Carolina Jaimes Branger

El llamado Plan de Emergencia que puso en marcha Wolfgang Larrazábal durante su breve presidencia, atrajo hacia los centros urbanos, especialmente Caracas, a una enorme cantidad de personas que venían del campo venezolano y que estaban desempleadas. Una decisión, que, si bien estaba basada en buenas intenciones, fue apresurada y, sobre todo, improvisada, pues no existía la infraestructura para recibir a tantas personas de un sopetón. En aquella época de incertidumbre y transición comenzaron a llenarse los cerros de ranchos, la demanda por servicios básicos no se daba abasto, tampoco los sectores de salud y educación.

Cuando los gobiernos democráticos empezaban a paliar este desbalance, comenzaron a llegar los inmigrantes pobres por oleadas. La mayoría eran colombianos, huyendo de un país paupérrimo y en situación de guerra por la guerrilla, pero también vinieron peruanos y ecuatorianos buscando aquella tierra prometida llamada Venezuela. Más tarde se les unieron dominicanos, haitianos, nicaragüenses, panameños, trinitarios y otras nacionalidades.

También vinieron excelentes profesionales de muchos países a llenar los cupos de un país que se perfilaba como el más pujante y de más rápido desarrollo de toda América Latina. Ingenieros de todas las especialidades, biólogos, técnicos, profesores. A ellos les debemos, sin que me quede duda, buena parte de nuestra prosperidad. Casi todos vinieron con sus familias y se asentaron en nuestra patria. Muchos todavía viven aquí y quienes se han ido, siguen pendientes de Venezuela.

Pero el punto al que quiero llegar es que ningún país, por rico que sea, está preparado para recibir una marejada de inmigrantes pobres en las magnitudes de los que llegaron a nuestro país. Por eso entiendo las razones de los países que hoy reciben a los venezolanos. Porque cuando aquello sucedió, los ranchos proliferaron. La electricidad que los surtía era robada, siguiendo el ejemplo de muchos venezolanos. Pero como pocos pagaban por la electricidad de muchos, bajó la calidad de los servicios eléctricos del país, exceptuando Caracas y Valencia, donde la electricidad era una compañía privada. Los hospitales estaban colapsados. Ni hablar de las maternidades. Lo mismo sucedió con las escuelas. La segunda generación de esos inmigrantes –la mayoría nacidos aquí o venidos de muy corta edad- llenaron los institutos educativos pagados por el Estado venezolano. En otras palabras, vivieron y estudiaron aquí como cualquier otro venezolano porque la mayoría trabajó tanto o más que cualquiera de nosotros. Y las divisas venezolanas contribuyeron a alimentar familias en América del Sur y el Caribe durante al menos dos décadas y hasta más…

A pesar de que la carga para el Estado era terrible, ningún venezolano protestó. Más bien, los ayudamos. Cuando la policía hacía redadas buscando indocumentados, los venezolanos los escondían en sus casas, en sus negocios, hasta en las iglesias. Les dimos trabajo. Los protegimos. Muchos de ellos trabajaban en casas de familia, en aquella época cuando la clase media venezolana era la más próspera de América Latina y podía darse el lujo de tener empleados fijos en sus casas. Esas personas tenían horarios de trabajo decentes y comían lo mismo que sus patronos, les compraban medicinas y hasta les pagaron operaciones, cosa que no puede decirse de los países de donde venían.

Pocos en ese momento se dieron cuenta de que nuestra economía se tambaleaba. Por muchas razones, es cierto, pero esa cuantiosa inmigración fue una de las causas que tuvo más peso. Nunca sabremos cuántos inmigrantes llegaron, porque no hubo una cuenta oficial, pero el rango debe estar por las siete cifras. Y en medio de una situación que cada día se tornaba más crítica, nunca se le dijo a ningún inmigrante “vete para tu país”, porque asumimos que el nuestro, era también el país de ellos. Muchos -motu proprio- se hicieron venezolanos. A otros, funcionarios inescrupulosos los “hicieron” venezolanos, llevando el sistema de identificación al traste, por la cantidad de falsificaciones que llevaron a cabo. Y años más tarde, Hugo Chávez hizo venezolanos a muchos para que votaran por él. Les dio viviendas, a algunos incluso antes que a muchos venezolanos. Y fueron beneficiarios de muchas misiones. Pero no sé cuántos de ellos, cuando regresaron a sus países obligados por la terrible situación que hoy vivimos en Venezuela, pareciera que se olvidaron de quiénes les tendieron la mano cuando lo necesitaron.

Cuando uno hace un bien, no lo hace para que se lo agradezcan ni para buscar aplausos de las galerías. Estoy segura de que en el futuro volveremos a recibir inmigrantes, sólo espero que con mejor planificación. Pero cada vez que me entero de maltratos hacia algún venezolano, sobre todo en países cuyos naturales se beneficiaron con creces de todas las ventajas que tuvimos aquí, me lleno de rabia y de dolor ¿Se les olvidó tan rápido, incluso a los que no vivieron aquí, que vivieron de Venezuela y de las remesas que de aquí les enviaban?  Se los pregunto, porque nadie debería morderle la mano a quien les dio de comer.