lunes 04, marzo 2024

#OPINIÓN Putin, el poseído

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«Imagínese si la ofensiva, que está respaldada por la OTAN, fuera un éxito y arrancaran una parte de nuestra tierra, entonces nos veríamos obligados a usar un arma nuclear de acuerdo con las reglas de un decreto del presidente de Rusia». «Simplemente no habría otra opción. Así que nuestros enemigos deberían orar por el [éxito] de nuestros guerreros. Se están asegurando de que no se encienda un fuego nuclear global». (ABC Internacional, 31 de julio de 2023).

La anterior declaración procede de Dmitry Medvedev, expresidente de Rusia, un vocero de Putin. Si no fuera por lo trágico y peligroso, daría risa. Los líderes de un país que inician una guerra invadiendo a Ucrania, atacándola con misiles, bombardeos, cañones, tanques y naves, por tierra, mar y aire, dirigiendo sus ataques contra objetivos militares y civiles y sospechosos de cometer atrocidades, crímenes de guerra y contra la Humanidad, vuelven –de nuevo- a amenazar con el despliegue de armas nucleares que, por cierto, también le ha suministrado a Bielorrusia.

Resalto de la declaración la frase «…y arrancaran una parte de nuestra tierra…» como si les perteneciera. Este cuento de dominio y propiedad tiene su explicación.

Quizás crea que nos creemos el cuento de que Rusia es la madre de las naciones de Europa Oriental y que, por lo tanto, su país tiene derecho –por las buenas o por las malas- a anexarse naciones que durante siglos fueron independientes y mucho antes de que se mencionara el nombre del poblado de Moscú.

Pues la historia no lo acompaña y ni siquiera puede soñar con que el nombre “Rusia” es propio de su nación. “Rus” es el nombre que los eslavos le dieron a los vikingos suecos (“varegos”) que fundaron lo que se vino a conocer posteriormente como “Rus de Kyiv”.

La verdadera historia está narrada en un libro escrito entre los años 900 y 1110 conocido como la “Crónica de Néstor” (también conocida como “Crónica Primaria”).

A finales del siglo IX –año 860-, una expedición de vikingos suecos en búsqueda de riquezas (tributos o pillaje) -liderados por los hermanos Rúrik, Sineus y Truvor- llegaron a la región de la Rus o a las “tierras de ‘Rus’” -lo que es hoy Kyiv y no Kiev que es una transliteración en el idioma ruso actual- navegando por el río Dniéper.

Para entonces, la región estaba habitada por tribus eslavas sometidas desde el siglo VII por una tribu túrquica conocida como los Jázaros que habían creado el Kaganato de Jazaria, aliados del Imperio Romano de Oriente y que contenían al imperio persa durante la expansión de la dinastía sasánida.

El caso es que los eslavos –después de rebeliones, enfrentamientos y desórdenes- decidieron nombrar a los vikingos como sus gobernantes a fin de imponer el orden y desembarazarse de los Jázaros. Esto ocurrió cerca del año 862. No era extraño para los vikingos servir de mercenarios en tierras extrañas.

El hermano mayor, Rúrik, se asentó en Nóvgorod; Sineus, en Belozersk, y el menor, Truvor, en Izborsk, todas ciudades de lo que es el occidente de la Rusia actual. Así nació el primer estado eslavo que luego los historiadores –siglos después- denominaron como la “Rus de Kyiv”.
Este estado medieval –cual una federación de principados de eslavos orientales- se extendió desde el Mar Báltico hasta el Mar Negro y comprendió lo que hoy es Rusia, Bielorrusia y Ucrania.

Aunque al principio la capital fue Nóvgorod, muy pronto fue trasladada a Kyiv por su muy estratégica e importante ubicación ya que allí se controlaba el tráfico entre Oriente y el Báltico.

El centro político, cultural, comercial y religioso se encontraba –sin lugar a dudas- en la ciudad de Kyiv y no en Moscú que ni existía. Los otros territorios estaban subordinados al principado de Kyiv al cual le pagaban tributos.

Con Rúrik, Sineus y Truvor se inició la dinastía Rúrika que se mantuvo en el poder hasta el siglo XVII (año 1613) cuando la familia Románov accedió al poder (aunque, como dato curioso, Catalina la Grande, sucesora de Pedro I El Grande –Zar de todas las Rusias y de la dinastía Románow- pertenecía a la dinastía rúrika) hasta la Revolución Rusa de 1917.

Para cuando llegan los Románov –una familia noble de origen lituano establecida en Moscú- la “Rus de Kyiv” se había debilitado y dividido en principados.

La primera división ocurrió en el año 1054 tras la muerte de Yaroslav I El Sabio. Fueron diez los primeros principados (organizados de Norte a Sur): Nóvgorod, Rostov (o Vladímir)-Suzdal, Smolenks, Murom-Riazán, Pólatsk, Chernígov, Volinia, Kyiv, Pereyaslavl y Galitzia.

