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“Los odios que desataba Carlos Andrés Pérez fueron verdaderamente proverbiales. Era un líder con muy mala prensa entre los formadores de opinión, círculos conservadores de notables y medios intelectuales. Ministro policía, funcionario represivo, corrupto, político acaudalado y vida privada disipada, constituyeron algunas de las difamaciones en su contra. A pesar de eso, en el corazón de una porción enorme de venezolanos estaba sembrado un poderoso afecto hacia Pérez y tal cosa siempre fue refrendada por los votos. Sin embargo, tal popularidad hizo que le acecharan terribles rencores para pasarle factura. El sonado caso del barco frigorífico Sierra Nevada por el que en gavilla se le hizo juicio político y linchamiento moral luego de su primer gobierno, avisaba en ese momento sobre las futuras turbulencias en las que se vería envuelto y que a la postre lo defenestraron del poder, abriéndole las puertas de la cárcel, el destierro y la soledad política en medio de la cual murió en el año 2010, sin poseer importantes bienes de fortuna, sólo rodeado de familiares y algunos de sus antiguos amigos”. Por ahora, el aguacero de calamidades que cayó sobre el país desde hace dos décadas, no ha amainado. Llueve y no escampa, parafraseando una famosa expresión de CAP”.

Pedro Elías Hernández

@pedroeliashb

Buenos amigos míos han tenido la gentileza de invitarme a participar en varios eventos y reuniones a propósito de la conmemoración de los 100 años del nacimiento de Carlos Andrés Pérez (CAP). Ha sido interesante compartir con ellos reflexiones políticas y recuerdos personales sobre este conspicuo personaje de nuestra historia contemporánea.

Decir que Pérez fue una figura política de inmensa importancia en la vida nacional, sin duda es un lugar común. Como amante del estudio de la historia, lo que realmente me seduce de su trayectoria es que -como pocas en el siglo XX venezolano- deja su impronta en aspectos decisivos que todavía gravitan con fuerza en la vida del país.

CAP es el epítome del líder político formado y desarrollado al calor de las ideas que hicieron posible el período de la república civil en Venezuela y cabal expresión de las influencias de su tiempo y momento que le tocó vivir. Una prolongada vida política le permitió ejercer la presidencia de la república en circunstancias tan distintas tanto en el país, como en el contexto internacional. Así lo vimos como el trepidante líder del tercer mundo frente a los poderes mundiales en un período marcado por el nacionalismo económico y el gigantismo de los Estados, para que 10 años después desempeñara la posición de máximo exponente en Latinoamérica de las reformas neoliberales del Consenso de Washington.

Pérez jamás nadó contra la corriente, siempre se dejó arrastrar por ella y nos arrastró con él a todos nosotros. Cuando estaba de moda el estatismo económico lo abrazó con pasión y cuando se impusieron las corrientes neoliberales de signo contrario a lo anterior, las asumió sin rubor. Como nadie en Venezuela, sus ejecutorias al frente del poder marcaron la vida de los venezolanos hasta entonces. Desde el meritorio programa de becas Gran Mariscal de Ayacucho, que hizo a Venezuela un país que se daba el lujo de tener casi en la práctica una universidad en el exterior con más estudiantes que toda la Universidad de Oriente, pasando por la crisis de la deuda y la década perdida de los años 80 del siglo pasado, el estatismo salvaje de su primer gobierno, “el caracazo”, los levantamientos militares de 1992 y una destitución presidencial que representa la más vasta conspiración política en contra de alguien de la que se tenga memoria en nuestro país, la cual reclutó en contra de CAP un espectro de factores que involucraron a la extrema izquierda nacional, la cúpula de su partido AD y sectores conservadores de la plutocracia mercantilista venezolana.

Los odios que desataba Carlos Andrés Pérez fueron verdaderamente proverbiales. Era un líder con muy mala prensa entre los formadores de opinión, círculos conservadores de notables y medios intelectuales. Señalamientos de ministro policía, funcionario represivo (leyenda negra de la época de su combate a la insurgencia marxista), político acaudalado con dinero mal habido y vida privada disipada, constituyeron algunas de las difamaciones en su contra. A pesar de eso, en el corazón de una porción enorme de venezolanos estaba sembrado un poderoso afecto hacia Pérez y tal cosa siempre fue refrendada por los votos. Sin embargo, tal popularidad hizo que le acecharan terribles rencores para pasarle factura. El sonado caso del barco frigorífico Sierra Nevada por el que en gavilla se le hizo juicio político y linchamiento moral luego de su primer gobierno, avisaba en ese momento sobre las futuras turbulencias en las que se vería envuelto y que a la postre lo defenestraron del poder, abriéndole las puertas de la cárcel, el destierro y la soledad política en medio de la cual murió en el año 2010, sin poseer importantes bienes de fortuna, sólo rodeado de familiares y algunos de sus antiguos amigos. Por ahora, el aguacero de calamidades que cayó sobre el país desde hace dos décadas, no ha amainado. Llueve y no escampa, parafraseando una famosa expresión de CAP.

Con el expresidente Pérez no tuve amistad personal, pero sí mi padre Pedro Elías Hernández Figueredo, quienes juntos fundaron el PDN en 1936 y luego, en 1941, en los estudios Ávila de Caracas, a Acción Democrática. Me reuní con él en distintas oportunidades en Miraflores, a donde cordialmente nos invitara, junto a los parlamentarios del partido liberal Nueva Generación Democrática, para hablar sobre la marcha de su programa económico, el cual apoyamos con nuestros votos en el Congreso Nacional. Como se sabe, el insumergible Pérez finalmente se hundió y arrastró “cuesta abajo en mi rodada”, como dice el célebre tango, a buena parte de quienes lo acompañaron en esa experiencia fallida de aproximación a un cambio estructural de la economía venezolana. Tal vez su principal legado fuera la descentralización del sistema político y de gobierno, con la elección directa de gobernadores y alcaldes. También su fidelidad al proyecto democrático en el cual creyó, de estricto acatamiento del poder civil sobre el militar.

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