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Abuelitos porteños viven en indigencia en medio del Covid-19 (+Fotos)

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Un duro golpe para los venezolanos ha resultado la pandemia del Covid-19, debido a la profunda crisis socioeconómica que atraviesa la nación desde hace varios años.

Entre la angustia que ha generado la propagación del virus en el país y específicamente en la ciudad de Puerto Cabello (Carabobo) los últimos quince días, queda una población que suele pasar desapercibida: los abuelitos en estado de indigencia.

La evidencia médica mundial en cuanto al virus ha demostrado que los adultos mayores tienen gran riesgo de letalidad, con una tasa de mortalidad de casi el 15% que se agrava en personas mayores de 80 años con condiciones crónicas de salud previas, indicó la ONG Convite.

La falta de alimentos y medicinas, la soledad, una pensión irrisoria y el clima de tensión en torno al rápido contagio y los decesos de porteños adultos contemporáneos y ancianos, ha hecho aún más difícil la vida de los abuelitos sin hogar o en viviendas muy precarias en zonas populares del municipio.

Tal es el caso de José García, de 64 años, que vive en el cerro del barrio 5 de Julio junto con 3 adultos y 6 niños. Con su nieta de 12 años que asegura sufre de asma desde que nació, y un cepillo al hombro, sale a barrer el patio, botar escombros, limpiar el monte o cortar el césped de las residencias.

Con eso se gana un poco de arroz, caraota, frijol chino o medio kilo de harina pan.

Desde la llegada de la pandemia indicó que “algunas personas se esconden por temor al contagio y no lo atienden a uno”.

Si se siente mal, pide una pastilla en una de las casas porque no tiene cómo comprarla.

Tanto él como su nieta portan el tapabocas y asegura que en casa nadie ha sentido los síntomas del virus. Toma limón, jengibre, té de malojillo “y agua de playa (sopa de pescado)”, gracias a la solidaridad de las personas, “yo tengo muchos amigos”, aseguró.

La ONG Convite encabezó el comunicado hecho junto a 153 organizaciones no gubernamentales en el país, en el que expresan la urgencia de políticas de asistencia y protección para las personas mayores en Venezuela, debido a que la situación en la actual coyuntura de pandemia pone en riesgo la vida de cerca de 3.5 millones de personas de 60 años y más en el país.

Carlos Rodríguez tiene 63 años y es discapacitado, vive solo en lo que denominó “un rancho”, en el sector Caja de Agua.

Desde hace seis meses fue censado por el Instituto Nacional de Nutrición y recibe el almuerzo de lunes a viernes en el comedor María Corina Olavarría, o comedor popular como se le conoce, situado en el casco histórico de Puerto Cabello frente al Skate Park.

No obstante, cuando no hay agua o energía eléctrica (ambos servicios públicos interrumpidos con frecuencia en Puerto Cabello), no les dan comida.

Rodríguez dijo que desde mayo les atienden en la calle frente a la estación de bomberos de la ciudad,  para evitar aglomeraciones. Mantienen la distancia y a los discapacitados les dan prioridad.

“A los viejitos que pesan de 49 kilos para abajo reciben un bolsa Clap mensual, pero como yo peso un poco más no me han dado la primera bolsa en seis meses”.

Recibe 400 bolívares mensuales de la pensión del Seguro Social y afirma que no le alcanza para nada. Agradece no tener síntomas del virus debido a que es discapacitado y vive solo, lo que le impediría ir todos los días caminando desde donde vive hasta el Cuerpo de Bomberos para poder comer.

Según un reciente estudio de detección rápida de necesidades humanitarias realizado por la antedicha ONG en alianza con HelpaAge en los Estados Miranda, Lara y Bolívar, tres de cada cinco personas mayores se acuestan regularmente sin comer, una de cada diez se acuesta cada noche sin comer, y 77% de las personas mayores no tienen acceso suficiente a alimentos.

Los días de Fernando Enrique Ortiz de 65 años transcurren en el centro de Puerto Cabello. Vaga por las calles y de vez en cuando se sienta frente a una carnicería con las manos en la cabeza, como preocupado.

A quien se le acerca a preguntarle cualquier cosa, saca una hoja de su bolsillo en la que explica parte de su vida en fragmentos inconexos y escritos en una suerte de inglés y español.

De la misma forma se expresa, pronunciando frases carentes de sentido, por lo que se deduce que tiene alguna enfermedad mental.

En el papel dice que reside en la avenida principal de San Esteban.

En 90% se ubica la escasez de medicinas, de acuerdo a un reporte de la ONG Rescate Venezuela y en 80% las destinadas a combatir patologías como la diabetes, hipertensión, diarrea, trastornos neuróticos, psíquicos y problemas respiratorios, propios de este grupo etario.

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