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La carretilla aciaga

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“Cuando llegaron al puente que une a los dos países, la guardia del lado venezolano no permitió el paso de la ambulancia. Una carretilla era lo único que estaba disponible”.

José Gregorio Darwich Osorio

A lo largo de estos últimos años muchos venezolanos, acaso  en la desesperanza absoluta ante la crisis del país, hemos tenido que aceptar hechos inadmisibles. Pero hay sucesos que nos dejan un nudo de desazón en la garganta. La noticia de la periodista Sally Palomino (El País, 2 de diciembre) sobre la muerte de una niña de cinco años que padecía de asma y una enfermedad coronaria, pone en evidencia los dramas que sufren los desamparados de todo. 

Vivía con sus padres y dos hermanos en una vivienda humilde en La Fría, estado Táchira. Llevaba días sintiéndose mal, en pocas horas su enfermedad empeoró y no podía mantenerse en pie. Los padres deciden ir a Cúcuta en Colombia para que la examine un médico, llevarla a consulta allí ya lo habían hecho antes. No obstante, esta vez, había que trasladarla en una ambulancia equipada con oxígeno. Eso lo pagó una colecta. 

Cuando llegaron al puente que une a los dos países, la guardia del lado venezolano no permitió el paso de la ambulancia. Una carretilla era lo único que estaba disponible y superaba el caminar lento con la niña en los brazos. La madre la acostó en el improvisado e indigno vehículo de emergencia. Llovía en el cruce de la frontera y para protegerla la cubrió con un plástico. Cruzó la frontera con la premura que exige trasladar a una enferma grave que no está conectada a la bombona de oxígeno que necesita. 

A las pocas horas la madre atravesó el puente de nuevo. Traía el cadáver de su hija en la misma carretilla que en su desesperación pensó que le salvaría la vida. Esa muerte, ese remedo de ambulancia, esos padres obligados a llevar a su niña a Colombia es la cruda realidad del retroceso de la salud pública del país a los tiempos de la sociedad venezolana aldeana, atrasada, atávica. Entonces no era una rareza morirse de esa manera injusta. 

Una semana antes de esa desdicha se había hecho pública la noticia de la próxima inauguración en Caracas de un restaurante encaramado en una plataforma a 50 metros de altura. La muerte de esa niña y ese restaurante en las alturas hacen resaltar por contraste las situaciones extremas surgidas en estos años. Reflejan disparidades, describen desigualdades, muestran incongruencias. 

Uno es el país de la burbuja económica, por ejemplo; el otro, es el de las penurias del pueblo indefenso. Las dos realidades plantean preguntas. Pero por encima de todo, frente al drama de esa madre hay una que es central: su infortunio le producirá alguna contradicción a los que plantean que Venezuela ya se arregló. 

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