«Resulta posible eso de reconstruir lo que ha podido ser la existencia de los campesinos en el pasado. Eso de calzar las botas de espíritus ajenos que vegetaban en vastos desolados, encerrados dentro una inmensa burbuja, ajena a los problemas que azotaban a las grandes ciudades, aislados de resto del país».

Jimeno José Hernández Droulers

Es tarea difícil imaginar, o, mejor dicho, recrear, lo que fue la vida rural venezolana en tiempos anteriores a la Guerra Federal. De eso no cabe duda. Por supuesto, el asunto se debe a la pobreza bibliográfica concentrada en el discurrir sobre un tema tan álgido e incomprendido, así como eso de los incendios en los archivos y los testigos que sobrevivieron para contarlo.   

Por eso, resultan luminosas las evocaciones trazadas por sabios escritores del Siglo XX de la talla Arturo Uslar Pietri en sus “Lanzas coloradas”, novela entornada en la época de la independencia narrando las atrocidades de Boves en los llanos, Valencia, Caracas y Oriente, hasta que fue cruzado por una estaca en Urica; o Rómulo Gallegos en “Pobre Negro”, ambientada en Barlovento, durante los años de la abolición de la esclavitud, previo al estallido del conflicto de los cinco años.

Son textos que muestran un detalle que jamás debemos olvidar. Utilizando la imaginación, el juguete más lujoso que viene con el cerebro, se puede transformar uno en artista. En menos de un segundo, cualquiera empuña martillo y cincel con el fin de pulir un menhir en escultura. A todos, con el debido uso de las herramientas precisas y adecuadas, nos puede salir un pensador de Rodin.

Entonces, resulta posible eso de reconstruir lo que ha podido ser la existencia de los campesinos en el pasado. Eso de calzar las botas de espíritus ajenos que vegetaban en vastos desolados, encerrados dentro una inmensa burbuja, ajena a los problemas que azotaban a las grandes ciudades, aislados de resto del país. Todo a causa de las distancias, carencia de carreteras y el retraso en los correos, vida que se prolongó hasta los años de la modernidad, o sobre la tierra misma comenzó a brotar petróleo.  

Lo cierto es que cualquier intento constituiría una mera aproximación, aclarando que eso depende del propósito y calidad del esbozo planteado por el autor. Jamás podrá ser obra limpia, ya que la tela se presta a muchos empates, remiendos y botones. Que, claro está, debe comenzar por ser cosido con el hilo de los cultivos comunitarios prehispánicos, el régimen encomendero y latifundios instaurados en la colonia, cuya escasa producción comenzaría a decaer por la crisis generada a partir del proceso emancipador. Además de explicar que la destrucción causada por el conflicto dejó prendida en llamas la república, dividida entre conservadores y liberales, quienes inevitablemente se fueron a los trancazos en la Guerra Federal, tildando a unos de héroes y a otros, de villanos.  

Así puede ser fácil imaginar un territorio yermo, comandado por las guerrillas que arrasan con todo a su paso, una peste que tiñe los ríos de púrpura y devora cosechas como las mangostas, dejando los fósiles del ganado incrustados en el terrón luego de una gran sequía. Más aún cuando emergencias nacionales y foráneas repercuten en los precios de productos básicos de exportación, generando que ciertos cultivos sean suplantados por otros. El control es ejercido por los militares de hombros adornados con charreteras, caudillos alzados en sus zonas de influencia, con licencia para matar sin tribunal, en aras de mantener el orden impuesto, prefiriendo evitar los progresos de la civilización y urbanismo.

En la Venezuela de hoy, esa de tractores varados por falta de cauchos y aceites para engrasar la maquinaria, en la que no se halla grano de paja para sembrar, o ganado que criar, no cuesta mucho pintar en la mente el panorama de un país sin trillos a cursar, falto de agua para irrigar los cultivos, o fuerzas de tracción a sangre, conformadas por vacas flacas y caballos anémicos. Un relato en el cual no sorprendería que hasta el doctor presidente, José María Vargas, en su faceta de médico, como medida ejecutiva, publicó un panfleto de veterinaria para curar la “renquera” de las mulas.

Para esos días se trataba de una región devastada, de esas que pertenece a nadie y a todos al mismo tiempo, azotada por los demonios de la sed, el hambre, la miseria y los bandidos. Donde regía la ley del más fuerte y eso del “sálvense quien pueda”. Siendo testigo uno cómo se desvanece -poco a poco y frente a los ojos, cual espejismo- el trabajo de toda una vida con el reventón. Trago amargo bien saboreado por todos.   

Sin embargo, gracias a los amotinamientos, o rebeldías, que suelen convertirse en chamizas que prenden trincheras en ese campo olvidado, incidencias provocadas por factores como la desigualdad social, motivos que han sacudido desde sus inicios los cimientos del Estado, la prensa tiene el sagrado derecho de escribir denunciando sobre la penosa vida de los agricultores. Realizando un crudo análisis concentrado en masacres, que, a pesar de múltiples ensayos y fracasos políticos, no se han logrado evitar.

Por lo menos, eso nos ha enseñado la historia, que no es paleontología, ni está dotada de la magia capaz de predecir el futuro. Esto de la revolución ha sido un calamitoso y triste camino hasta el pasado.

@jjmhd