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La leyenda del Dorado

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Por: Gregorio Darwich Osorio

El veinte de julio pasado, Jeff Bezos, el empresario más rico del mundo, viajó con tres personas fuera de la atmósfera terrestre, en una nave de su compañía aéreoespacial. Eran privilegiadísimos turistas. Echarle un vistazo al globo terráqueo y poder experimentar la liviandad de la falta de gravedad, les produjo un éxtasis embriagador: pocas cosas superan ese embeleso. 

Antes, el 11 de julio, el multimillonario Richard Branson salió de la tierra en un cohete de su propiedad. Hace unos meses la NASA informó que la empresa SpaceX que pertenece a Elon Musk, otro acaudalado que se sitúa detrás de Bezos en la lista de billonarios, construirá una aeronave para transportar civiles a la Luna. 

A los grandes magnates, el espacio exterior se les convirtió en una inmensa Estrella Polar: les indica el norte que tienen que seguir en su afán de invertir fuera de la tierra.

Puede que les ocurra lo que a los conquistadores españoles, cuando imaginaron que el continente que habían descubierto tenía filones de oro inagotables. Así que, la bóveda celeste es ahora su leyenda del Dorado, su leyenda interplanetaria.

Han convertido la conquista del universo en una meta decisiva en sus vidas. Tienen una razón cardinal, están convencidos de que la tierra va a colapsar con tantas fatalidades. Por eso, no desmayan en su deseo intenso de ocupar el infinito. 

En un reciente artículo publicado en Pagina/12, Julián Varsavsky explica que “Musk desea convertirnos en una civilización interplanetaria que no quede atrapada en la tierra… da por sentado que terminaremos de arruinarla” y por eso declaró “debemos llegar a Marte cuanto antes”.

Bezos habla como un salvador capaz de acelerar el rescate de la especie humana. Dijo: “Estamos dando el primer paso de algo grande. Vamos a construir un camino al espacio para que nuestros hijos y sus hijos puedan construir un futuro. Necesitamos hacerlo para resolver los problemas que tenemos aquí en la tierra”.

Esas aspiraciones parecen estar inspiradas en el libro Ciudades del espacio publicado en 1976. Su autor Gerard K. O’Neill, un físico de Princeton, propuso emplazar en el universo grandes conglomerados de viviendas e industrias. Serían hábitats apropiados para albergar la presencia humana en el espacio infinito.

A  muchos les parece una desmesura esa creación de asentamientos en el espacio, cuando en el mundo no se han podido resolver las innumerables y variadas crisis que ha provocado la especie humana. 

Remediar los problemas mundiales, que crean cuellos de botella difíciles de superar, con una apocalíptica estampida a Marte, es hacer las cosas en un orden contrario a la lógica. Es evidente en esta Venezuela agónica, que es un espejo de un territorio con innumerables dificultades imposibles de resolver por sus habitantes. 

Cuando el filósofo y premio Nobel Bertrand Russell se enteró que el hombre había pisado la Luna, dijo: “Ahora nada podrá impedir que la estupidez humana se extienda por el universo”. Eso resuena en los oídos como una advertencia sabia. Acaso, no hay que tener un ingenio perspicaz para percibir que los desaciertos de los individuos serán los mismos en la tierra que en el cosmos. Porque la cerrazón mental tendrá su manera de volar al espacio exterior. Porque su cohete privado serán la imperfecciones de un habitante de la tierra.    

gregorio.darwich@gmail.com

@GregorioDarwich   

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