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“Un trienio largo nos separa del momento en que nos tocará volver a votar para elegir presidente de la república. Tiempo suficiente para que el oficialismo haga su control de daños. Por lo pronto, tenemos una profunda vocación democrática arraigada en el pueblo venezolano y un poderoso sentimiento de cambio político que, en contraste, carece en su conjunto de un liderazgo competente. Luce interesante lo que puede estar en desarrollo”.

Pedro Elías Hernández

Por alguna razón antropológica, sociológica, cultural -o por todas ellas en conjunto- los venezolanos somos poco proclives al culto por muertos notables, esos que suelen ser el origen de mitos y alimento de leyendas. Más allá de la superstición o la superchería que siempre existe en ciertos nichos sociales, en nuestro país no hay la poderosa atracción hacia la muerte o el inframundo, que sí existe en otras sociedades como la mexicana, o la adoración de personas fallecidas de destacada vida pública, como es el caso de Argentina. La única excepción es la merecida veneración hacia José Gregorio Hernández, y eso por su milagroso poder de sanación asociado a la fe que concita su figura entre millones de venezolanos.

La religión civil en la que algunos pretenden convertir al bolivarianismo, no posee el peso ni el arraigo entre la población venezolana que se le atribuye. El culto a Simón Bolívar siempre ha sido usado por los gobiernos de turno durante nuestra vida republicana y desde luego ha tenido gran influencia en el ámbito castrense, por su condición de héroe militar. Pero, en el mundo civil, no es más que un respetuoso, solemne, pero simple saludo a la bandera.

El oficialismo o el chavismo en el poder, tan riguroso en su manejo estratégico, cometió un grave error al creerse el mito que ellos mismos crearon alrededor de la figura de Hugo Chávez. Magnificaron sin necesidad lo ocurrido en las elecciones de Barinas, devenida en suerte de tierra santa para la revolución, y han recibido un revés electoral mucho más contundente que el que experimentaron en noviembre pasado.

Luego del error cometido en la entidad llanera, la capacidad de rectificación se hizo presente, aunque -como siempre- ayudada por la ya legendaria torpeza política de la oposición. El gobierno pudo conjurar una amenaza cuyo potencial era mayor. Lo que parecía una circunstancia de quiebre político de propagación viral en el seno del chavismo a nivel nacional, quedó reducida, por ahora, a un asunto de mera escala regional.

Ahora bien, hay algo significativo que destacar a propósito del episodio barinés. Es el inmenso arraigo popular que tiene la noción de democracia en el pueblo venezolano. Sin duda nuestra población está enamorada del sistema democrático y tal afecto es el principal antídoto que impide se instale en el país, sin posibilidad de cambio en el horizonte, un gobierno autoritario. De hecho, el origen electoral y no armado de la revolución bolivariana, es el cepo del que no puede escapar el presente régimen, a pasar del tropismo hegemónico que yace en su naturaleza.

Pero también hay otros aspectos que merecen ser identificados respecto a lo ocurrido en Barinas. Me refiero a la vulnerabilidad de la fuerza política del chavismo en los estados llaneros, tradicionalmente entidades deprimidas en su economía y fuertemente dependientes del control gubernamental. Cojedes, Barinas, Apure y Guárico se han inclinado masivamente por fuerzas opositoras, en el caso de las dos primeras, y obteniendo en su conjunto mayor votación que el oficialismo en el caso de las dos segundas.

Igual cosa ocurrió con los municipios en que ganaron las alcaldías opciones adversarias del oficialismo, las cuales, en su mayoría, son localidades interioranas, ciudades intermedias, bastante distintas de las grandes conformaciones urbanas que dan asiento a las capitales de estado, en donde el chavismo en contraste exhibe mucho mayor fortaleza, con la excepción de Maracaibo.

Estamos en presencia de la constitución de una nueva geografía electoral que, sin duda, va de la mano de la inmensa precarización económica que vive en general el país, pero que se agudiza críticamente en esos lugares tradicionalmente con menor desarrollo relativo.

Un trienio largo nos separa del momento en que nos tocará volver a votar para elegir presidente de la república. Tiempo suficiente para que el oficialismo haga su control de daños. Por lo pronto, tenemos una profunda vocación democrática arraigada en el pueblo venezolano y un poderoso sentimiento de cambio político que, en contraste, carece en su conjunto de un liderazgo competente. Luce interesante lo que puede estar en desarrollo.

@pedroeliashb

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