Jorge Puigbó

 “Vivimos en tiempos difíciles en los que no podemos ni hablar ni callar sin peligro”. Juan Luis Vives (Carta a Erasmo, 1540) 

Por naturaleza, que no por educación o raciocinio, el hombre siempre se inclina por aquello que le supone una esperanza, una forma de sobrellevar su azarosa existencia. En la vida, la mayoría acepta rápidamente cualquier proposición que le sea más grata, frente a otra que suponga angustias y futuro incierto. Es así que cuando surge la tesis de Francis Fukuyama proclamando la muerte de las ideologías y la venida de un mundo estable y seguro, un sinfín de personas rápidamente la tomó como dogma. «El fin de la Historia y el último hombre”, publicada en1992, fue el título de la obra en la cual Fukuyama afirmó: “El fin de la historia significa el fin de las guerras y las revoluciones sangrientas, los hombres satisfacen sus necesidades a través de la actividad económica sin tener que arriesgar sus vidas en ese tipo de batallas…” Se podía presumir que la historia como lucha de ideologías había terminado, verdaderamente un mensaje alentador que caló profundamente en el espíritu de los que lo leímos. Era lo que queríamos oír. Quizá un optimismo exacerbado debido al final de la Guerra Fría influyó decisivamente en el análisis y aceptación de la mencionada obra.

Cuatro años más tarde, en 1996, Samuel Huntington contradice a Fukuyama en su obra «El choque de las civilizaciones”. La historia no había terminado como tal, solo una parte de ella: la guerra ideológica entre dos concepciones surgidas ambas en la civilización occidental, el liberalismo democrático y el comunismo. Mucha gente como Fukuyama no le dio  importancia a unas guerras, que por diferentes motivos y con diferente intensidad, se desarrollaban en el mundo, cuando el once de septiembre de 2001 el terror se apropió de la humanidad y despertamos a una realidad que siempre estuvo allí, subterránea, solapada, sin reglas morales de ningún tipo. Y lo peor es que no supimos en ese momento advertir la profundidad del abismo.

Una tela de araña, una red que cubre el mundo entero fue apareciendo y mostró su rostro criminal. Los movimientos fundamentalistas, los guerrilleros, los traficantes de drogas, los traficantes de armas, las alianzas internacionales del crimen, los movimientos separatistas, los grupos independentistas, todos fueron ejecutando sus planes y comenzó una agresión constante contra la sociedad establecida. Rusia, actor principal de la guerra fría contra los EEUU, es un ejemplo claro: ahora es objeto de ataques terroristas con cientos de muertos. Chechenia y el Daguestán son señalados por ello.

Aparecen entonces nuevos elementos que se suman a la creciente inestabilidad política en el mundo, de los cuales, además de las guerras, vale la pena señalar tres: uno, el contubernio entre naciones con regímenes autocráticos o pseudo democráticos, corrientes políticas y fuerzas criminales, sobre todo el narcotráfico. El segundo, la aparición de nuevas formas de conflictos en lo que se denomina la zona gris, cuya particularidad es el uso de estrategias multidimensionales sin llegar a la guerra abierta y el tercero, las persecuciones y genocidios de poblaciones impulsados por motivos religiosos.

Asombrados estamos viendo crecer una insurgencia en los EEUU, no hay dudas de eso. Todas las sociedades generan en su seno sectores divergentes. Recordemos las organizaciones “Black Panther Party” o el “Black Power”, hoy tenemos a la denominada “Black Lives Matter” que cumple un cometido parecido. Asimismo, ocultos por diferentes razones sociales nos encontramos con la denominada basura blanca, o “White Trash”, los blancos pobres y olvidados dentro de la sociedad americana que apoyaron decididamente la candidatura de Trump. La historiadora Nancy Isenberg publicó en España en el 2017 un libro al respecto, señalando la injusticia social que históricamente los persigue.

La fortaleza de la nación americana arropa de tal forma lo que denominamos civilización occidental, que no creemos posible que esté ocurriendo eso. A pesar de la propaganda y la aparición de claros elementos políticos propiciantes del caos, la sociedad americana esperemos, se cierre en torno a sus valores. Las minorías, afroamericanos, latinos, blancos, cada una por su lado, y enarbolando banderas diferentes arremeten contra instituciones y símbolos históricos sin razón alguna, impulsados y guiados por dirigentes que responden a ideologías violentas, destruir símbolos, monumentos, edificaciones no es precisamente una forma de lograr justicia social. Y destruir símbolos, monumentos, edificaciones, no es precisamente una forma de integrarse.