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“Se trata de la noción de país donde imperen el orden social, la estabilidad económica, la moral y ética ciudadanas y del funcionariado; la honestidad en el manejo del erario, entre otros valores y principios, más allá del afán de protagonismo, del egoísmo, y desde luego, del culto a la personalidad”.

Jesús Peñalver

Titulé como han visto. Pero pudo haber sido “culto a la personalidad”, “diabólico régimen” o “colores alarmantes”. No conforme con el terco empeño de cambiarle a todo el nombre, como si quisieran convencernos de que Venezuela o la República (o lo que queda de ella) comenzó con el ch… abismo, ahora obligan a los comerciantes a pintar de gris sus instalaciones o fachadas, dizque para celebrar o conmemorar una batalla.

Cada obra de gobierno, que en realidad son pocas las de relevancia en veintidós tortuosos años (con cuatro meses y sus veinte días al momento de escribir esta nota), en cualquiera de sus instancias de ejecución: nacional, estatal o municipal, lleva una carga publicitaria que es una grosería; hay algunas que no se han cumplido –muchas o casi todas- y tienen hasta tres vallas donde se pretende enaltecer una gestión inexistente.

Patético lo que vemos a diario en todo lo ancho y largo del país, y particularmente en el Oriente. Los carros (ambulancias, autobuses, camionetas…) las oficinas públicas, la ropa (rojos rojitos visten a los empleados) y hasta la Guacamaya de la Copa América –en su momento- se presentó toda colorada. ¿Recuerdan? Prohibido olvidar.

En muchas ciudades del interior vemos calles, aceras y plazas pintadas del consabido rojo como ejemplo esclarecedor de lo que digo. Y ni hablar de los chillones colores que hoy exhibe el Nuevo Circo, o Viejo Circo Caraqueño como lo llamó el maestro Billo Frómeta, muy cerca del rancho que mandó a edificar Farruco Sesto como sede del llamado “museo de arquitectura”.

¿Eso será normal en otros países? Pensamos que no, y como sustento de nuestro aserto basta citar el caso del derribamiento de un árbol en París, o el cambio de la pintura de una plaza de Viena o Berlín, para cuya ejecución se solicitó la opinión de la comunidad, y
más recientemente, la consulta popular celebrada en Aracataca, Colombia, acerca de si le cambiaban el nombre por el de Macondo. El resultado fue negativo y de suyo, digno, muy digno de gente noble y congraciada con sus orígenes. Eso, señores -qué duda cabe- es orden, no bochinche, ni pan ni circo.

En cuanto a los gastos dispendiosos, buena parte de esos recursos económicos despilfarrados en abusiva publicidad oficial o personal de cada funcionario, erogados en una suerte de promoción permanente de sí mismos, más que de la obra de gobierno, debería destinarse a cubrir las necesidades de la población, y al propio tiempo, cumplir la normativa vigente que rige este tipo de erogaciones de fondos públicos, a saber: Ley contra la corrupción, de la Contraloría General de la República, de la Administración Financiera del Sector Público, entre otras.

Y nos atreveríamos a aconsejar la necesidad y conveniencia de regular, aún más severamente, estos gastos que a la vista saltan como si se tratasen de pregón o anuncios constantes de promoción de los funcionarios que allí salen fotografiados, por lo regular al lado del señor “presidente de la república”. Incluso, se han atrevido a proclamarse como “patrimonios” de tal o cual entidad federal.

A aquellos que son incapaces de librarse del autoelogio, habría que recordarles el espíritu y definición de la Conferencia Mundial de la UNESCO de 1982 en este sentido: “… el patrimonio de un pueblo comprende las obras de sus artistas, arquitectos, músicos, escritores y sabios”. Vista tal afirmación del organismo especializado de la ONU, no sé si quedarán ganas de seguirse promocionando como patrimonio de algo o de alguien, por mero individualismo o cicatería.

He citado a la UNESCO, sí, no me caigan encima. Solo me referí a su opinión o decisión del 82 del siglo pasado. Queda claro que dicho organismo acaba de cometer la inaceptable estupidez, por decir lo menos, o, mejor dicho, la apología del delito al exaltar la fecha aniversario del natalicio del asesino apodado “che Guevara”. Asimismo, recordemos que ante esa instancia nos representó como embajador el inefable Luís Alberto Crespo, el mismo que se atrevió a afirmar: “Chávez es el mejor poeta de Venezuela”.

Volvamos al relato inicial. Si ese dinero en lugar de utilizarse en la propaganda oficial o personal desmedida y grosera de los funcionarios faltos de reconocimiento, se orientase a cubrir, por ejemplo, la dotación de acueductos a muchas poblaciones (Guanape, en Anzoátegui), que satisfagan sus inveteradas necesidades hídricas, ello sería, además de un gasto necesario y plausible, un gesto generoso y humanitario en favor de una comunidad sedienta.

Los hospitales y universidades que hoy claman por sus respectivas dotaciones. Las obras que están a medio concluir o que no siquiera se han iniciado, aunque ya han sido canceladas. Se trata de la noción de país donde imperen el orden social, la estabilidad económica, la moral y ética ciudadanas y del funcionariado; la honestidad en el manejo del erario, entre otros valores y principios, más allá del afán de protagonismo, del egoísmo, y desde luego, del culto a la personalidad.

Venezuela no puede seguir siendo un calorón ni una tierra poblada, simplemente. Un cementerio de obras inconclusas. Tampoco un parque temático de la pobreza, ni “un mientras tanto o porsiacaso”, como decía Cabrujas.

No volvamos a etapas pretéritas como la de los caudillos del siglo XIX, por el contrario, construyamos la Venezuela posible, pero con ciudadanos de primera, no de cuarta ni de quinta categoría. No es sensiblería. Venezuela tiene en su gente, la de talante y talento democráticos, de principios libertarios, la posibilidad de superar tantos marasmos y entuertos que han oscurecido durante tanto tiempo sus paisajes.

Sin más vueltas, por conocer a quienes nos gobiernan, esa realidad la podemos cambiar si nos unimos y enfrentamos democráticamente al gobierno rojo rojito que surgió legítimamente (me refiero al del desquiciado golpista en 1998); pero que, en su ejercicio, así como sus sustitutos, han dado muestras irrefutables de ilegitimidad, de abusos y atropellos.

Venezuela, no te sientas con un ala de menos que el cielo no está gris ni rápido. Ya desaparecerá El Miedo y todo volverá a ser Altamira. Ya se irá la barbarie “más lejos que más nunca”.

@jpenalver

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