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Crónicas del covid-19: “No me lleven al Hospital Universitario”

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La crisis del sector salud en Venezuela no es un tema novedoso. Desde la llamada cuarta república se escuchaba hablar del deterioro de los centros asistenciales. Pero en la última década es tan evidente el grado de destrucción que es difícil negarlo, aunque algunos aun lo hacen. Otros también lo hicieron por muchos años, hablando de inauguraciones y mejoras en hospitales que hoy ni funcionan. Un ejemplo: en el Zulia hay un centro de salud que fue el primero donde se realizó un trasplante de riñón en el país, también fue el primero donde se dañó un riñón donado para un paciente renal, esto durante un apagón eléctrico. Ese salto dimos.

Aquí leerán una de las miles de historias anónimas que transcurren dentro y fuera de los hospitales. Por seguridad, los nombres de los protagonistas no serán los mismos, tampoco los lugares, pero Dios sabe que no miento al contar su historia. Aunque la entrevista fue sin invocar el anonimato, lo menos que deseo es colocar una diana en el pecho de esa familia.

“NO ME LLEVEN AL UNIVERSITARIO, A UNA CLÍNICA, YO SÉ QUE MI ESPOSA NO ME VA A DEJAR MORIR”.

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Hacía un trabajo sobre la situación dentro y fuera de los hoteles donde albergan a los pacientes COVID 19. Ese día, caluroso y con el aire acondicionado del carro dañado, no era fácil moverse. Tenía la mayoría de las entrevistas ya, pero a última hora recibo una llamada. Alguien que me había contactado por la red social Instagram me contaba la historia de su pariente cercano, quien había muerto sin posibilidad de recibir atención. Vale la pena mencionar que era la segunda persona que me contactaba para lo mismo. Pensando que se trataba del señor que había fallecido aislado en el Hospital Universitario de Maracaibo, del que sus familiares no pudieron despedirse, accedo a ir a la casa de la joven, a quien llamaremos María.

Ese caso que les comente se difundió mucho en redes sociales. Por supuesto quería ponerle voz y rostros a las denuncias, pero me conseguí una sorpresa, era otro, y no menos grave que el anterior. No sabía llegar, un barrio complicado de entrar. Un hermano de María me espero y lo seguí, se presentó en su bicicleta, y me quedé cerca de él en mi carro, aún pensando en el enorme calor. Era más de la 1 de la tarde.

La bicicleta me condujo por caminos de tierra por un trecho más o menos largo, hasta que llegue a la casa. Me baje sin cámara, solo mi teléfono. En verdad quería hablar con la familia antes que sintieran la presencia de la lente, que a algunos atemoriza, pero a otros los motiva a dar a conocer lo que pasa en ese momento. Era una familia Wayuu, humilde pero muy decente, respetuosos y educados. Así lo noté en María y la esposa de su familiar fallecido , quien nos acompañó junto a otros primos y hermanos. Quizás estaban allí cuidando, era el elemento novedoso en la ecuación familiar y no está de más cuidarse de un extraño.

María traía en su mano una carpeta con todos los reportes médicos de su familiar, uno a uno los fue sacando y mostrando mientras dábamos antesala a la historia. Su pariente se complicó luego de exponerse a una llovizna repentina, una gripe que con los días se agravo. El señor Jorge, así lo llamaremos, en los primeros días de la enfermedad, pidió a la familia, en especial a María, lo siguiente: “No me lleven al Universitario, a una clínica, yo sé que mi esposa no me va a dejar morir”.

Llegaron a un centro de salud privado donde los recibieron. Por unas horas de atención pagaron 70 millones de bolívares, me pareció exagerado pero uno de los papeles que estaba en la carpeta era precisamente la factura, que me mostraron sin problema alguno. En la clínica les pidieron irse, dijeron estar colapsados. “Por favor dejen que ubiquemos una ambulancia para sacarlo”, dijo María a los representantes del centro privado, al menos dijeron que sí. El teléfono rara vez estaba desocupado, llamadas constantes, no lograron conseguir una ambulancia, al pasar las horas de nuevo se reunieron los familiares. “Nos arriesgamos, lo llevamos al universitario en nuestro carro”.

Esa acción me recordó algo que pasamos hace solo meses con un familiar, un tío muy apreciado llamado Levi Danieri, aunque su caso no era de covid-19, paso exactamente lo mismo: se complicó en una clínica donde vimos que el sistema de administración funcionaba mejor que el médico. Las palabras de María me llevaron a esa noche cuando le pregunte a Ivel, mi prima que es doctora de profesión: “Tú dices, nos arriesgamos y nos lo llevamos al hospital”. Era al General del Sur en ese momento. Pasé del día a la noche en segundos, del porche caluroso de la familia de María a la fría clínica esa noche.

Cuando a los periodistas nos toca contar historias parecidas a las nuestras, notamos que somos parte de la misma calamidad de servicios públicos y de salud que nos afecta a todos por igual.

