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El voto como arma civil

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En entrega anterior, yo mismo me mostré en favor de elecciones primarias de la oposición y posteriores presidenciales en 2024. Entonces no desperdicié la ocasión y me referí a los excesos chavistas, esos que transitan con un margen de impunidad muy grande, y eso ha quedado demostrado en distintas oportunidades. Nadie puede garantizar que no siga ocurriendo, pero la peor gestión es esa, la que no se hace. Quiero decir, no debemos ceder ni desmayar en el empleo en las herramientas que aún nos ofrece el ya maltratado Estado de Derecho.

Jesús Peñalver

@jpenalver

Desde luego que el consenso es otra posibilidad válida para designar la candidatura de aquel que aglutine la mayor preferencia en el electorado venezolano, es decir, de la oposición democrática venezolana. En esto resultan importantes, ineludibles e impostergables los esfuerzos de la Plataforma Unitaria, instancia política que los reúne.

Más allá de los resultados obtenidos en Colombia o en Chile, lo importante es resaltar que en ambas naciones hubo procesos electorales, respetados por las mayorías. Elecciones presidenciales en la vecina nación y plebiscito constitucional en Chile. De allí, y de otros ejemplos ocurridos en el mundo, la necesidad de que en Venezuela haya elecciones conforme con los estándares internacionales: participación igualitaria, transparencia en el registro electoral, observaciones o vigilancia electoral (no turistas que vengan a avalar trampas y chanchullos), aprovechamiento, en el mejor sentido, de los medios de comunicación del Estado y no la protesta y permanente utilización de los mismos por el chavismo, en franca demostración de escandaloso ventajismo.

Estas son pocas, sabiendo que son tantas las exigencias que la oposición puede y debe presentar al régimen, para garantizar un proceso limpio, transparente y confiable. En este sentido conviene leer y releer el 5.º párrafo del Discurso de Angostura para entender de una vez por todas, “La continuación de la autoridad en un mismo individuo frecuentemente ha sido el término de los Gobiernos Democráticos. Las repetidas elecciones son esenciales en los sistemas populares, porque nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo Ciudadano el Poder. El Pueblo se acostumbra a obedecerle, y él se acostumbra a mandarlo, de donde se origina la usurpación y la tiranía”.

Huelgan comentarios sobre este aserto de Bolívar y la experiencia nos indica, nos manda, nos obliga a hacer todo cuanto sea necesario en democracia para lograr el cambio que el país necesita con urgencia, muy especialmente para ponerle fin al oprobioso régimen actual y alcanzar –en consecuencia- mejores condiciones de existencia.

Imposible olvidar que el chavismo anuló de facto a la Asamblea Nacional electa en 2015, desproclamó a diputados de Amazonas, en proceso viciado que, dicho sea de paso, ni siquiera el TSJ en su sala electoral ha decidido al respecto. Anuló todas las leyes que la legítima AN había dictado y la declaró en desacato.  Igual el régimen bloqueó el referendo revocatorio en 2016 y postergó ese mismo año las elecciones regionales. Por si fuera poco, Instaló una fraudulenta “constituyente” en 2017 que solo sirvió para el acoso y la persecución, y legislar, lo que le está vedado, pues solo la Asamblea Nacional tiene atribuida esa facultad. Prueba de ello, la llamada “ley de odio” que solo ha servido para la amenaza, la intimidación y la instauración de juicios a todo aquel que piense distinto. Además, adelantó a conveniencia las presidenciales en 2018. Y para más INRI, la chapuza del 6D, una farsa, un fraude, un simulacro.

Dejo testimonio así de lo que es capaz todo aquel que sea víctima de la terca manía de mandar a todo trance. No obstante, insisto en la necesidad, visto el proceloso momento de la patria, de ratificarme o confirmarme en la certeza de que otras maneras de comunicación nos pueden hacer ver y palpar los hechos y las realidades en su justa dimensión.

En la hora aciaga que vive el país, envuelto en un paisaje de cuchillos, de balas de ida y vuelta; en el que la intolerancia pretende imponerse sobre la diversidad de pensamiento y de opinión, por encima de la convivencia, tu voto puede y debe incidir con acierto y recorrer airosamente los vericuetos del ambiente nacional. Por muy tortuoso que nos parezca.

Ahora bien –y en esto creo coincidir necesaria e ineludiblemente– con una buena parte de los venezolanos que no creen que en las circunstancias actuales podamos ir a un proceso electoral, y no les quito razón. Deben ser nombrados nuevos rectores en el CNE; los partidos políticos (todos) deben ser habilitados para participar, de modo que puedan postular libremente a sus candidatos. Se impone una depuración del Registro Electoral Permanente.

Estas son, grosso modo, algunas entre tantas más condiciones que deben darse para que el electorado venezolano, hoy desganado y hasta desilusionado, encuentre algún estímulo que lo conduzca a asumir el compromiso del voto.

Hay que abandonar la abulia parroquial que nos acogota, la tranquilidad de la indiferencia, odiosa y mala compañera, esa que nos lleva a pensar que nada es con nosotros, “que eso no nos pasará a nosotros”. Entendamos que nos debe unir la palabra, los hechos y las convicciones, nos debe unir Venezuela.

Mientras podamos seguir haciendo lo que nos corresponde en el uso del verbo escrito, en la expresión del pensamiento y en la protesta por los desatinos del régimen, aparentemente todo estará bien; pero no, no basta, no es suficiente. De allí la ineludible responsabilidad de asumir nuestro rol de ciudadano, de allí la importancia del voto, suerte de fusil, arma civil que debe servir para cambiar, sin más vueltas, el estado de cosas en que se encuentra Venezuela.

El voto es un arma moralmente superior y más eficaz que los fusiles de los milicos. Contra la anomia “oficial” -en sus dos acepciones- vale la pena el esfuerzo por Venezuela. Porque mi voto no depende de un hombre, que no dura para siempre, sino de un pueblo, que sí. 

Procuremos estar alerta, en permanente vigilancia sobre los peligros que acechan a la democracia venezolana. Conviene estar dispuestos a mantener una necesaria y valiente claridad sobre los peligros que ya pesan desde hace tiempo sobre Venezuela. Que nadie diga que estuvimos al margen y en silencio. Celebremos a quienes mantienen la firme gallardía de defender al país que amamos.

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