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La hora de los trapos sucios

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Llama la atención que, mientras los trabajadores de la salud y la educación, sectores tan golpeados por el régimen, se expresan en protestas y marchas legítimas, pacíficas y no violentas en procura de mejoras salariales y otras reivindicaciones, los políticos andan en su nada enaltecedora tarea de insultarse mutuamente, sacando, incluso bajo la lluvia, todos los trapos sucios habidos y por haber.

Jesús Peñalver 

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@jpenalver

Decía en anterior entrega, mi disposición en convenir en la necesidad de impulsar la moral pública, y reivindicar la política, ante los insultos que recíprocamente se prodigaron los diputados de distinta índole (electos en 2015) ante o por el hecho consumado de haber suprimido la llamada “presidencia o gobierno interino de Venezuela” que encarnaba Juan Guaidó, con miras a las próximas elecciones presidenciales.

Venezuela vive una La Mala Hora, como el título de la novela de García Márquez, donde la guerra a puñales, zancadillas e improperios entre factores de la oposición democrática y las oposiciones que les adversan, es evidente y en nada ayudan a la recuperación de la confianza en un mejor porvenir. Al contrario, minan la moral, la esperanza y la posibilidad de sostener el sueño de recuperar al país que en mala hora perdimos.

Al pueblo ha llegado «la mala hora» de los campesinos, la hora de la desgracia. La comarca ha sido «pacificada» después de tanta guerra civil. Han ganado los conservadores, que se dedican a perseguir cruel y pertinazmente a sus adversarios liberales. Al alba de una mañana, mientras el padre Ángel se dispone a celebrar la misa, suena un disparo en el pueblo”.

El anterior es un párrafo de La Mala Hora que, evidentemente, yo no quiero que viva Venezuela. No quiero ese episodio para mi país.

Llama la atención que, mientras los trabajadores de la salud y la educación, sectores tan golpeados por el régimen, se expresan en protestas y marchas legítimas, pacíficas y no violentas en procura de mejoras salariales y otras reivindicaciones, los políticos andan en su nada enaltecedora tarea de insultarse mutuamente, sacando, incluso bajo la lluvia, todos los trapos sucios habidos y por haber.

No se puede estar tan cerca del dolor y seguir viviendo con normalidad. El sufrimiento es una miseria y exaltarlo una perversión más. Sufrir es malo en sí mismo y punto.

Hoy en Venezuela hay activistas, estudiantes, empresarios y militares venezolanos, o detenidos por razones políticas o por orden presidencial, con juicios paralizados por órdenes superiores, o exiliados por temor a ser detenidos sin fórmula de juicio, de acuerdo a denuncia ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, también llevados a la Corte Penal Internacional de La Haya. Violación de las garantías judiciales para los detenidos, lapsos incumplidos, los jueces no dan las audiencias correspondientes y cualquier excusa es válida para mantener paralizados los procedimientos.

Los ataques recíprocos, a veces con lenguaje de matón de barrio o portero de burdel, insisto, alimentan la desesperanza, que es un mal que debemos conjurar en lo inmediato. Hay que enfriar a los fanáticos que aprendieron una sola consigna, se cristalizan en un solo eslogan y no se afanarán en comprender y discutir lo distinto para que no se les quebrante su único y desesperado esquema. 

La obligación o principio de Rendición de Cuentas ya estaba previsto en la Constitución venezolana de 1961, y hoy sigue vigente en la de 1999. Dicho sea de paso, en el proyecto delirante de reforma que al poco tiempo presentó el golpista Chávez, incluía (aunque usted no lo crea) la desaparición o supresión de este principio, tan importante para la debida justificación de los gastos y erogaciones que del presupuesto nacional hagan los gobernantes. 

Lo anterior lo afirmo con el fin de justificar la solicitud que legítimamente ha hecho la llamada sociedad civil, para que todo aquel que haya manejado fondos públicos, rinda cuentas de sus actos y de sus gastos. No hay temeridad en ello, ni tampoco debe ser visto como una trastada o jugada de mala intención de ningún sector del país.

Si ello no es así, nadie tendría autoridad alguna para pedirle o exigirle a Nicolás Maduro ninguna rendición de cuentas con un mínimo de credibilidad. Y en este orden, todo aquel que haya ocupado cargos durante el interinato debe hacer lo propio.

“Mal tiempo para vomitar sapos y culebras”, ha dicho Elías Pino Iturrieta, y yo creo que tiene razón. Y también tiempo malo –digo yo- para andar prendiendo ventiladores en direcciones selectivas.

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