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“…El término esperanza, ya mencionado, es el mecanismo que nos sostiene, protege e impulsa frente a la adversidad o la incertidumbre y el cual pudiéramos definir como la actitud de creer firmemente en algo sin tener la certeza o prueba alguna de que lo que se aspira o sueña sucederá realmente en algún momento y que ocurrirá exactamente de acuerdo a lo esperado por nosotros…”

Jorge Puigbó

@JorgePPuigbo

Hoy amanecimos tratando de, no solo entender los acontecimientos políticos que nos rodean, sino también de encontrar una posible actitud reforzadora para enfrentarlos, una posible respuesta. Repasando una entrevista realizada por Hugo Prieto al sacerdote jesuita Arturo Peraza el 28/08/2022 y cuyo título es “Venezuela es un país roto en muchos sentidos”, el entrevistador realiza una pregunta clave referida a estos momentos por los cuales atravesamos todos: ¿Podría hacer una reflexión sobre la esperanza como una noción religiosa, espiritual, pero también política?, a la cual el entrevistado responde: “Lo primero que se me viene a la mente es una frase del padre Mikel de Viana (recientemente fallecido). Él decía que “la esperanza no es optimismo”. Tenemos que aprender a distinguir ambas cosas. El optimismo nace del simple cálculo, la gente saca cuentas y si el resultado da positivo, pues las cosas van bien. Pero la esperanza es otra cosa. Es esa luz que se mueve en medio de la oscuridad o de la dificultad. El optimismo, a veces, trata de ocultar la realidad. La esperanza no. La esperanza revela la realidad. Pero la revela desde esa luz que se transforma en un horizonte hacia el cual tú te diriges. No necesariamente lo vas a alcanzar. Se puede parecer mucho a la imagen de Moisés, quien ve, desde la montaña, la tierra prometida. No entra en ella, pero es su esperanza. O la de Abraham, quien muere en la tierra que le han prometido y lo único que le queda es una pequeña tumba, como si fuera una semilla de una promesa que se va a cumplir muchos milenios después. Pero ambas figuras están marcadas por la misma palabra: esperanza. Y esa es una de las cosas -no es la única, la otra podría ser la utopía- que motoriza la historia. El optimismo no motoriza historias. Tanto la esperanza como el optimismo se suelen usar como sinónimos indistintamente, pero por lo visto son cosas muy diferentes…”

El hombre tiene sobre la tierra un tiempo tan largo que se cuenta en millones de años. Todavía está en discusión cuándo ocurrió su aparición en el planeta, en todo caso han transcurrido muchos siglos durante los cuales nuestros antepasados fueron descubriendo sus habilidades y adaptando sus reacciones al entorno y a las circunstancias, poco a poco la toma de una conciencia que, en algún momento hizo su aparición, los llevó a considerarse diferentes y a descubrir su naturaleza distinta, la misma por la cual el hombre duda y se debate al contemplar la ambigüedad de sus sentimientos y conductas. El ser humano debido a su complejidad y a la capacidad innata de percibir objetivos prácticos que le signifiquen ventajas, seguridad o comodidad para su vida, en fin, su sobrevivencia, luego de analizarlos les da su aprobación y comienza a actuar para alcanzarlos. La imaginación, los sueños que se tienen despierto, es una representación personal y analítica que, partiendo de una realidad percibida por nuestros sentidos y mediante un mecanismo que no comprendemos, nuestra mente la recrea, modifica y transforma tratando de mejorarla, de inventar o crear, en nuestro beneficio.

De lo anterior se desprende la cuestión que nos interesa, referida a dos aspectos que impulsan y sostienen estas acciones humanas, las cuales son: la esperanza y la confianza en nosotros mismos, eso pretende ser el objetivo de este escrito. El filósofo griego Aristóteles afirmaba que “la esperanza es el sueño del hombre despierto” y son estos sueños, o ilusiones, los que nos impulsan a continuar creando y transformando nuestro entorno, modificando nuestra existencia hacia lo que percibimos como positivo. Es importante tener en cuenta el proceso de ajuste lógico entre lo que se pretende lograr con lo que realmente se puede hacer, eso determina la diferencia con las utopías que solo son sueños irrealizables. En un artículo anterior escribí que el creador del término utopía, Tomás Moro, en el epígrafe de su novela que lleva ese nombre, pareciera alertar al lector del peligro de intentar construirlas cuando cita a Nicolás Berdiaeff y establece la posición contraria: «Las utopías aparecen como más realizables que lo que se creía en otro tiempo…Quizá comienza un siglo nuevo; un siglo donde los intelectuales y la clase cultivada soñarán los medios de evitar las utopías y de retornar a una sociedad no utópica, menos perfecta y más libre». Personalmente pensamos que esto es lo más importante para todos nosotros: se trata de evitar la pérdida de la libertad en aras de la consecución de una proposición utópica propuesta por una minoría.

El equilibrio entre extremos, la búsqueda de un justo medio, no puede dejarse de un lado, cuando las sociedades se tornan extremistas y se polarizan es el pueblo quien sufre las consecuencias. Hoy nos encontramos que, una de las características más resaltantes de nuestra época es el surgimiento de innumerables regímenes que tienen un carácter autocrático, la aparición de líderes tiránicos con apoyo popular e incluso elegidos y mantenidos por el voto manipulado o no. Eso habla de una situación más compleja de lo que queremos aceptar o podamos entender y la explicación que algunos investigadores están proporcionando es que surgen y se mantienen con el apoyo popular y luego se mantienen por la fuerza, utilizando elementos complejos para lograrlo, como la tecnología de la información, la represión selectiva, en fin, el control social mediante técnicas cada vez más refinadas y crueles. El temor creado ex profeso por estos regímenes induce en la mayoría el convencimiento de la existencia de un dominio total del poder por parte del mandatario, de esta forma se siembra la creencia en la imposibilidad de oponerse por cualquier vía y se cae en el derrotismo.

El término esperanza ya mencionado es el mecanismo que nos sostiene, protege e impulsa frente a la adversidad o la incertidumbre y el cual pudiéramos definir como la actitud de creer firmemente en algo sin tener la certeza, o prueba alguna, de que lo que se aspira o sueña, sucederá realmente en algún momento y que ocurrirá exactamente de acuerdo a lo esperado por nosotros. “Esperanza no es lo mismo que optimismo. No es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo resulte”, decía Václav Havel. 

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