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“En Venezuela, nadando a contracorriente, luce como auspiciosa una opción de centro político, que por ahora no tiene una figura que la lidere de manera clara, pero que empieza a perfilarse como atractiva en el marco de la extrema confrontación vivida por los venezolanos desde hace dos décadas”.

Pedro Elías Hernández

@pedroeliashb

El centro político ha venido quebrantando su fuerza en el mundo. En las preferencias electorales la tendencia internacional apunta hacia los extremos, tanto de derecha como de izquierda. Casos emblemáticos son los de EEUU, Colombia y Francia recientemente. Tres países bastante diferentes, pero con el mismo fenómeno.

En Francia, la centro derecha de Emmanuel Macron se impuso en la segunda vuelta, pero en la primera vuelta el 50% del electorado votó por Marine Le Pen y Jean Luc Mélenchon, representantes de la extrema derecha e izquierda respectivamente. En EE.UU ha venido consolidándose nuevamente el liderazgo supremacista y conservador de Donald Trump en el partido republicano y en Colombia, el centro político, representado por Sergio Fajardo, que parecía prometedor, se desinfló ante opciones más radicales como la de Gustavo Petro, Federico Gutiérrez y Rodolfo Hernández, este último de mucho ascenso en las últimas encuestas y que por su mensaje populista y derechista se le ha dado en llamar el Trump colombiano.

Así también pasó en Chile y Perú, en donde las opciones presidenciales más moderadas y centradas dieron paso a expresiones políticas situadas cada una en las antípodas de la otra. Son los casos de Gabriel Boric y José Antonio Kast en el país austral y de Pedro Castillo y Keiko Fufimori en la nación andina, situados todos a los extremos del espectro político.

Sin embargo, en Venezuela, nadando a contracorriente, luce como auspiciosa una opción de centro político, que por ahora no tiene una figura que la lidere de manera clara, pero que empieza a perfilarse como atractiva en el marco de la extrema confrontación vivida por los venezolanos desde hace dos décadas.

Prefiero por el momento no mencionar nombres en particular, pero sí referirme al fenómeno. Durante años las fuerzas pro gubernamentales chavistas y opositoras han levantado un mensaje de enorme pugnacidad. Entre el “no volverán” chavista y el “Chávez y Maduro vete ya” opositor, se dividieron las simpatías populares en más de un 90%. Esto ha dejado de ser así y los sondeos de opinión dan cuenta de la aparición de una enorme porción de votantes que no se identifica con ninguna de estas dos fuerzas políticas venezolanas y que aspiran una opción con un mensaje de menos confrontación y que busque el encuentro para salir del pantano económico existente.

La posición de la Casa Blanca frente a nuestro país sigue siendo de reconocimiento al gobierno interino de Juan Guiadó. La exclusión de Nicolás Maduro como invitado a la próxima Cumbre de Las Américas lo deja claro. Además, es obvio que en esta materia, la política exterior de EE.UU es de carácter bipartidista.

Pienso que el gobierno de Joe Biden, no levanta ni flexibiliza sanciones económicas generales hacia Venezuela-que por cierto son bastante rechazadas por los ciudadanos- sino que otorga discrecionalmente algunas licencias especiales a tal o cual operadora petrolera, por ahora muy parciales, para que pueda realizar actividades en este sector. Algo parecido hizo de forma muy puntual con empresas energéticas europeas de España y Francia a los efectos de no verse afectadas por alguna medida por parte de las autoridades del Tesoro norteamericano.

Seguramente en los próximos meses se pondrán en escena distintas precandidaturas presidenciales de centro político en Venezuela. Es decir, que desafían a la clásica confrontación entre el chavismo y los sectores que tradicionalmente han liderado la oposición. Pero lo importante será que ese centro político logre articular una propuesta de país popularmente atractiva que motive y movilice a los electores. Es decir, que logre sintonizarse con los damnificados del desastre económico socialista y las víctimas de la exclusión que irá generando el capitalismo de amigotes que se estimula desde el alto gobierno.

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