– Pregunta: “Conteste  claramente sí o no: ¿Jura usted proteger nueve metros cuadrados de integridad? – Respuesta: Sí.”

Luis Alejandro Aguilar Pardo

Me lo contó un amigo de más de medio siglo: 

Seis amigos – de aquellos que, como dice André Maurois, nunca decepcionan – decidieron reunirse para jugar dominó en un lugar abierto y muy ventilado antes del “corona-carnaval” 2021, irresponsablemente fomentado por el régimen, por cierto. El compromiso de todos era  que, para asistir, tenía cada uno que “haberse cuidado” o “haberse protegido” del riesgo de contagio por Covid-19.  Días después, uno de ellos cayó infectado y la lección aprendida que hoy comparto comienza su desarrollo.

El enfermo tuvo la fortuna de superar exitosamente un muy costoso tratamiento, mientras que los otros cinco contaban los días que pasaron muy lentamente. Sí tuvo una gran preocupación: le pidió a su médico tratante que les avisara a los otros cinco.

Según el enfermo – que sus compañeros de toda la vida saben que actuó de buena fe – el contagio ocurrió por un detalle que olvidó rápidamente: se separó de su rutina establecida.  Tenía que firmar algo con un bolígrafo de tinta azul que no era suyo y tenía que estampar la huella digital de su pulgar derecho en una almohadilla de tinta. Se quitó ambos guantes, porque era zurdo. Los guantes fueron a parar en el bolsillo trasero del pantalón, pero volteados: la parte que estaba en contacto con su piel quedó hacia el exterior mientras que la parte que antes estuvo en contacto con el exterior quedó hacia adentro. Al llegar a la puerta de su automóvil se reconectó con su rutina: guantes antes de la tocar la cerradura, abrir la guantera, esparcirse gel desinfectante y adiós. Siguió con su rutina diaria.

Ayer cambié mi rutina. Fui a dos lugares a los cuales no acostumbro ir y me preguntaba en cuántos errores pude haber incurrido. Vi un video que mostraba cómo una cuchara de servir alimentos en un buffet impregnada con una sustancia luminiscente podía terminar traspasándose en segundos a varios comensales en diferentes partes del cuerpo. ¡Esto no es un juego! 

A través de un tercero, recibí una invitación para un almuerzo en la casa de una familia muy apreciada y otra para asistir a una misa de novenario.  A ambos les avisé que no asistiría y les expliqué la razón. 

Una cosa es pensar, esperar, desear o estimar que no he sido contaminado y otra cosa muy distinta es garantizarles a los demás que no soy un factor de riesgo. 

La garantía es únicamente tal, cuando la posibilidad sea igual a cero. Si la probabilidad es cualquier número mayor que cero, entonces no es ninguna garantía y el riesgo de contagio es ahora posible. Aunque el número sea menor a uno.

Esa garantía es, al mismo tiempo, un derecho y un deber. 

Deber para con los demás, de ser transparente, claro y honesto. Los demás tienen el derecho  a la salud al igual que yo. Ellos tienen el mismo deber de protegerme que lo tengo yo de protegerlos, con diligencia y efectividad.

Le escribí un mensaje explicando a quien organizaba el almuerzo y me contestó en una línea con dos palabras. Por su forma de ser y de actuar, esas breves palabras que terminaban en “gracias” fueron más que suficientes no solo para indicar que entendía perfectamente, sino afirmar sin necesidad de palabras que estaba de acuerdo.

¿Tengo la obligación de ir así me digan e insistan para que sí asista al almuerzo? No, mi deber no es desear proteger a los demás  para luego ceder con un inaceptable “Bueno, si ustedes insisten iré, pero después no digan que no se los advertí”.  La obligación es de resultados: consiste en garantizar esa protección. 

¿Tiene alguien el derecho de asistir irresponsablemente a eventos, considerándose un factor de riesgo? Pues, tampoco. Una conducta intencional así es inaceptable en una sociedad organizada.

¿Tiene alguien el derecho de renunciar a que los demás lo protejan? No lo creo. La palabra “creo” aquí no es sinónimo de que me inclino a pensar así. ”Creo” significa que no tengo dudas. Quién así renuncia, se transforma en un riesgo para los demás.

Otrora un país con recursos para adquirir un avión presidencial sin pestañear que costó millones, hoy un régimen que se retuerce cual demonio en un exorcismo,  a vacunar a la nación, pero que entrega cientos de millones de dólares para evitar que extraditen a un individuo detenido en  Cabo Verde para que sea enjuiciado por crímenes que le atribuyen como autor en el estado que lo solicita.

Las vacunas no llegaron a tiempo para ya muchos que fallecieron y no llegarán a tiempo para otros muchos más. Quizás uno de esos seas tú, o y, o ambos. Ya no se trata de rebelarse; se trata de sobrevivir. Estamos en un campo de concentración donde se esparció una enfermedad mortal y nuestros captores se benefician si desaparecemos. Las vacunas no llegarán sino para los privilegiados, enchufados y antes  serán vacunados los terroristas, los guerrilleros, los narcotraficantes, los incondicionales, los milicianos y, por último,  quienes tengan el carnet de la patria. Ya los cubanos, los rusos, los chinos, los iraníes, los sirios y demás tienen aseguradas las nuevas vacunas que se administrarán dentro de unos cuantos meses.

¿Y tú que pudieras hacer? 

Primero entender y aplicar el deber y derecho a la salud garantizando la protección tuya y la de los demás. Y segundo, una idea que tiene doble propósito. La llamo los nueve metros cuadrados de integridad. Imagina que puedas dividir el área sobre la cual te encuentras en un cuadrado de tres metros por tres metros dividido en losas de un metro cuadrado cada una. Estás parado en la losa central  y sea cual sea tu tamaño, al estirar un brazo estará sobre una de las ocho losas adyacentes.  Si estiras ambos brazos, serán dos las losas adyacentes. Estos nueve metros cuadrados son tu área de influencia vital. Muy seguro estoy de que no permites que ningún extraño se te acerque y te hable a una distancia menor de un metro, por lo menos. Desde este punto de vista son nueve metros cuadrados que protegen  tu salud. Pero desde otro punto de vista, seguro que ejercerás tu dignidad de ser humano y la integridad de las acciones propias y ajenas. Observa que otra persona está a solo dos metros de distancia de ti – la distancia aconsejable para el distanciamiento social – y que puedes influir desde tu área para que el otro y los otros mantengan sus áreas de influencia vital dignas e íntegras. Puedes ayudar, aconsejar, reclamar, impedir injusticias, puedes, en fin, iniciar la rebelión de los valores. Solo tienes que ocuparte de  cuatro personas. Solo de cuatro y que se extienda.

Tengo algo muy claro. Que salgan los del régimen – Dios así lo quiera – no implica que Venezuela prospere. Una nación sin valores nunca prosperará. Y de esta tierra de gracia hay otros  – aparte de los del régimen – que deben irse. ¡Dios así lo permita! Y que así sea.