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Navidad: unión en la esperanza

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  ” …La tecnología ha logrado mejorar la comunicación entre las personas para nuestro bien, pero un apretón de manos, un abrazo o un beso, nunca tendrán sustitutos…”

Jorge Puigbó

@JorgePPuigbo

El tiempo ha pasado exageradamente rápido estos últimos años, el tedio se acumuló en razón de una cotidianidad herida por la conmoción de la pandemia, los temores y el confinamiento impuesto. Llegamos a un tercer diciembre desde que empezamos a oír esa palabra: Covid. En Venezuela, nuestra patria la historia es peor, se nos han sumado muchos eventos que nos han golpeado duramente aumentando el desasosiego, de todos ellos quizá la migración de nuestros conciudadanos haya sido la de mayor impacto social, ponderar su costo es imposible. En este artículo volveremos a recoger lo que ya hemos expresado con anterioridad sobre esta época del año y es que todo ha sido dicho, todo ha sido sentido y con recordar es suficiente. El pesebre todavía no lo hemos sacado de su vieja caja donde lo guardamos, lo iluminaremos con una gran vela roja, de aquellas que hace tantos años me regaló mi amigo el alemán, quien ya no está, y quien las fabricaba artesanalmente en su empresa, esto me recuerda siempre que no habrá otro schnapps (aguardiente) de mango como el que él destilaba. Sobre la mesa la corona de Adviento con su luz ilumina nuestras caras y cálida, nos reconforta. 

La conmemoración de la natividad de Jesucristo, para los que creemos en sus enseñanzas, produce en el mundo occidental una sensación de recogimiento y nostalgias, crecimos imbuidos en ese espíritu. Tratamos de reproducir momentos y sentimientos del pasado, recordamos personas y lugares, la época navideña para el mundo cristiano se transforma en un gran proceso de catarsis, buscamos la purificación, el perdón, la amistad perdida, la familia alejada por cualquier circunstancia. Para muchos es la alegría la que predomina, las compras, las comidas copiosas, las bebidas. Recordemos, si somos de los privilegiados, la existencia de otros: los más, con situaciones diferentes. Pensemos en no solo conservar el pensamiento solidario de nuestra formación, sino activar la conducta que debe corresponderle. Los clichés han aumentado con el uso de las redes sociales, los “emoticones” navideños y frases pre hechas nos acompañan. Con una imagen comercial y desgastada creemos cumplir, salimos del paso, pero una palabra sentida, una llamada telefónica, son apenas un pequeño esfuerzo el cual muchas veces produce un milagro. 

Sumerjo nuevamente, como lo hice años anteriores, mi mirada en una copa de vino como si fuera una bola de cristal de aquellas que, según cuentan algunos, usaban los adivinos para ver el mañana. Le paso la mano sobando el cristal y bebo. Siento ese tinto calor en el estómago que me relaja, mientras borbotean en la olla las hallacas que preparamos temprano. Ese olor a hoja de plátano ahumada y que, todavía verde, envuelve delicias de aquí y de allá, me transporta en un viaje nostálgico, a un pasado de ollas inmensas, de montones de guisos y masas. A un pasado de lugares diferentes, de mucha gente que ya no está, de una alegría estruendosa que aturdía, de abrazos y besos, de whisky y ron hasta el amanecer. Diferentes cocinas desfilan en mis recuerdos, una a una, van dibujando familias, hasta surge la fogata que hacíamos en la hacienda con leña de guatacare, la cual, con su fuego y su humo espeso y picante, nos aseguraba un sabor especial para las multisápidas, como las nombró Don Rómulo. Sigo abstraído sosteniendo mi copa ya vacía cuando el sonido del plato sobre la mesa me trunca la ensoñación. Humeante y todavía amarrada reposa mi primera del año. Porque en éste momento, cortando el pabilo que la amarra, mis pensamientos y deseos se dirigen a mi familia y a mis queridos amigos, a los que me leen, aquellos quienes todavía pueden cortar los amarres, abrir las hojas y disfrutar el sabor de un plato que con sus ingredientes simboliza la unión y al compartirlo encarna ese espíritu nuestro de solidaridad y amistad. Damos gracias a Dios y al ingenio, porque hoy podemos acudir como un sucedáneo virtual a la video llamada, al tuit, al chat, al celular, con los cuales tratamos de suplir la conversación y los abrazos personales, más aún cuando las familias son golpeadas por una emigración forzada y dolorosa. Estando lejos los unos de los otros, en estos tiempos de video-llamadas, hablamos y nos vemos en tiempo real.  Cómo han cambiado los tiempos, desde aquellas cartas que escribían los viejos con la debida anticipación a objeto de que llegaran al destinatario en la fecha prevista, las mismas que se recibían y guardaban en cajitas y cofres, formando ahora parte de las reseñas históricas, de las curiosidades atesoradas por algunos, pasando por la época de las llamadas telefónicas nacionales o internacionales con una operadora y que tardaban un mundo, sobre todo en Navidad, para lograr la comunicación, hasta el teléfono celular que nos dio independencia. La tecnología ha logrado mejorar la comunicación entre las personas para nuestro bien, pero un apretón de manos, un abrazo o un beso, nunca tendrán sustitutos. 

Toda navidad es esperanza de vida y por tanto de futuro para millones de cristianos. Contra viento y marea, a pesar de todos los inconvenientes todavía creemos en la humanidad y debido a ello, rogaremos con más fervor al símbolo de nuestra esperanza, alzaremos nuestras copas y beberemos, porque aquí estamos y trataremos de seguir estando. Concluimos trayendo nuevamente un escrito, siempre vigente:

«No te deseo un año maravilloso donde todo sea bueno. Ése es un pensamiento mágico, infantil, utópico. Te deseo que te animes a mirarte, y que te ames como eres. 

Que tengas el suficiente amor propio para pelear muchas batallas, y la humildad para saber que hay batallas imposibles de ganar, por las que no vale la pena luchar. 

Te deseo que puedas aceptar que hay realidades que son inmodificables, y que hay otras, que, si corres del lugar de la queja, podrás cambiar. 

Que no te permitas los «no puedo» y que reconozcas los «no quiero». 

Te deseo que escuches tu verdad, y que la digas, con plena conciencia de que es solo tu verdad, no la del otro. 

Que te expongas a lo que temes, porque es la única manera de vencer el miedo. 

Que aprendas a tolerar las «manchas negras» del otro, porque también tienes las tuyas, y eso anula la posibilidad de reclamo. 

Que no te condenes por equivocarte; no eres todopoderoso. 

Que crezcas, hasta donde y cuanto quieras. 

No te deseo que el próximo año te traiga felicidad. Te deseo que logres ser feliz, sea cual sea la realidad que te toque vivir».                                    

(Atribuido a la sicóloga argentina Mirta Médicis) 

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