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No, señor Prosperi, así no es

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Carolina Jaimes Branger

@cjaimesb

En una reciente entrevista en el podcast “Par de calvos” de Vladimir Villegas y Pedro Carvajalino, el pre candidato Carlos Prosperi, a la pregunta de Vladimir de quién mandaba en su casa, respondió que el mando “era compartido”. Que había que ponerse de acuerdo. Iba muy bien hasta que se fue de bocón y confesó que “hay momentos en que la mujer tendrá la razón y uno tendrá que echar un paso para atrás, a fin de cuentas, si uno se pone muy bravo, lo que puede (pasar) es llegar a la casa y no conseguir el plato de comida… eso tiene que ser equilibrado”.

Me pregunto qué entenderá el señor Prosperi por “equilibrado”: ¿el hombre en la calle trabajando y la mujer en la casa cocinando? ¿En qué momento histórico cree que está? Esa declaración suya lo que denota es un machismo puro y duro. Injusto. Innecesario. Necio. Una pareja donde las desavenencias se resuelven “quitándole el plato de comida al marido” es un retroceso en la lucha de las mujeres por la igualdad de género, de oportunidades y de ser vistas como iguales, que, de paso, si a alguien le quedan dudas, lo somos. ¿Me entendió, señor Prosperi?

Eso del mando “compartido” sonó bien hasta que su verdad salió a flote: él manda, y cuando su mujer se pone brava, le da la razón para calmarla, para asegurar “su plato de comida”. ¡Qué patético!

Cuando una pareja está verdaderamente consolidada como profesionales y como marido y mujer, las responsabilidades se dividen y los roles se intercambian. Recuerdo una pareja de amigos, ambos ingenieros, que una noche ella estaba cocinando y le dijo a su marido que se sentía muy cansada. “¡Pero si yo te ayudo!”, protestó él. Esa respuesta abrió los ojos de mi amiga: si ambos trabajaban en la calle de igual manera, lo justo era que, al llegar a su casa, también compartieran el trabajo. Ella no necesitaba “una ayuda”. Necesitaba que entre los dos se dividieran el trabajo doméstico, de la misma manera que se dividían el trabajo en la calle.

Yo tuve tres hijas a quienes eduqué para ser independientes y libres. Y estoy segura de que, de haber tenido varones, su educación no hubiera sido distinta a la que les di a mis hijas, simplemente porque no las eduqué como mujeres, sino como seres humanos. En el siglo XXI, no debería existir, pero existe, ese concepto anacrónico del “rol del hombre” y del “rol de la mujer”, por desgracia, muchas veces aupado por las mismas mujeres que sienten -y peor todavía, que manifiestan- necesitar cobijarse bajo el ala de un hombre, sea éste el marido, o los hijos de sexo masculino. ¡Unas pusilánimes de marca mayor es lo que son!

Señor Prosperi, si usted está buscando el voto de las mujeres profesionales, autónomas y libérrimas, le aseguro que con declaraciones tan infelices como la que le dio al par de calvos, jamás lo logrará. Tal vez esté apuntando a la mayoría sin educación. O quizás la memez que dijo no la piense realmente y crea que es una táctica electoral… Espero que, si llega a tener algún puesto en el tren ejecutivo del país, trabaje para que las mujeres no sean “quienes le quiten o le pongan un plato de comida al hombre”, sino quienes lo reten, lo acompañen y lo iluminen.

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