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El fin del siglo democrático

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Por: Pedro Elías Hernández

@pedroeliashb

 “Un interesante trabajo académico con el título: El fin del siglo democrático, escrito por los profesores de Harvard y Yale Yascha Mounk y Roberto Stefan Foa  expone, con base en cifras del FMI, que dentro de poco la participación en el PIB global de los países con gobiernos no democráticos superará al de las naciones democráticas de occidente. El FMI proyecta que dentro de una década esto será 66% contra 33% a favor de los Estados con regímenes “iliberales”. Tal cosa no había ocurrido antes en los últimos 130 años y es un dato de una relevancia enorme”.

Los llamados Estados de bienestar empiezan a mostrar sus signos de agotamiento a principios de los años 70 del siglo XX. Aparece el fenómeno conocido como la estanflación, es decir, inflación con estancamiento económico, una mezcla letal que combina lo peor de ambos males de la economía: aumento de precios y enorme desempleo. El modelo económico keynesiano no daba respuesta para conjurar tal amenaza. 

A comienzos de la década de los 80 del siglo pasado, impulsada por la revolución conservadora de Ronald Reagan en EE.UU y Margaret Tatcher en el Reino Unido, las ideas del liberalismo clásico toman fuerza. El célebre debate entre las dos corrientes económicas más influyentes lideradas por Keynes y Hayek, que había ganado claramente el primero, cambia de dirección. Ante la pregunta: ¿Son los gobiernos o los mercados los que deben tener los puestos de mando en la sociedad?, la respuesta esta vez favoreció al economista austriaco. En consecuencia, se instrumentan políticas fiscales un poco más prudentes, menos regulación, privatizaciones y reducciones de impuestos. 

Sobreviene a principios de la década de los 90 de la pasada centuria el fin del socialismo llamado real con la disolución de la Unión Soviética. De manera casi simultánea, el modelo escandinavo, de intervención y planificación estatal, también llamado equívocamente socialismo democrático, hace crisis y se introducen reformas liberales. Sin embargo, los países prósperos de occidente ya habían visto crecer demasiado el tamaño y el costo de sus aparatos estatales.  

Un acontecimiento totalmente sorpresivo, lo que llaman “un cisne negro”, estremece a EE.UU a principios del siglo XXI: el ataque a las torres gemelas de New York. El impacto global de tal suceso fue tan grande, que temiendo una recesión mundial, las autoridades económicas en las naciones occidentales reducen de un plumazo los tipos de interés y apelan al expediente de la expansión monetaria y crediticia, la cual impulsa la burbuja inmobiliaria que se pincha en el año 2008.

Esta expansión monetaria y crediticia de la reserva federal de EE.UU también impulsa el auge de precios de  materias primas en la primera década del presente siglo. Hay dinero para invertir y consumir.  Pero desde la última década del siglo XX y comienzos de la primera década del 2000, simultáneamente a estos eventos de occidente, empiezan a crecer a ritmos de vértigo las más grandes economías asiáticas, la de China y de India principalmente. Singapur, Hong Kong, Corea del Sur y Taiwán, terminan de consolidar su exitoso modelo de crecimiento hacia afuera basado en las exportaciones y que venía desarrollándose con mucha antelación. Tal cosa protege bastante a las economías de Asia Pacífico de los efectos de la recesión de 2008.  

Hacia finales de la segunda década de la presente centuria comienzan a verse turbulencias políticas en Europa occidental y central y aparecen fenómenos de un llamado populismo de derecha. Crece la insatisfacción de las clases medias europeas y de EE.UU por un proceso de empobrecimiento. Ciertamente, según el Foro Económico Mundial, se comienzan a evidenciar unos datos importantes. Los sectores medios de la población en Norteamérica que en 1974 percibían el 65% del ingreso agregado total, en 2015 ven reducir ese ingreso a un 29%. Un fenómeno semejante se producía en el viejo continente.  

