hemos dado”. La familia se obnubila y espera expectante las posibles dádivas que el funcionario ofrece y publicita a través de los medios… ¡cuantas veces esa pobre gente se quedó esperando! En la otra situación mencionada, las cantidades de dinero mantienen a la familia completa, la cual en ocasiones se convierte en administradora del patrimonio del deportista, sobre todo si es menor de edad, ejemplos hay muchísimos de despilfarros y controversias denunciados por los medios de comunicación.

Nada de esto sería posible sin la necesidad atávica que tiene el hombre de distracción y esparcimiento: el circo siempre compitió con el pan. La sociedad exige diversión y triunfos sin considerar las circunstancias, ni el trabajo, ni el cansancio, ni los dolores o el agotamiento de quien es el protagonista. La idealización del campeón tiene su precio. En los casos en los cuales el deportista depende del estado y su política, éste, a su vez, se entromete y controla su vida, hasta las declaraciones que pudiere dar a la prensa. La marca patrocinante tiene un método diferente: pon el refresco en la mesa al lado del micrófono, vístete con nuestros modelos, etc. Es lo normal, ya forma parte de lo cotidiano. En esta época ya nadie recuerda o sabe lo que era ser un amateur.Ganó las competencias y se colgó el oro de su cuello, como nunca lo hizo alguien en su especialidad. Extremaron la vigilancia sobre su persona por los temores a una huida. “…Comaneci era una mujer encerrada en una pecera, debidamente vigilada las 24 horas. Un trofeo que exhibir en la vitrina…” (el País de España,19/8/2016). Después de sufrir múltiples agresiones y vejaciones de cualquier tipo, ella se vio en la necesidad de huir de su país hacia Hungría y en una noche oscura y helada, dejó atrás a su carcelero Nicolae Ceausescu, disfrutando sus últimos días como dictador de Rumanía.

Hoy vemos las lágrimas de una mujer quebrada por la insoportable carga que lleva en sus hombros. Su nombre es Simone Biles. “Debemos proteger nuestras mentes y cuerpos y no salir y hacer lo que el mundo quiere que hagamos…”, “Estoy peleando con mis propios demonios…”, dijo. Un ser abusado sexualmente, junto con cientos de menores más, por el médico deportivo que los atendía. Una niña con una vida nada fácil, por decir lo menos, un ser humano que el público sediento de emociones deshumanizó y lo convirtió en un mito.

Montreal 1976, Nadia Comaneci, Tokio 2021, Simone Biles, dos ejemplos diferentes, dos métodos diferentes, dos circunstancias diferentes, dos resultados parecidos. Cuántos otros huyen de sus países por diferentes razones, cuántos se quiebran por las exigencias que conlleva ser un símbolo, cuántos entrenan fuera de sus países. La explotación y el abuso pudieran estar detrás del deportista estrella, sería inaceptable.

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