Jorge Puigbó

 “Lo que está sucediendo es de naturaleza delicada y amerita una acción profunda de todos los países democráticos”.

Cuando los «hippies» y “yuppies” del Silicon Valley aplaudían el nacimiento de la Internet como un espacio virtual de libertad absoluta, a muchos nos asaltó la duda, por cuanto esa eufórica celebración dejaba a un lado la naturaleza humana como moldeadora de cualquier actividad.

  Hoy se estima que porcentajes muy altos de la información que se mueve en la WEB es falsa o está manipulada y que la penetración de organizaciones criminales, así como políticas, militares, etc., han colonizado esos medios. La palabra “regulación” suena para muchos -cuando de información hablamos- a pecado mortal, pero es imposible mantener el estado de cosas actual.

  Ya algunas voces importantes se están oyendo. Steffen Seibert vocero de Ángela Merkel declaró a la DW el (11.01.2021) : “La canciller alemana Ángela Merkel considera «problemático» el cierre por parte de varias redes sociales, entre ellas Twitter y Facebook, de las cuentas del presidente saliente de Estados Unidos, Donald Trump…”, “…la libre opinión es un derecho fundamental de importancia esencial en el que se puede intervenir, pero solo dentro del marco definido por los órganos legisladores, no por decisión de la dirección corporativa de plataformas en las redes sociales, precisó…”, ”Sopesar cuándo intervenir es un constante desafío y es correcto que el Estado (los órganos legislativos) definan un marco, agregó”. En otro ámbito, la página “Catholic Connect” denunció recientemente que tanto Instagram como Facebook censuraron dos importantes posts sobre la fe católica, uno referido a crear conciencia de la persecución de cristianos y otro sobre la consagración a la Virgen María. El motivo, dos imágenes de cristianos mártires que fueron asesinados por el Estado Islámico, pero que “no mostraban contenido gráfico” (Leído en Aciprensa).

  La WEB es un espacio de opinión abierto, el que escribe allí lo hace bajo su responsabilidad, por eso la falta de identificación o el uso de seudónimos, se supone, no está permitido. La Internet se puede definir como un pizarrón que se colocó para que alguien escribiera en él y otros lo pudieran leer libremente, he allí la cuestión medular, no es el dueño de la plataforma quien escribe, ni siquiera sus empleados. Estas empresas solo trabajan en función de sus beneficios y el de sus clientes, facilitan las plataformas para favorecer la propaganda, mantener tendencias o crearlas, utilizando la propaganda, ofertas u opiniones que nos hacen llegar de diferentes formas y cuyo objeto es producir el aumento en la demandas de determinados productos de consumo o a la imposición de ideas o conceptos que la favorezcan. No importa el tipo de producto, puede ser inmaterial como la preferencia por un político.

  Concretando, lo que está sucediendo es de naturaleza delicada y amerita una acción profunda de todos los países democráticos, lo que traerá como consecuencias graves debates y la intervención activa de los cuerpos deliberantes y de los activistas políticos. La censura en Internet a las publicaciones que inciten a la violencia o a cometer algún tipo de delito es el un nudo gordiano, ¿Quién la ejercería? ¿Quién determinaría la tipicidad del acto delictual? ¿Cómo se establece la jurisdicción?, ¿Quién es imputable?, ¿Cuál es el ámbito de aplicación de las leyes? Demasiadas preguntas sin respuestas. A pesar de ello, ya muchos abogados especialistas e instituciones en el mundo están trabajando arduamente en ello. La reglamentación de un espacio virtual, donde no existen fronteras, ni leyes, ni rostros, ni identificación, por nombrar algunas de sus particularidades, habla de que esto solo será posible con la intervención de los legisladores a nivel mundial, de toda la comunidad internacional. Será muy difícil pero se tendrá que hacer. Redondeo la idea con un extracto del libro “El Ciberespacio, un mundo sin Ley” del abogado español Álvaro Ecija, de Ecix Group: “…el ciberespacio es el quinto entorno estratégico, después de tierra, mar, aire y espacio aéreo, aunque, curiosamente, a diferencia de los cuatro primeros, carece de cualquier tipo de ordenación normativa”. Como vemos, apareció el Ciberderecho como respuesta al vacío legal imperante en la Internet.

Nos guste o no, esta es nuestra realidad y no se va a detener. En puerta tenemos lo que algunos tildan de revolución, la llamada Internet de las cosas, la 5G con su aumento increíble de velocidad y conectividad, y sobre todo su aplicación para el control y manejo de nuestro hogar con todos sus aparatos eléctricos, así como los automóviles, hospitales, etc., pero también debemos apreciar su lado oscuro, la posibilidad de un aumento exponencial del control social y la penetración de la esfera íntima. Esto ya no se detiene y el usuario debe ser protegido.