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¿Otra guerra, o es la misma que despierta?

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“Lamentablemente el hombre olvida muy rápido, sobre todo, si no sufrió las consecuencias inenarrables de la violencia armada. La guerra quedó para el cine, para los videojuegos, donde la sangre virtual se derrama entre risas, por las nuevas generaciones…”

Jorge Puigbó

La guerra es sinónimo de irracionalidad. En medio de la violencia, todos los valores humanos sucumben y por tanto la vida pierde su valor. Los protagonistas de ellas, a través de la Historia, se dieron cuenta de sus horrores y al finalizarlas siempre pretendieron reglamentarlas, establecer límites a las muertes, a la destrucción, al sufrimiento extremo, todo ello se aplicaría a las futuras conflagraciones para tratar de hacerlas más humanas. Ejemplo cercano a nosotros, el “Tratado de Regularización de la Guerra”, firmado entre Colombia y España y cuyo primer artículo rezaba así: “Art. 1º La guerra entre España y Colombia se hará como la hacen los pueblos civilizados, siempre que no se opongan las prácticas de ellos a algunos de los artículos del presente tratado que deben ser la primera y más inviolable regla de ambos gobiernos…” Se esperaba con él dar por finalizada “la guerra a muerte” y proteger a los soldados de la muerte segura. Duró hasta el 28 de abril de 1821, fecha en la cual se reiniciaron las hostilidades. Nadie puede dudar de las buenas intenciones de quienes redactan este tipo de normas, la cuestión es que su cumplimiento y sostenimiento en el tiempo deja mucho que desear.

El año 1864 se toma como fecha del inicio formal del Derecho Internacional por haberse firmado los diez artículos del primer “Convenio de Ginebra”. Esta disciplina es una rama del Derecho Internacional Público, la cual surgió de la necesidad de normar la guerra. Cito: “…Se compone de un conjunto de normas que, por razones humanitarias, tratan de limitar los efectos de los conflictos armados. Protege a las personas que no participan o que ya no participan en los combates y limita los medios y métodos de hacer la guerra” … “formado por una serie de tratados internacionales y normas consuetudinarias, cuya finalidad específica es resolver los problemas humanos que se presentan directamente en los conflictos armados internacionales y no internacionales. Los Convenios de Ginebra de 1949 y sus Protocolos adicionales de 1977 y 2005 son sus principales tratados. Los Convenios de Ginebra han sido aprobados por todos los Estados del mundo y la aceptación de los Protocolos adicionales va en aumento…” (Tomado del Comité Internacional de la Cruz Roja)

De nuevo hoy, la incertidumbre de la guerra se torna amenazante en el panorama político mundial. Rusia, China, Corea del Norte, Irán, Turquía, en un afán por lograr la preponderancia en el mundo y el poder político, apoyados por una cohorte de países ideológicamente alineados con ellos, o simplemente interesados en utilizar esa relación para protegerse y mantener su dominio a lo interno, están llevando al mundo a un conflicto mucho más complicado que la llamada “Guerra Fría”.  Ya está en desarrollo, no solo son los movimientos de tropas, armamentos intimidatorios, o ejercicios militares cerca de las fronteras sensibles, o el despliegue de unidades marinas por los mares del mundo, o el lanzamiento constante de poderosos misiles de largo alcance, sino que ahora se le suman una infinidad de acciones que permanecen ocultas a los ojos de las personas comunes. Es la nueva forma que han tomado las hostilidades, es la denominada “guerra híbrida” con sus conceptos de “asimetría” y “zona gris”.

El Derecho Internacional Humanitario, a través de los años, ha venido creando reglamentaciones que establecen limitaciones al uso de determinadas armas, de determinadas estrategias y métodos en la guerra. Los Protocolos de Ginebra incluyen en sus prohibiciones una lista inmensa, imposible de reproducir en este espacio, valga señalar algunas: las armas nucleares, el terrorismo, atentados contra la vida, mutilaciones, toma de rehenes, tortura, las armas químicas y biológicas, las balas expansivas o explosivas, las bombas de racimo, las minas antipersonas, los robots asesinos, las armas incendiarias, los rayos laser cegadores y un etcétera largo. Asimismo, se han creado normativas muy claras acerca de la protección de las personas y de los bienes, heridos, enfermos, náufragos, militares o civiles, personal sanitario y religioso, prisioneros. A la infraestructura física civil se le otorga una protección completa, no pueden ser atacados los hogares, los hospitales y ambulancias, las escuelas, los bienes culturales como monumentos históricos y museos (se identificarán con un escudo azul y blanco), represas y acueductos, centrales nucleares, almacenes de comida, etcétera. Asimismo, debemos agregar que los hospitales y enfermerías de campaña, médicos y enfermeros, ambulancias de cualquier tipo, se identificarán con los tres símbolos autorizados: la cruz roja, la media luna roja o el cristal rojo (rombo) y no podrán ser atacados. La buena fe y la intención humanitaria es innegable en los legisladores.

Ahora bien, todos sabemos que siempre existirán las violaciones a la Ley para lo cual, la Organización de Naciones Unidas, progresivamente, ha venido creando y aprobando tribunales especializados, unos “ad hoc” para reprimir y juzgar los crímenes y delitos internacionales, con énfasis en los de lesa humanidad y de guerra generados en conflictos como los de la ex Yugoslavia y Ruanda, y ya el año 2002 comenzó a funcionar una Corte Penal Internacional permanente cuyos estatutos fueron ratificados por sesenta países. Una cuestión fundamental es la que se refiere a la responsabilidad de juzgar crímenes de guerra lo cual, en primer lugar, corresponde al país donde se produjeron los hechos, si éste no puede o no quiere actuar es cuando se puede solicitar la intervención de las cortes penales internacionales, principio de complementariedad previsto en los estatutos.

Lamentablemente, el hombre olvida muy rápido, sobre todo, si no sufrió las consecuencias inenarrables de la violencia armada. La guerra quedó para el cine, para los videojuegos, donde la sangre virtual se derrama entre risas, por las nuevas generaciones, la adrenalina fluye y te acostumbras a sus efectos, no existe la muerte real. Si te matan renaces y sigues jugando. Hoy, con la metamorfosis de la guerra, surgen nuevas modalidades, y de las cuales ya mencionadas, nos ocuparemos en próximos artículos, estos cambios tienden a desdibujar o a burlar, los límites de cualquier legislación, siendo la población civil la que queda expuesta.

@jorgeppuigbo

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