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Lo mejor de nuestras vidas

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Carolina Jaimes Branger

@cjaimesb

Hace años recibí un meme que me envió una querida amiga. En el meme aparecen Linus y Lucy, personajes de los Peanuts de Charles Schultz. Linus le dice a Lucy “¡Te deseo un feliz año nuevo!” y Lucy le responde “Me basta con uno usado… ¡de aquellos cuando se vivía mejor!”.

Estamos pasando por tiempos difíciles. Casi todos los venezolanos, de una manera u otra, nos sentimos muy mal. Cada vez con más frecuencia sentimos que el país se nos viene encima, todos tenemos seres queridos fuera y lejos del país, las despedidas son cada día más frecuentes y más dolorosas, hemos considerado irnos nosotros también y pensar en el futuro ya no es una alternativa, porque el futuro pareciera que no existe en Venezuela. Porque los pocos que piensan o dicen que “Venezuela se arregló”, terminan siendo cómplices de las enormes operaciones de lavado de dinero, corrupción y tramas para evadir las sanciones personales de los enchufados.

Sin embargo, me niego a seguir pensando que lo mejor de nuestras vidas quedó atrás. Primero, porque no es verdad. Segundo, porque eso sería aceptar que lo que sigue es más tristeza, más desolación, más amarguras. En este sentido, quiero aferrarme –y quiero que se aferren ustedes, amables lectores- a lo que me enseñó uno de los libros más importantes que he leído en mi vida. Se llama “El hombre en busca de sentido” y lo escribió Víctor Frankl, psiquiatra y neurólogo judío, fundador de la Logoterapia, quien sufrió en carne propia varios campos de concentración nazis, incluyendo Theresienstadt, Dachau y Auschwitz. Frankl aseguraba que lo que le permitió soportar aquel infierno fue proyectarse en el futuro. Imaginarse de nuevo en el salón de clases de una universidad. De cómo les contaría a sus alumnos la experiencia por la que había pasado. Buscó en su dimensión espiritual las razones para aferrarse a la vida cuando todo lo que lo rodeaba era muerte.

“Muchos de los prisioneros del campo de concentración creyeron que la oportunidad de vivir ya les había pasado y, sin embargo, la realidad es que representó una oportunidad y un desafío: que o bien se puede convertir la experiencia en victorias, la vida en un triunfo interno, o bien se puede ignorar el desafío y limitarse a vegetar como hicieron la mayoría de los prisioneros”.

Tenemos que vivir pensando que lo mejor de nuestras vidas lo tenemos por delante. Perder las esperanzas es morirse en vida. Hay que buscar las pequeñas cosas que nos hacen felices, aprehenderlas e incorporarlas a nuestras vidas. A nuestra edad es fácil, porque como hemos sufrido, sabemos de qué está hecha la felicidad…

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