Disculpen me desviara un poco, pero Tío Levi era un personaje importante. Sigamos. Estaba con María y su familia en el barrio. La señora, esposa de Jorge, entró a la casa por un momento y al salir lo hizo con una bandeja con vasos refresco y galletas. No tenía hambre pero si muchísima sed, y calor ni hablar. Creo que notaron lo del calor, les di las gracias y tomé mi refresco para seguir la plática con ellos. María me comentaba que accedieron a llevarlo al Universitario porque la médico de la clínica, supuestamente, había hablado con un compañero que recibiría al señor Jorge, lo seguido en la historia fue cómo montaron al señor en una camioneta ya entrada en años, una pick-up de trabajo que se notaba llevaba bastante tiempo de labores.

Lo montaron con todo, porque buscaron hasta una bombona de oxígeno. Conseguirla no fue fácil, me decían. Hasta el aparato que va en la parte de arriba de la bombona es delicado y complejo de ubicar. Ni hablar del precio.

“Te lo recibo pero ahorita no lo puedo atender, lo puedes dejar ahí si quieres”.

La llegada al universitario no fue como lo esperaban. Quizás en el fondo lo imaginaron. Nadie aguardaba por ellos, bajaron a Jorge y lo metieron al llamado ahora hospital centinela. María contaba todo lo que vio en los minutos que estuvo allí, pacientes en el piso, no había suficientes camillas ni espacios donde ubicarlos. La higiene estaba ausente, lo notaron en el olor y el piso.

“Te lo recibo pero ahorita no lo puedo atender, lo puedes dejar ahí si quieres”. Cuando María escuchó esas palabras de una médico, a la que me encantaría conocer por cierto, le dijo al resto de la familia: “Nos vamos”. “No podía dejarlo ahí en esas condiciones, no podía” me decía María una y otra vez.

Entendí el miedo de Jorge de ser llevado al Hospital Universitario, como lo expresó los primeros días de su enfermedad. De la misma forma que llegaron al Universitario de Maracaibo, se fueron con él ya debilitado paciente hasta la casa. Esperaban que mejorara con las atenciones del hogar, pero lamentablemente no fue así. Jorge dio su último aliento días después.

Lucharon mucho para evitar este desenlace que les cuento. Mucho. Pidieron dinero a gran parte de la familia. Los designios de Dios son incomprensibles en ocasiones, forman parte de su plan, solo queda adaptarnos y vivir el resto del tiempo que nos queda adaptados al dolor de la ausencia.

El cuerpo del señor Jorge se lo llevó un vehículo del equipo de salud, para seguir los protocolos, hicieron la prueba rápida y 4 miembros de la familia salieron positivos para covid-19. No solo la muerte ahora afecta al grupo, sino la separación de algunos miembros de esa familia para cumplir los protocolos de seguridad por la pandemia.

Eso me hizo pensar. Dios, qué duro para ellos, honestamente no sé cómo reaccionaría de tocarme vivir algo similar. El acta de defunción de Jorge se las quitaron. “La teníamos pero nos la pidieron y se quedaron con ella, dijeron que era el protocolo”.

Ahora en salud a muchas cosas justas e injustas las llaman así, protocolos, que se aplican a discrecionalidad de los funcionarios. Hay cuarentenas VIP y protocolos distintos, todo depende del cargo del funcionario del que hablemos.

María me decía quién fue Jorge en vida. Regularmente pregunto características personales en casos así, me gusta presentar la parte humana de quien por alguna razón no nos acompaña ya en este plano terrenal. Me recordó a otro tío también fallecido, que se hacía sentir cuando llegaba. “Que hacen durmiendo, hey vamos a hacer esto, o aquello, intentaba mucho”, decía María con ojos ya agotados de llorar a su pariente, era muy alegre, nos movía a todos.

Un wayuu emprendedor, tenía una empresa de artesanía indígena que llevaba el nombre de su hija más pequeña, a la que adoraba según me contaba la familia. Lo van a extrañar mucho, no es fácil perder a alguien de esa manera.

Como les decía al inicio, hay tantos casos anónimos, demasiados para mi gusto.

Hace poco me llego uno sobre un señor de edad que salió positivo en la prueba rápida, se lo llevaron y su familia estuvo varios días ubicándolo, gracias a un amigo médico lo lograron encontrar, ya muerto y estaba en la lista de personas sin identificar. Ahí perdí el hilo del caso, ya lo habían localizado y era lo que interesaba a la familia, me alegré por lograrlo y les desee lo mejor.

Algunos no quieren contar nada por miedo o porque son empleados públicos, es entendible, no cuento historias cuyos protagonistas no estén interesados en contarlas. Gracias a Dios en el caso de María y su familia sí, yo decidí protegerlos con el anonimato. Aunque no tienen nada que temer, en verdad son personas trabajadoras, que hacen lo posible por sobrevivir la enorme crisis social que tenemos dentro de una pandemia mundial, el caso venezolano es al menos así.

Nos leemos en la vía, estoy en Instagram y Twitter como @LDanieri.

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