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Impulsar la moral pública

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Asimismo, llamemos las cosas por su nombre, sin omitir nada, sin dejar de decir y que nada se sobreentienda. Con la claridad del agua y la contundencia de un golpe de ataúd en el piso. Sin más vuelta, sabemos quiénes desgobiernan y esa pesadilla espeluznante, coloreada de un rojo siniestro, solo nosotros podemos cambiarla con unidad de propósitos.

Jesús Peñalver 

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@jpenalver

Convengo en la necesidad de impulsar la moral pública y reivindicar la política, desde luego, ante los insultos que recíprocamente se prodigan los diputados de distinta índole (electos en 2015) ante o por el hecho consumado de haber suprimido o eliminado la llamada “presidencia o gobierno legítimo de Venezuela” que encarnaba Juan Guaidó, con miras a las próximas elecciones presidenciales. 

No me detendré en análisis jurídicos, aunque mi opinión tengo. Pero lo cierto es que grandes sectores del país venezolano no han entendido la jugada, movida o decisión (como se le quiera ver y denominar). Por ejemplo: se acaba el GI, pero la AN (la electa en 2015) sigue. ¿Se aseguran ciertamente los activos en el exterior pertenecientes a la República? Me permito recordar acá que la República es la personificación jurídica de la Nación. 

¿Tiene esa AN potestades algunas en la práctica, eficientes y eficaces? ¿La rendición de cuentas del GI solo corresponde a este o también a los que pusieron en hombros de Juan Guardó tales responsabilidades? Me da la impresión de que la oposición y sus oposiciones, están dando tumbos, como nunca antes, en la dirección incorrecta. 

Minada está la moral, la confianza y las esperanzas del venezolano ante tan terrible panorama. No obstante, y visto que no me he caracterizado por ser pájaro de mal agüero ni voy a aguarle el vino a nadie, sigo convencido de que el verdadero enemigo de Venezuela es el régimen que aún se halla aposentado en Miraflores.

Resulta aconsejable una propuesta en lo político y pedagógico, con verdadero talante democrático, sin canillas desnudas de los proponentes que los pongan –otra vez- al descubierto ante el país que tanto anhela una salida pacífica, democrática y electoral. Una Venezuela con mejores condiciones de existencia. 

Ahora bien, en ningún momento es mi intención ofender ni mancillar el honor de ninguno de los parlamentarios que intervinieron en la pasada, sensacional y sorprendente cesión (perdón, sesión) del pasado 30 de diciembre, en la cual, incluso, hubo abstenciones inexplicables. Estupenda ocasión perdida, en lugar de usar su derecho y exponer con claridad de criterio su opinión.

“Quien no evita un error, pudiendo, es como si ayudase a cometerlo”, Séneca.

Como figuras públicas que son esos diputados, y por tanto sometidos al escrutinio de todo el país, han debido expresarse también en la histórica sesión, y no guardar silencio ante un acontecimiento tan importante para el futuro inmediato del país. No se impulsa la moral pública ni se reivindica la política cuando se calla ante el ataque al estado de derecho, ante la persecución política a la disidencia, o cuando se asume una actitud pasiva u omisiva por los desmanes cometidos en contra de las instituciones democráticas del país. 

Tampoco se impulsa la moral pública ni se reivindica la política cuando se permite imponer –según la nomenclatura oficial- todo lo que sea socialista, las órdenes o mandatos de la peste ni ninguna otra decisión que a todas luces favorecen al régimen que manda en Venezuela. Recuerden que hasta la conciencia no llega el agua ni el jabón.

Los ataques recíprocos, a veces con lenguaje de matón de barrio o portero de burdel, no impulsan la moral pública ni reivindican la política Tampoco cuando se adopta un comportamiento inadecuado en contra de sus compañeros o excompañeros de causa, pretendiendo escurrir el bulto, echar en hombros de otros toda la responsabilidad, para luego aparecer con la cara bien lavada, impoluta, aséptica y sin máculas. 

Asimismo, llamemos las cosas por su nombre, sin omitir nada, sin dejar de decir y que nada se sobreentienda. Con la claridad del agua y la contundencia de un golpe de ataúd en el piso. Sin más vuelta, sabemos quiénes desgobiernan y esa pesadilla espeluznante, coloreada de un rojo siniestro, solo nosotros podemos cambiarla con unidad de propósitos.

“Hay que continuar civilizando la política como todas las actividades humanas, como el deporte, el amor o la cortesía”, como decía Mariano Picón Salas 

Hay que enfriar a los fanáticos que aprendieron una sola consigna, se cristalizan en un solo eslogan no se afanarán en comprender y discutir lo distinto para que no se les quebrante su único y desesperado esquema. El hombre moderado es el verdadero dueño de sí mismo y el más apto para evitar que las pasiones se impongan sobre la razón. No se requiere de mucho talento o filosofía para comprender cuando un hombre es falso o hipócrita. Venezuela, desgraciadamente, ha sabido desenmascarar a muchos de sus líderes, que infieles a sus promesas, sólo han vivido su egoísmo.  Hay quienes no impulsan la moral pública ni hacen nada por reivindicar la política porque sencillamente tienen bolsillos en sus corazones y en sus conciencias cuentas a abultar. 

Practicar la cortesía política no conlleva reírse a mandíbula batiente con el déspota. 

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