sábado 28, mayo 2022
Promedio de temperatura mensual

70 de 100

Aristóteles vive

Más artículos

“Aristóteles, varios siglos antes de la era cristiana, nos alertó sobre las formas impuras de gobierno. Sobre ese tipo de regímenes, que, bajo la denominación de democracia, desarrollan conductas no republicanas, haciendo caso omiso al principio de la representatividad política, a la separación de los poderes públicos y a la libertad individual. Esa amenaza está allí, se levanta con frecuencia en el seno de las sociedades occidentales, lo que demanda nuestra eterna vigilancia”.

Pedro Elías Hernández

@pedroeliashb

Como es bien sabido, Aristóteles definía tres formas de gobierno en su versión pura o recta: La monarquía, la aristocracia y la república. La primera la caracterizaba como la conducción del Estado de manera unipersonal en atención al bien común, la segunda como la administración de los asuntos públicos por parte de un cuerpo colegiado constituido por los mejores y más capaces ciudadanos y la tercera, por el gobierno de la mayoría que veía en favor de todos sin distinción alguna.

A partir del surgimiento de las formas de gobierno bajo mandato constitucional, se combinan y articulan todas ellas para lograr un orden institucional políticamente adecuado y justo. Ese es el aporte civilizatorio de los regímenes políticos modernos constituidos sobre todo a partir del siglo XVIII a propósito de la influencia ejercida por la revolución de los Estados Unidos de América.

En lo sucesivo, con el desarrollo de los gobiernos con asidero constitucional, se ponen en práctica en casi todas las naciones de occidente los principios aristotélicos de las formas puras de gobierno y tal circunstancia se mantiene prácticamente inalterable hasta el sol de hoy.

La gran virtud que tuvo la experiencia política que dio lugar al surgimiento como nación independiente de los Estados Unidos de América, es la sabia combinación de estas tres versiones de recto gobierno, según lo definía el antiguo filósofo griego, en un sistema político funcional bajo el imperio de la Ley.

Así tenemos al poder ejecutivo unipersonal, que bajo el orden republicano que conocemos es ejercido por un presidente, que responde a las características de una monarquía; a la institución del senado, como un estamento selecto y calificado, tipo aristocracia, con atribuciones legislativas y de control sobre el poder y finalmente a la cámara de representantes o diputados, que son básicamente la representación del pueblo de acuerdo a la idea de que todos los sectores de una sociedad deben participar del poder.

Sin duda, esta versión de gobierno y de gobernanza que aporta la revolución de independencia norteamericana, ha sido una muy extendida y funcional manera de organizarse políticamente los diferentes Estados nacionales, ya sea que se constituyan como orden republicano o como monarquía constitucional. En otras palabras: Aristóteles vive.

En definitiva, el orden republicano como lo conocemos desde el siglo XVIII en adelante, es el portento institucional que logra convivir en equilibrio a las tres distintas formas correctas de gobierno de acuerdo a los principios aristotélicos. Sin embargo, hay experiencias políticas, sobre todo a raíz del surgimiento de la revolución socialista soviética, que introducen deformaciones significativas.

Aparecen así las llamadas democracias populares, que en la práctica responden al concepto aristotélico de una forma de gobierno impuro, no republicano, en donde la mayoría gobierna para su beneficio y en contra de las minorías. Esta versión de democracia que se traduce en una suerte de hegemonía -que en nombre de una mayoría ejerce el poder para prevalecer sobre al resto de los sectores políticos y sociales- ha dado lugar a los peores autoritarismos que haya conocido la historia de occidente, especialmente en el siglo XX: el comunismo, el nazismo y el fascismo.

Aristóteles, varios siglos antes de la era cristiana, nos alertó sobre las formas impuras de gobierno. Sobre ese tipo de regímenes, que, bajo la denominación de democracia, desarrollan conductas no republicanas haciendo caso omiso al principio de la representatividad política, a la separación de los poderes públicos y a la libertad individual. Esa amenaza está allí, se levanta con frecuencia en el seno de las sociedades occidentales, lo que demanda nuestra eterna vigilancia.

Artículo anterior
Nación y petróleo
Artículo siguiente
Resumen martes 10 de mayo de 2022

Síguenos en

- Publicidad -

Recientes