Moscú, por cierto, ni siquiera existía. Fue fundada en 1147 en el Principado de Rostov (o Vladímir)-Suzdal por Jorge I de la dinastía rúrika. Entre la fundación de la Rus de Kyiv y la fundación de Moscú transcurrieron 245 años.

Moscú fue saqueada y exterminada por los mongoles en 1238 cuando Subotai Ba’atur –jefe de los ejércitos mongoles- había invadido Europa Oriental y vencido a los ejércitos de los principados de la Rus de Kyiv.

Durante los siguientes 240 años, Moscú fue el látigo implacable contra los restantes principados colaborando con los invasores mongoles.

La ventaja que favoreció a Moscú frente al resto de los principados consistió en que los mongoles tártaros durante la Horda de Oro (se le dice así al estado mongol que abarcó a parte de Rusia, Ucrania y Kazajistán entre 1237 y principios del siglo XVI) – los verdaderos gobernantes- habían fortalecido a la región de Moscú para contener a los lituanos cuando el crecimiento del Gran Ducado de Lituania comenzó a amenazar toda Rusia y habían designado a sus vasallos de Moscú como sus recolectores de tributos. Como defensa contra los lituanos y como recolectores de tributos, Moscú se convirtió en la ciudad más poderosa a costa de los demás principados.

Moscú se fortaleció bajo el vasallaje mongol y se convirtió en 1327 en la capital de un principado independiente: el llamado “Principado de Moscú” o “Gran Ducado de Moscú” concedido por los mongoles. Iván I, también conocido como Iván Kalitá (Iván la Bolsa de dinero), obtuvo también el título de Gran Príncipe de Vladímir de los líderes mongoles. Él cooperó estrechamente con los mongoles, recaudando tributos de otros principados en los que se fragmentó la Rus de Kyiv. Y conste que la recaudación de tributos entonces no era muy civilizada que digamos.
En 1380, el príncipe Dmitri Donskói de Moscú dirigió al ejército ruso en una importante victoria sobre los mongoles en la batalla de Kulikovo que, no obstante, no fue decisiva. Tan solo dos años más tarde, Moscú fue castigada y saqueada nuevamente por el Khan Toqtamish. Un siglo después, en 1480, Iván III rompió finalmente el dominio mongol, lo que permitió a Moscú convertirse en el centro del poder en Rusia.

Entonces, si nos atenemos a lo expuesto, el mérito de Moscú fue que, durante 240 y tantos años, sirvió como cooperador mongol contra los otros principados de la Rus de Kyiv.

Con estos antecedentes, aparece la narrativa moscovita: los herederos del legado de la dinastía rúrika de la Rus de Kyiv –para ellos: Kiev- eran los sucesores del Principado de Moscú. Vale decir: los románov. Su argumentación se basaba en argumentos religiosos y eclesiásticos pero, principalmente, en que la dinastía rúrika gobernó hasta el siglo XVI. El hecho histórico fundamental en la narrativa moscovita fue la rebelión de los cosacos ucranianos contra los polacos quienes crearon un ente autónomo que se denominó el Hetmanato Cosaco y que reconoció la soberanía de los zares de Rusia. Desde ese momento, Ucrania no se definió como Estado sino en el siglo XX. A este respecto, los otros –los ucranianos- bien podrían alegar que Moscú no existió como parte de la Rus de Kyiv durante los primeros 245 años, que fue un colaboracionista de los invasores mongoles durante 240 años, convertido en principado por los invasores mongoles para sus propios intereses y que, de todas maneras, estuvo gobernada por la dinastía rúrika hasta 1850.

La argumentación ucraniana data del año 1840 y considera a los descendientes ucranianos de la dinastía rúrika como los legítimos herederos de la Rus de Kyiv y, por lo tanto, con derechos originarios sobre su territorio.

Todos los argumentos rusos se desvanecen con la creación y disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) nació el 30 de diciembre de 1922 mediante un tratado suscrito por cuatro repúblicas socialistas independientes: Rusia, Ucrania (que se había proclamado como república socialista en 1921), Bielorrusia y Transcaucasia.

La narrativa cambió un poco con la creación de la Unión Soviética y se planteó la tesis de los “Tres Pueblos Eslavos”, todos con iguales derechos.

Esta tesis duró poco porque los rusos asumieron el rol de hermano mayor y custodio de las orientaciones revolucionarias y de la ideología socialista.

En 1991 se extingue la Unión Soviética –también mediante un tratado entre Rusia, Ucrania y Bielorrusia de naciones que se reconocen como independientes – y como consecuencia de tal tratado terminan apareciendo en el orden internacional quince estados independientes.

No, señores Putin y Medvedev. A Rusia no le han arrancado nada. Son los rusos que se comportan igual que como nacieron.

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