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Souvenirs de la Mouffetard

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“Entre el 24 de la Rue du Dr. Germain Sée y la estación de metro Passy hay poco más de kilómetro y medio. Unos cinco minutos caminando a buen pie y, muy probablemente, bajo lluvia. Porque en ese París en el que yo viví, llovía. Y había corrientes de aire. Desde la estación Passy para ir a la Cardinal Lemoine hay que hacer cambio de línea, primero la 6 y luego la 10. Así, puede tomar unos 20 minutos el trayecto en metro. Pero yo los sábados jamás tenía prisa”.

Soledad Morillo Belloso


A principios de los ’80, la Rue Mouffetard era una vieja calle que ya contabilizaba sus muchas y buenas historias. Tenía cierto estilo, pero no estaba de moda. En aquellos años muchas cosas pasaban en la ciudad y los esfuerzos estaban más bien concentrados en el modernismo, el lujo y la grandiosidad, en lo de los grandes desfiles de diseñadores, en la nouvelle cuisine, en los artistas plásticos marcando las nuevas tendencias, o en esos espacios que ya se había establecido como cunas del pensamiento que había removido los caldos   filosóficos del siglo XX. Y, sí, ya se podía sentir que muchos capitales foráneos buscaban lugar de inversión. También estaba ese asunto de la OLP y sus constantes amenazas.

Aquella callejuela, la Mouffetard, era poco atractiva para el visitante estándar. No tenía abolengo. Tal vez demasiado simple, muy parroquiana y lugareña, con sus edificios sin mayores lucimientos y sin garaje para aparcar el automóvil. Tampoco tenía ese gancho que se observaba en calles más famosas, coloridas y bulliciosas del Quartier Latin, en las que los sábados miles de estudiantes se entremezclaban con manadas de turistas. Pero a mí la Mouffetard me fascinaba. 

Iba casi todos los sábados a  dejarme perder entre los puestos de verduras y frutos, de quesos, de fiambres y de  frutos de mar de temporada. Había un quiosco que curiosamente vendía revistas viejas. Una pequeña boutique que ofertaba ropa de segunda mano. Y una pequeña pero gloriosa boulangerie cuyo aroma a pan y brioche  perfumaba el aire. Una mercería donde vendían botones viejos. Frente a la place de la Contrescarpe, había un pequeño café. Ahí escogí una mesa. Y sábado tras sábado iba y me sentaba en la misma silla. Creo que llegué a convertirme en parte del mobiliario. Al mismo mesero pedía siempre lo mismo: “S’il vous plait, monsieur, un cafe et un croissant au beurre”.  Y me sentaba una hora y algo a leer, a escribir, o simplemente a observar. Hay algo placentero y fantástico en la repetición. Es convertir una ordinaria rutina en una liturgia extraordinaria.

En 1992 volví. Estaba de viaje con una amiga. Pero ella estaba interesada en el gran París y sus tiendas. Así que aquel sábado ella se fue a Galeries Lafayette y Au Printemps. Y yo tenía el tiempo libre.  Se dio la suerte que mi muy querido amigo Ramón Pasquier estuviera en París. Estaba allí en un tour de prensa de Air France.  Y también tenía agenda abierta  para aquel sábado de octubre en el que como raro asunto no llovía. Quedamos para tomar algo al final de la tarde. Le dije para encontrarnos en la Mouffetard. En el mismo café. Seguía siendo el lugar de mis recuerdos. Recorrimos la calle. Algo había cambiado. Diez años no habían pasado en balde. Pero no había perdido ni un miligramo de encanto. Y todavía no la habían descubierto los turistas. 

En el 99 fui a París de nuevo. Y en otoño, que es la mejor estación. Era un viaje de trabajo y nos habíamos pasado diez días en reuniones con empresas públicas y privadas en Francia y Bélgica. Cuando acabó la agenda (¡al fin!), yo decidí quedarme en París tres  días más. Otra vez con los bolsillos escasos. Pero yo no soy turista en ninguna parte y sé estar gastando muy poco. Me mudé a un hotel barato y me lancé a caminar. El sábado fui a revivir mi liturgia. A la Mouffetard. Y ya era evidente el cambio. Más cafés, más bistrots, más boutiques. Pequeñas galerías de arte. Una hermosa tienda de tocados y sombreros. El mercado mejor y con más puestos. Todo más elegante. Pero sin falsificaciones. El café volvió a ser maravilloso.

2009. Eso de “París bien vale una misa” es incompleto. París bien vale muchas misas. Era sábado. Mi marido y yo estábamos quedándonos en un pequeñísimo apartamento alquilado. Estirábamos cada euro. Y el sábado lo arrastré, como es de imaginarse, a la Mouffetard. Era otoño. Y llovía. Y la calle era todavía mejor que la que yo tenía en las memorias de mis retinas. Después de caminotearla, decidimos almorzar en un bistrot de eso que tienen poquitas mesas. Y, claro, el dinero nos alcanzaba para el menú fijo del día. Así que eso ordenamos, en la absoluta seguridad que sería una comida honesta y muy bien preparada.

En la mesa de junto, se sentó una señora, bastante entrada en años. A leguas se notaba que la crisis había hecho polvo su vida. Zapatos gastados, abrigo de ya muchos años, aquella mujer era una dama que seguramente muchos altibajos había tenido en su vida y ahí estaba, a sus más de noventa, abriendo la cartera y contando billetes arrugados y monedas, con la esperanza de que le alcanzara para un almuerzo con dignidad. Mi marido y yo nos miramos. No tuvimos que hablarnos. Me levanté y fui a hablar con el mozo. Ordené para la señora un almuerzo completo, con postre y copa de vino. Pagué y cuando ya nos íbamos llegó el almuerzo para la señora. Nos levantamos y caminamos hasta una tienda justo enfrente, y desde allí la vimos comer con elegancia y donaire. Por supuesto, no hablamos con ella. Solo aguardamos el tiempo necesario para certificar que no la fueran a estafar. Lo nuestro no fue dar limosna. Fue compartir. Y nos produjo un placer que nunca olvidaremos.

No sé si alguna vez iremos a París de nuevo. Pero esos souvenirs de la Mouffetard siempre los tendré. De algún modo, yo adopté esa calle. Y ella me adoptó a mí.

soledadmorillobelloso@gmail.com

@solmorillob

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