En 2016 asciende al poder Donald Trump, con un discurso de reivindicación para los perdedores de la globalización.  En 2018 multitudes de chalecos amarrillos ponen contra la pared al gobierno de Macron en Francia. Crecen los movimientos de derecha bastante “iliberales” en Francia Hungría, Polonia, Italia y Alemania.  En 2020 como consecuencia de las restricciones económicas por la pandemia, se produce el intento de toma violenta del Reichstag por movimientos derechistas alemanes. Y en enero de 2021 los ya históricos sucesos de violencia en el capitolio de EE.UU por parte de los seguidores de Trump, cuyas consecuencias pueden constituir una carga de profundidad en el seno de la sociedad estadounidense.

 

Un trabajo muy importante, publicado en la prestigiosa revista Foreign Affairs durante 2018 pone de relieve un dato significativo. El trabajo titulado, “El fin del siglo democrático”, escrito por los profesores de Harvard y Yale Yascha Mounk y Roberto Stefan Foa, expone en base cifras del FMI, que dentro de poco la participación en el PIB global de los países con gobiernos no democráticos superará al de las naciones democráticas de occidente. El FMI proyecta que dentro de una década esto será 66% contra 33% a favor de los Estados con regímenes “iliberales”. Tal cosa no había ocurrido antes en los últimos 130 años y es un dato de una relevancia enorme. Otros datos de este trabajo citado indican, según estudios realizados por los propios autores, que sólo el 33% de los menores de 35 años en EE.UU considera al sistema democrático como un valor importante y que en Francia, Italia, Alemania, España y otros países europeos, las preferencias hacia un gobierno militar se han triplicado entre las personas de todas las edades. El solo hecho que un estudio sea publicado por el Foreign Affairs, le confiere una importancia significativa. En esta revista publicó Samuel Huntington en 1993 su trabajo “Choque de civilizaciones” que revolucionó la forma de entender las relaciones internacionales luego de la caída del comunismo y tuvo un componente profético impresionante.

 

Los regímenes democráticos de occidente al parecer han perdido su encanto y se manifiestan impotentes para contener el proceso de empobrecimiento de sus capas medias. El adiposo y costoso Estado de bienestar, financieramente quebrado en sus sistemas de pensiones, endeudado y con déficits fiscales crónicos, está llevando al regazo de movimientos populistas de ultra derecha, poco amigo de las formas democráticas, a millones de damnificados del proceso de globalización. Sus países no pueden competir con China y otras naciones, que han abrazado sin titubeos el sistema de producción capitalista, con Estados menos costosos y que además ponen en ejecución políticas públicas que no son sometidas al escrutinio de sus poblaciones.

 

“En el largo plazo las democracias occidentales pueden ser arrinconadas”, señala Niall Ferguson, uno de los más grandes e influyentes historiadores de los últimos tiempos. Este notable pensador nos pone también frente a una reflexión con su libro, “El fin del orden internacional liberal”, que describe tal fenómeno, aunque de forma absolutamente pesimista para el legado de la democracia como sistema político.

 

Los Estados redistributivos de la riqueza, no persiguen ni hostilizan a la propiedad privada y tampoco a las fuerzas productivas capitalistas, pero lamentablemente sí las parasitan. La democracia como sistema tiene la tendencia a ser vulnerable a la demagogia de políticos de derecha e izquierda que prometen muchos almuerzos gratis. La poderosa capacidad de generación de riqueza de los sistemas occidentales no es suficiente para seguir financiando a una burocracia estatal que consume el 48% promedio de su riqueza en gastos de funcionamiento.

 

Los socialistas de todos los partidos siguen creyendo que la producción de bienes y servicios está separada de la distribución de esos bienes y de esos servicios, cuando en realidad son procesos simultáneos. Si intervienes mucho con políticas redistributivas, a la larga inhibes los incentivos productivos de ahorro, inversión e innovación.

 

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