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“La revolución antimarxista de Pinochet está muerta. También la otra, la nueva, la inspirada en ideologías identitarias y neomarxistas que aspiraban reavivar las brasas que quedaron del incendio octubrista de 2019. Tienen la palabra ahora la centroizquierda (factor decisivo en el triunfo del rechazo) la centroderecha y la derecha democráticas y republicanas. Toca mantener una alianza estratégica entre estas corrientes para producir un nuevo texto constitucional consensuado y cancelar un proceso cuya prolongación en el tiempo genera ese clima de incertidumbre e inestabilidad que espanta las inversiones y detiene el crecimiento económico sostenido, únicos factores capaces de abatir la pobreza y reducir las desigualdades.

Pedro Elías Hernández

@pedroeliashb

Un mensaje de Twitter en la noche del pasado 4 de septiembre, “trinó” el Presidente de Colombia Gustavo Petro apenas se conoció la información sobre los resultados que daban cuenta del contundente triunfo del rechazo al proyecto de Constitución en el plebiscito de salida realizado en Chile. El mandatario colombiano escribió: “revivió Pinochet”. Tal mensaje fue muy cuestionado, dentro y fuera del país austral, sin embargo, a mi juicio constituye la más inteligente y aguda opinión dada por algún líder izquierdista latinoamericano, a propósito de lo ocurrido en esa consulta democrática.

Mantener vigente el fantasma del General y atribuirle a su legado los males chilenos, es la mejor carta con la que ha contado siempre la izquierda de ese país para avanzar en su agenda revolucionaria, refundacional y progresista. Pero esa coartada ha dejado de hacer efecto y los abrumadores resultados del plebiscito que ordenan archivar -ojalá definitivamente- ese texto constitucional, no reviven en lo absoluto a Pinochet, ni proyectan la sombra de su terrible dictadura, por el contrario, ponen de relieve la manera democrática en que se procesó una amenaza al orden republicano, a la estabilidad institucional y al progreso de Chile. Fue derrotada con votos una visión izquierdista radical atávicamente ligada a las fracasadas ideas estatistas que han arruinado a nuestros pueblos, de claro cuño neomarxista, que instrumentaliza legítimas reivindicaciones de minorías discriminadas y las convierte en ideologías identitarias, preñadas de resentimiento y revanchismo.

Un sobresaliente analista político y periodista chileno como Tomás Mosciatti, dice que en su país está en desarrollo una revolución que se inició en octubre de 2019 con la revuelta social en contra del gobierno de Sebastián Piñera, al igual que el 11 de septiembre de 1973, también se inició una revolución, violenta, intolerante, y profundamente antidemocrática, que haciendo uso de las armas y el poder militar, sofocó brutalmente el intento de una parte importante de la sociedad, la cual pretendió adelantar el desarrollo de lo que llamaron “una vía pacífica al socialismo”. El golpe de estado de Pinochet fue mucho más que eso, constituyó también un esfuerzo político e ideológico por instrumentar un modelo de desarrollo de corte llamado “neoliberal”, inclinado a la economía de libre mercado, en contraposición a lo que los militares chilenos denominaron “el veneno marxista”.

La democracia chilena, en medio de las tensiones de la guerra fría, no pudo procesar democráticamente aquel enfrentamiento político y social ocurrido durante el mandato de Salvador Allende, y el resultado fue la pérdida de su democracia, millares de vidas segadas, prisión y destierro.

Pero este pasado 4 de septiembre, Chile pudo encarar institucionalmente y en democracia el desafío que ahora nuevamente tiene enfrente. La clara amenaza sobre su legado republicano y tradiciones políticas por parte de corrientes radicalizadas fuertemente antiliberales y anticapitalistas que pudieron hacerse con la mayoría de representantes en la convención constituyente electa en 2021, movilizó y conformó una alianza general y prácticamente tácita entre amplios sectores de la izquierda democrática, la centroderecha y la derecha chilena, para rechazar el texto de casi 400 artículos sometido a consideración. 

El repudió al texto constitucional cruzó transversalmente el país, alcanzando el 62% de la votación. Además, votaron 13 millones de personas de los 15 millones de ciudadanos con derecho al sufragio, es decir, 85% de participación. Lo más notable fue que los sectores populares, los de menores ingresos, las mujeres, los indígenas y los agroproductores, sujetos políticos centrales de los cambios constitucionales propuestos, fueron los grupos que con mayor intensidad abrazaron la causa del rechazo. Las ideas de una peligrosa composición plurinacional del país, las dudas sobre los derechos de propiedad sobre la vivienda, los fondos de pensiones y las fuentes de agua, junto a la sensación de inestabilidad institucional que despertaba en la población la vocación refundacional de la nación por parte de los miembros de la convención constituyente, crearon una poderosa corriente de opinión para derrotar el “apruebo” al proyecto de Constitución.

La administración de Gabriel Boric, el Frente Amplio y el Partido Comunista salen sumamente golpeados a la luz de los resultados. Proclamaron una y otra vez que el proyecto de Constitución que fue negado era fundamental para desarrollar el programa político de su gobierno. Así, de manera clara, la consulta fue un plebiscito doble: se rechazó el texto constitucional y a la vez la gestión gubernamental. Entendiendo que estaban liderando una revolución, los líderes de izquierda que ocupan el palacio de La Moneda, se olvidaron de gobernar y como ya sabemos, la gobernanza suele colisionar con el voluntarismo revolucionario. La alta inflación que se come los ingresos y la inseguridad personal que hay en las calles fueron materias postergadas por el joven Presidente frente a la prioridad refundacional. La factura política popular no se hizo esperar.

La revolución antimarxista de Pinochet está muerta. También la otra, la nueva, la inspirada en ideologías identitarias y neomarxistas que aspiraban reavivar las brasas que quedan del incendio octubrista de 2019. Tienen la palabra ahora la centroizquierda (factor decisivo en el triunfo del rechazo) la centroderecha y la derecha democráticas y republicanas. Toca mantener una alianza estratégica entre estas corrientes para producir un nuevo texto constitucional consensuado y cancelar un proceso cuya prolongación en el tiempo genera ese clima de incertidumbre e inestabilidad que espanta las inversiones y detiene el crecimiento económico sostenido, únicos factores capaces de abatir la pobreza y reducir las desigualdades.

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