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¿Revolución o devolución?

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“Necesitamos un gobierno limitado, pero fuerte en sus áreas de irrenunciable competencia, a saber: seguridad jurídica, seguridad personal, defensa, política exterior y desarrollo de infraestructura física. Tenemos un Estado inmenso, de perfil multipropósito, que hace mucho de lo que no debe y deja de hacer lo que debería. No se trata de alcanzar algo ajeno a nuestras capacidades. En muchos casos no se trataría de avanzar, sino de recuperar lo perdido como nación”.

 Pedro Elías Hernández

@pedroeliashb

Los venezolanos tenemos mucho tiempo viendo desfilar y alternándose en el poder a distintas élites políticas y económicas que han sabido arreglárselas para usurpar los beneficios rentísticos que durante una centuria dispensó el negocio de los hidrocarburos y al mismo tiempo transferir a la sociedad los enormes costos derivados de su incompetencia y corrupción. La consigna de tal ignominia parece ser una sola: “para nosotros la privatización de las ganancias, para el pueblo la socialización de las pérdidas.

El país exhibe dramáticos contrastes. Desde hace varias décadas ha sido el paraíso de políticos personalmente exitosos, pero con desempeños públicos desastrosos. Otro tanto puede decirse de cierta clase empresarial, eso que llaman “empresaurios”, que exhiben prosperidad individual pero que conducen empresas altamente ineficientes. Es decir, generan y capturan renta, pero no crean valor.

La nación demanda un ambicioso proyecto de amplio aliento, una suerte de nuevo ideario nacional, que produzca resultados positivos en el corto, mediano y largo plazo. Hace algunos años, un ministro deslenguado que se desempeñaba en las finanzas públicas, poco tiempo antes de separarse de su cargo, dijo con tono solemne que la revolución bolivariana había tenido muchos éxitos sociales, pero ningún éxito económico.  Descubrió el agua tibia el señor. Ahora constatamos que tales logros sociales no eran otra cosa que una burbuja de consumo, inflada con el sobre ingreso fiscal petrolero de la primera década del presente siglo, la cual se pinchó y nos retrocedió a las verdaderas dimensiones que tiene una economía puramente extractiva y nada productiva. 

Necesitamos un gobierno limitado, pero fuerte en sus áreas de irrenunciable competencia, a saber: seguridad jurídica, seguridad personal, defensa, política exterior y desarrollo de la infraestructura física. Tenemos un Estado inmenso, que hace mucho de lo que no debe y deja de hacer lo que debería. No se trata de alcanzar algo ajeno a nuestras capacidades. En muchos casos no se trataría de avanzar, sino de recuperar lo perdido como nación.

El feo rostro que nos muestra el desastre de los últimos 40 años, repartidos temporalmente en partes iguales entre la IV y la V república, nos hace olvidar que Venezuela fue en algún momento un lugar de formidable movilidad social, que en pocas décadas durante el siglo XX permitió que una depauperada familia campesina pasara de un conuco a un bloque del Banco Obrero y de allí a un apartamento de propiedad horizontal. Existió un país en donde un humilde analfabeta o un iletrado, lograba ver a un hijo suyo graduarse en la universidad o egresar de la academia militar. Una nación en la cual gran parte de sus élites dirigentes se formaban en el sistema de enseñanza pública, que se convirtió en el primer exportador de crudo del mundo, que tuvo una moneda sólida que no se devaluó en casi 100 años, donde la inflación era una rara y remota curiosidad, con crecimiento económico superior a Alemania, a Francia, a Canadá, a EE.UU y con un instituto de los seguros sociales ejemplo en América Latina.

Un país con suficientes jueces y fiscales para administrar y dispensar justicia, donde un policía de punto nos garantizaba dormir tranquilos o transitar seguros por las calles. Venezuela fue un país de primera, con instituciones de primera y dirigentes de primera. ¿En qué ruta esa promesa se perdió?

Estamos atenazados sin duda por un sector político y económico de enorme rapacidad, prevalido del poder que le confiere el Estado, que sigue capturando la renta nacional, administrando en nuestro nombre los bienes y activos de la república para provecho de sus economías privadas.

El país debe alinearse en torno a un nuevo y vasto consenso nacional que permita identificar el verdadero gran problema venezolano. Por un lado, existe una minoría burocrática, que con o sin uniforme, ejerce el abuso, atropella y detenta irritantes privilegios de casta política, gremial o empresarial. Por otro lado, hay una gruesa porción de compatriotas que son víctimas de abuso, que no poseen privilegios, ni los solicitan, y que apenas si se enteraron de la existencia de una riqueza petrolera. En ese enorme sector hay venezolanos pobres, pero también hay otros que pudieron hacer fortuna de manera lícita y honesta. Venezolanos de centro, de derecha y de izquierda, que les agrada el socialismo y a otros que no, chavistas, independientes y de oposición, negros, blancos, indios zambos y mulatos. A todos nos une legítima aspiración de alcanzar prosperidad material.

En Venezuela no hace falta una revolución sino una devolución que nos regrese lo mucho que nos quitó la rapacidad de unos pocos. Nuestro país reclama que se le devuelva la estabilidad de su moneda, la posibilidad de ahorrar e invertir, el poder adquisitivo de los salarios, sus empleos productivos, su seguridad personal, social y jurídica, junto con su derecho a elegir libremente la mejor manera de ganarse la vida lícitamente y disfrutar de los frutos de su trabajo. Ni más ni menos.

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