Jesús Peñalver

Desde hace mucho tiempo hemos entendido a cabalidad la naturaleza macabra de la consigna “patria, socialismo o muerte”. Se le ocurrió a aquel milico desquiciado de ideas explosivas y planes diabólicos, cuyo fin primordial fue acabar con la democracia venezolana y sus instituciones.

La acción del hampa da cuenta de las muertes producidas en el país, el hambre hace lo suyo al expresarse en tal sentido, y en modo no menos desolador, ahora el coronavirus, esa otra peste, hace estragos ante un sistema de salud deficiente.

Solo me falta ahora comprender “patria y socialismo”, y para ello procuro hurgar en los propósitos continuistas del régimen hoy aposentado en Miraflores, el mismo que desde tiempos del golpista arengó con “la revolución llego para quedarse” y el detestable “no volverán”, como otras consignas de parecida o peor índole, que impiden toda posibilidad de alternancia democrática en el poder.

No hay dudas, cada vez son más las víctimas que sufren la acción del hampa, quienes son atracados, agredidos y hasta asesinados. Son pocas las familias que pueden decir que no conocen un caso cercano a ellos. Las cifras que se informan todos los fines de semanas son alarmantes, es evidente el desbordamiento de la delincuencia, está en el ambiente un tufo a impunidad y se observa la evidente superioridad de los grupos delictivos sobre los cuerpos policiales, pues aquéllos actúan mejor armados. A esto se añade –como dije antes- la aparición del covid-19 o virus chino, que si bien no es responsabilidad directa del régimen que hoy manda en el país, sí lo es la falta de información fidedigna sobre el verdadero número de casos, las medidas sanitarias adoptadas para enfrentarlo y la posibilidad de vacunar a toda la población

Se trata de garantizar el derecho a la protección de la salud de la población, como contenido fundamental del derecho a la vida. Venezuela pareciera marchar hacia una sociedad de viudas y huérfanos. Una sociedad de deudos. No sería descabellado constituir una ONG: Asociación de deudos de los muertos de la violencia, que reclame legítimamente una acción efectiva y contundente del gobierno, para que se atreva a declararle de una vez por todas, la firme y decidida guerra a toda situación, hecho o circunstancia que atente contra la tranquilidad de la ciudadanía.

No al hampa, a la común y a la administrada. Porque lo que vive hoy la sociedad, víctima del hampa impune, es una verdadera guerra asimétrica. Los ciudadanos estamos en evidente desventaja sin esbirros ni vehículos blindados, a la delincuencia bien armada. Y otro tanto igual ocurre ante la aparición del aludido covid-19.

Hoy la colectividad demanda la seguridad para sus integrantes y sus bienes, ello comporta la legítima aspiración para la protección de sus derechos, para evitar la comisión de delitos, para la investigación de lo ocurrido y para la sanción de los culpables. ¿Por qué acostumbrarse a convivir con la violencia y con la falta de atención de los servicios públicos?

Digamos “no” al conformismo y a la resignación. No debe ser nuestra la costumbre de esperar cada inicio de semana para enterarnos de los informes policiales o periodísticos, suerte de partes de guerra. Los medios de comunicación al servicio del Estado, que no del gobierno, deberían reseñar los nefastos hechos que involucran la acción despiadada del hampa. Que todo esto desaparezca o disminuya notablemente de la noche a la mañana lucirá algo platónico, iluso, soñador; pero, aun así, más somos los que queremos salir de la barbarie, y el gobierno tiene la responsabilidad de imponer el orden con políticas efectivas, no efectistas, y aplicar un serio y coordinado plan de seguridad y de desarme. Se trata de garantizar el derecho a la vida, que es el único que nos permite ejercer los otros derechos, porque patria en revoltillo con socialismo no puede ser sinónimo de muerte.

La inseguridad, la violencia, la impunidad, y ¿por qué no decirlo?, también el clima de intolerancia política, ponen al descubierto la angustiosa realidad, llena de dolor que hoy se vive en nuestro país; negarla es igual que darle la espalda al pueblo que la padece.

La amenaza está allí, ahora con el anuncio de un cúmulo de leyes para mayor control social. Pareciera que el agua ya llegó al río; pero no dejemos que al país se lo lleve la corriente. Quienes aún podemos de algún modo ejercer el don de escribir y expresarnos, no dejemos que se nos siga amordazando, y menos aún por alguna ley que atente contra la libertad de expresión, algo que en todo Estado democrático debe imperar. Ya hay suficiente gente con bozales de arepa en sus bocas y en sus ojos; alcancías en sus bolsillos y sus almas vendidas al más peligroso diablo del cual nunca antes se haya tenidos peores noticias.

En estos tiempos difíciles y sombríos, coloreados de un rojo alarmante, vale la pena citar a Milagros Socorro: “La revolución, por serlo, necesita de tributos de devoción”. Por mi parte, nada temo más que a una devoción ignorante. Acaso la geografía, de pronto, se nos hizo una prisión abierta, un paisaje de puñales, un valle de balas de ideas y vuelta, un eco perenne de sirenas, una herida abierta imposible de sanar.

@jpenalver