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Viaje a la realidad

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“¿Hacia dónde se dirige ciudadano?, ¿De dónde viene?, ¿A qué se dedica? ¡Abra la maleta y muéstreme su identificación!, son algunas de las preguntas y exigencias que, si lo detienen, se repiten una y otra vez en cada una de las catorce alcabalas que se encuentran regadas a lo largo de la vía…”

Jorge Puigbó

@jorgeppuigbo

Un país no es solo geografía, no es un cúmulo de paisajes que de lejos se añora volver a ver, es mucho más, porque sin gente que los vea y aprecie, que los recorra y perciba con sus sentidos, pierde totalmente su cualidad o función principal de hábitat vinculado al desarrollo humano.

Hace unos días atrás, la onda tropical número nueve, luego de atravesar el Atlántico desde las costas de África, descargó su húmeda carga sobre el territorio de Venezuela, los ríos se hincharon marrones de barro, y la seca tierra, como una esponja, absorbió el agua del ciclo de lluvias que comenzaba. En el oriente del país fueron copiosas durante varios días y los drenajes, como ya es costumbre, colapsaron. El día jueves el cielo amaneció de un intenso azul debido a la atmósfera limpia de polvo y contaminación. Nos dirigíamos en nuestro vehículo a presenciar el grado de médico de nuestro nieto y sus compañeros de la Universidad Central, conseguido después de años de lucha contra vientos y mareas. La carretera hacia Caracas nos aguardaba

Una de las curiosidades que tiene nuestro país es que en todas las ciudades existe una calle, una zona en la cual pareciera que todas las ventas de repuestos para vehículos de todo tipo y talleres mecánicos se hubieran puesto de acuerdo para instalarse juntos y pareciera que es una buena estrategia de ventas por cuanto lo que los clientes buscan, si no lo consiguen en una tienda, van a la siguiente. Siempre fueron zonas congestionadas por el tráfico y la arbitrariedad de los conductores. En esta oportunidad, su soledad nos llamó la atención y rápidamente la recorrimos sorprendidos de la falta de movimiento comercial. Más adelante, al dar vuelta en una plazoleta, una fila interminable de camiones, gandolas y autobuses ocupaban una de las vías a la salida de la ciudad, esperaban con paciencia e impotencia poder surtir de combustible a sus unidades. El exiguo volumen de vehículos que nos acompañaba por una autopista hasta el primer peaje era inusualmente bajo, remarcando claramente la situación por la cual atravesamos. Bien mantenido y pintado con colores vivos nos sorprendió la instalación donde debíamos cancelar la extraordinaria suma de un bolívar. Fue este trámite el cual nos confirmó uno de los aspectos que más golpea a diario al venezolano y que diariamente presenciamos en los supermercados y bodegas: el calvario del pago cuando éste debe realizarse utilizando monedas o varias de las alternativas digitales. La persona que manejaba la camioneta Fortuner negra que iba delante de nosotros nos dio la impresión de que no tenía cómo cancelar el peaje y solicitó un medio digital, más de quince minutos estuvo la cola de carros esperando que se realizara el pago, suponemos por la mala conexión. Debemos decir asimismo que, la compañía que administra la concesión, tiene un sistema instalado para viajeros frecuentes el cual permite obtener un pase para varios viajes que lee un lector óptico, se simplifica en mucho la operación. El pavimento de la autopista en líneas generales ha mejorado algo por cuanto le han realizado mantenimiento a la cantidad de huecos que la cubren.

¿Hacia dónde se dirige ciudadano?, ¿De dónde viene?, ¿A qué se dedica? ¡Abra la maleta y muéstreme su identificación!, son algunas de las preguntas y exigencias que, si lo detienen, se repiten una y otra vez en cada una de las catorce alcabalas que se encuentran regadas a lo largo de la vía. Una cuestión que llama la atención es que algunas de ellas se encuentran separadas por cortas distancias, tan poco como seiscientos metros y pertenecen a organismos diferentes. Debemos decir que las noticias de asaltos y agresiones en las carreteras han disminuido, por esta razón o por otras. En el camino, las estaciones de servicio, bombas de gasolina, se encuentran en pésimo estado y muchas de ellas están cerradas, la aglomeración de personas que se paraban a descansar, ir a los sanitarios, comprar café o comida, ya no existe. Un lugar que se había transformado en emblemático era el Guapetón, debido a su bomba de gasolina y restaurante, además de los buhoneros y merenderos con sus consabidas “fritangas” y carnes asadas, parada obligada para los cientos de autobuses que por allí pasaban, hoy no es ni la sombra, ya no hay unidades que trasporten pasajeros y sorprende que existan locales vendiéndose. Seis millones de venezolanos menos pesan mucho en una economía precaria, los pueblos de Venezuela profundizan su desolación y el número de los niños pidiendo, o limpiando parabrisas, aumenta todos los días. El número de vehículos ha disminuido de forma increíble, esto crea una ilusión acerca del abastecimiento de combustible, no ha mejorado, solo ha disminuido tremendamente la demanda.

Cuando pensábamos que ya estábamos llegando a Caracas, un infaltable accidente de un viejo camión sobrecargado como suele suceder, nos condenó a pasar hora y media de espera mientras una grúa con el apoyo de ciudadanos voluntarios removía de la vía los obstáculos.

Al fin llegamos al acto protocolar de la entrega de diplomas que acreditaban a más de doscientos compatriotas como médicos cirujanos, esta fue la mayor decepción que nos llevamos, una universidad como la Central sin paraninfo, por reparaciones, se vio en la necesidad de realizarlo en el patio techado con el agravante de que, por falte de presupuesto, solo habían sillas para los graduandos y los familiares tuvieron que permanecer parados durante el largo tiempo que duraron los actos, establecidos en días diferentes, tanto el de entrega de las medallas como el de los diplomas. Una reflexión que tenemos que hacer los venezolanos cuando enfrentamos situaciones cotidianas que nos producen una enorme preocupación es cómo y cuándo se podrá detener este inmenso deterioro que nos está destruyendo en todos los niveles y, procurar enseñar a las personas, entre otras cosas, el respeto que impone un acto protocolar de la naturaleza de un grado universitario. Se perdió toda sindéresis, toda educación. Mientras se pronunciaban los discursos y luego el querido orfeón universitario cerraba el acto, las personas conversaban y reían, no era muy importante lo que ocurría y quizás, para algunos, sobraba. Cuesta abajo en la rodada.

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