Pedro Elías Hernández

Los revolucionarios son sujetos curiosos. Entre otras cosas, son poseídos por la obsesión de la política. De allí que un gran pensador marxista peruano, de nombre José Carlos Mariátegui, dijera en una ocasión que en condiciones normales la política es simple administración y parlamento, pero que en circunstancias revolucionarias se convierte en el centro de la vida.

Otra de las cosas que caracterizan a los revolucionarios es su constante apego por el conflicto. La ley de hierro de las revoluciones es la permanente confrontación. En ese sentido las sociedades son sometidas a permanente movilización en función de propósitos heroicos destinados a combatir a un enemigo verdadero o imaginario, lo cual hace que se construya oficialmente desde el poder una narrativa épica, una epopeya trascendente que le imprime un carácter casi siempre pugnaz y muy beligerante a este tipo de procesos.

Siendo el conflicto y la confrontación parte de la naturaleza de las revoluciones, su verdadero talón de Aquiles radica en la gobernanza. Por eso aquella célebre frase atribuida a Emiliano Zapata cuando expresó, durante los días de la toma de Ciudad de México junto con Pancho Villa, que la revolución mexicana había degenerado en gobierno.

Pues bien, desde hace mucho tiempo la revolución bolivariana degeneró en gobierno. La gobernabilidad es la camisa de fuerza de la que huyen los revolucionarios, ya que es un escenario absolutamente contrario al conflicto. Su zona de confort es la turbulencia social, la inestabilidad. Ese es su elemento.

No por casualidad Hugo Chávez se tropezaba con el dilema existencial de asumir su verdadero rol. ¿Era un Jefe de Estado, el gobernante de un país o el líder de una revolución? Tales papeles suelen ser excluyentes y en líneas generales casi siempre explican el estrepitoso fracaso político, económico y social de la mayoría de las revoluciones.

La contradicción irreconciliable entre la voluntad revolucionaria y la función de gobierno suele hacer crisis. Venezuela no ha sido la excepción. Buena parte de las dos últimas décadas se perdieron en infinidad de ensayos sociales y procesos de ingeniería social que consumieron en gran medida los inmensos recursos fiscales que dispensó un prolongado período de altos precios petroleros.

La más gigantesca disipación de capital de la que se tenga memoria ocurrió en nuestro país. Un billón de US dólar se recibieron por concepto de exportaciones de crudo en el período comprendido entre 1999 y 2013. Pero esos inmensos recursos se pusieron al servicio del delirio revolucionario.

Una insensata gestión económica hizo que el país dilapidara probablemente el último envión de elevados precios del barril de crudo en la historia petrolera de la humanidad. Según cifras del BCV y fuentes independientes, Venezuela experimentó durante la primera década y media el siglo XXI un crecimiento acumulado en su consumo per cápita de 48% y un incremento en su producción por habitante de 12%. Es decir que consumíamos 4 veces más de lo que producíamos.

La diferencia entre lo que se producía y lo que se consumía económicamente, fue cubierta por los ingresos externos derivados del sobre ingreso fiscal de los hidrocarburos, por el endeudamiento público masivo y por la emisión monetaria. Cuando los precios del petróleo se derrumbaron y el crédito internacional se cerró, sólo quedó la maquinita de fabricar dinero y nuestro país regresó a su verdadera dimensión económica. Una sociedad que se acostumbró a consumir sin producir.

Semejante desenfreno político y despropósito económico gravitará sobre la nación durante mucho tiempo. Sin embargo, lo importante es entender lo que nos trajo hasta aquí. Políticas de gigantismo estatal, de hostilidad hacia los derechos de propiedad y el voluntarismo revolucionario que sacrificó nuestro bienestar en el altar de trágicas utopías, han pasado su factura. Ojalá podamos decir: nunca más.