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Las cajas de dinero  

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“En la Mala hora, García Márquez dice que volverse rico de golpe y porrazo es un placer del cual no se regresa.”

José Gregorio Darwich Osorio

@GregorioDarwich

Cuando Francisco Vera Izquierdo -personaje de la cultura y de la vida del siglo XX- cumplió noventa años en 2009, Milagros Socorro lo entrevistó. En la conversación dio dos ejemplos de las prebendas del gomecismo. En uno, comentó, que si un individuo establecía una venta de arepas, el Jefe Civil inauguraba un establecimiento semejante con costos más bajos; claro, el funcionario usaba los dineros públicos y lograba ahogar el negocio del emprendedor. El otro ejemplo es igualmente revelador. 

Para aliviar la pobreza en el campo, el Banco Agrícola y Pecuario hizo una oferta de compra de cabezas de ganado a cuarenta bolívares, pero un yerno de Gómez de incontrolada apetencia por el enriquecimiento rápido utilizó su poder para imponer un precio de diez bolívares. Los ganaderos más urgidos que eran casi todos se vieron obligados a aceptar la suma. El yerno trasladó el ganado a la frontera y lo vendió en treinta bolívares. 

Años después, corriendo ya la otra mitad de la centuria, un hecho se convirtió en una situación bufa que le dio risa a muchos venezolanos. Pero, una risa sardónica. En la madrugada del veintitrés de enero de 1958, el general Marcos Pérez Jiménez abandonó el país y en su excesiva prisa olvidó en un corredor de su casa una maleta con millones de bolívares en bonos de la República, otros miles en efectivo y cerca de cien mil dólares. Desde el exilio, la esposa del general pidió que les devolvieran el equipaje.  

Esas historias muestran que en el pasado tuvimos dirigentes empeñados en convertirnos en una genuina república bananera por el uso ilegal del dinero público. De esos vicios administrativos no nos libramos en la democracia iniciada en 1958, aunque justo es decir que los cortafuegos institucionales creados impidieron que la corrupción ocupara todos los intersticios de la sociedad. Pero también es verdad que los controles no fueron suficientes. Quizá por eso, Miguel Otero Silva dijo que los peloteros eran los únicos que habían obtenido sus fortunas con el sudor de su frente: los demás patrimonios nacionales tuvieron su parte de picardía. 

De haber vivido Otero Silva en el siglo XXI, hubiese convenido con muchos venezolanos que en las últimas dos décadas la corrupción ha alcanzado niveles antes desconocidos. Basta con señalar que los capitales de origen no transparente, las fortunas surgidas a la sombra, la economía ilícita, mueven casi un quinto del producto interno bruto del país, según estimaciones de las ONG y organismos internacionales. Tampoco en el pasado ocurrió que tribunales de países del mundo tuvieran que juzgar centenares de casos de corrupción venezolanos. 

Un hecho de estos tiempos es la adquisición de inmuebles u otros bienes con dólares en efectivo que el comprador traslada en cajas y maletines. Son las cajas que guardan el dinero de la economía subterránea hasta que pueda ser depositado en el sistema bancario. 

Hay que mirar de frente esa realidad, pues la corrupción desmedida tiene consecuencias nefastas para la construcción de una sociedad asentada en el trabajo y el esfuerzo muy grande. Es decir, la riqueza que se posee con el sudor de la frente. En la Mala hora, García Márquez dice que volverse rico de golpe y porrazo es un placer del cual no se regresa. Ese gustazo que se han dado algunos, en definitiva, es un monstruo que hoy por hoy maniobra con astucia para no admitir la estabilidad política del país y la reinstauración de los altos valores de la democracia. Saben que eso sería su bancarrota.   

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